Obrador va a ganar

Obrador va a ganar

Obrador va a ganar. Me lo han dicho con variables niveles de angustia por lo menos unos 20 amigos en las últimas dos semanas, y esa conclusión es comprensible. Cuando observamos las encuestas, los movimientos en redes sociales y la consolidación de Morena incluso en estados donde en 2015 no tuvo mayor presencia es inevitable llegar a la conclusión de que Andrés Manuel López Obrador ganará las elecciones de julio próximo. Yo mismo, desde hace un año (Quién le teme al peje feroz) reconocí que AMLO es el precandidato con mayores posibilidades de llegar a la presidencia en el 2018, y a lo largo de los últimos 12 meses han ocurrido pocas cosas que pudieran cambiar esa percepción.

Sin embargo, la posición de Andrés Manuel es mucho menos sólida de lo que parece y de lo que nos podrían hacer pensar las encuestas y las redes sociales. Es cierto que él es -y por mucho- el candidato con más puntos fuertes en esta contienda, pero también es el que tiene más puntos débiles encarnados incluso dentro de sus mismas fortalezas, entre las que destacan:

  • López Obrador tiene a los seguidores más convencidos y más activos en redes sociales, algo que resulta evidente para cualquier persona que participe en una discusión de política en las áridas regiones de Facebook y Twitter. Ciertamente también hay fans de Anaya y de Meade, pero la abrumadora mayoría están con AMLO.

Sin embargo, el contar con los seguidores más decididos y entusiastas no es garantía de triunfo. Para mayor referencia esta la campaña de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en 1994: el entonces candidato perredista arrasó en la lucha por la plaza pública, llevando sus mítines a millones de entusiastas seguidores… Y aun así terminó en tercer lugar. ¿Por qué? Como lo explicó en su momento y de forma brillante el ya fallecido Adolfo Aguilar Zínser, existía una diferencia entre el poder de convocatoria selectivo y la lejanía respecto a amplios sectores de la población. Esa diferencia sigue existiendo; la izquierda de AMLO, como en su momento la de Cárdenas, logra movilizar a muchos activistas, pero ese mismo radicalismo aleja a muchísimos ciudadanos normales, lo cual nos lleva al siguiente punto.

  • López Obrador está sumando a su proyecto una alianza de empresarios y líderes políticos que amplían su alcance mucho más allá de lo que tenía en 2006 y 2012, cuando estuvo a punto de ganar la presidencia, lo que a primera vista significaría que ahora está incluso mejor posicionado que en sus dos intentos anteriores.

Sin embargo, el lastre de cada uno de los políticos y empresarios que se suman a Morena acaba convirtiéndose en una losa para el candidato. Al mismo tiempo en que estas alianzas amplían su alcance de simpatizantes y lo hacen verse menos amenazador para las clases medias y los empresarios, lo vuelven más vulnerable a la crítica y debilitan su denuncia respecto a la “mafia del poder”, pues aquellos que antes fueron condenados por AMLO ahora tienen su perdón y su bendición para ser hasta candidatos. Para acabar pronto, la presencia en su equipo de gente como la impresentable Gabriela Cuevas (que durante décadas fue símbolo de ese enjambre de víboras que es el PAN-DF), Lino Korrodi (el tenebroso financiero detrás de Amigos de Fox), el dinosaurio Manuel Bartlett y la parentela de Elba Esther Gordillo amenaza con restarle en credibilidad mucho más de lo que podría sumarle en ilusiones de voto.

  • López Obrador ha logrado deshacerse en parte de su imagen de radical y está consiguiendo el apoyo, o al menos la neutralidad de sectores más amplios de las clases media y alta. Esto es evidente en las propias redes sociales, en las conversaciones familiares y en las oficinas. Muchas personas que en el 2006 estaban radicalmente opuestas a AMLO ahora parecen dispuestas a apoyarlo, o al menos a tolerarlo, porque se han desencantado de los demás partidos.

Sin embargo, el fantasma de la tiranía en Venezuela lo sigue persiguiendo, y no va a poder liberarse de él. La semejanza entre obrador y Chávez y entre morena y la “revolución bolivariana” no es sólo una acusación de mala fé o una campaña negra, sino un motivo de orgullo y un anhelo que han expresado abiertamente los dirigentes partidistas más cercanos a Andrés Manuel, incluyendo a Yeidckol Polevnsky (Presidenta de Morena) y Héctor Díaz Polanco (presidente de la Comisión de Honestidad y Justicia de Morena) cuya fidelidad al chavismo está grabada hasta en video. Este punto débil de AMLO se agravó aún más después de que Nicolás Maduro anunció que las elecciones presidenciales de aquel país se adelantarán de diciembre a abril, lo que colocará el inevitable conflicto postelectoral venezolano en el centro de la atención política justo cuando las campañas mexicanas entran en su fase culminante.

  • López Obrador es el más conocido de los candidatos. La ventaja de Andrés Manuel no se limita al reconocimiento de nombre, sino que se extiende también al conocimiento de los ciudadanos en cuanto a su trayectoria y perfil. Fuera del círculo rojo tanto Anaya como Meade son perfectos desconocidos, que apenas y a base de una avalancha de spots han logrado que la gente empiece a relacionar su cara con su nombre.

Sin embargo, en realidad esto no es una ventaja, sino una desventaja para AMLO. ¿Por qué? Porque al ser tan conocido es mucho más difícil que convenza a nuevos simpatizantes. El hecho es que Andrés Manuel lleva 18 años en campaña permanente, y le han alcanzado para sumar un 35% del electorado. Tiene la ventaja de que es prácticamente imposible que sus votantes lo abandonen, pero es igualmente improbable que quienes incluso ahora no lo apoyan decidan hacerlo en los próximos meses. Por el contrario, al ser desconocidos, tanto Meade como especialmente Ricardo Anaya tienen la oportunidad, a base de una buena campaña, de moldear a su favor la opinión del público con mucha mayor facilidad que Obrador, y eso en una contienda cerrada puede hacer la diferencia.

Es cierto, AMLO lleva una clara ventaja en las encuestas, sus seguidores son los más entusiastas, está logrando hacer avances en sectores que le parecían negados y es el más conocido de los candidatos, pero también es claro que seguidores entusiastas no equivalen a urnas repletas, que sus alianzas con la “mafia en el poder” le restan credibilidad, que el fantasma venezolano lo acompañará durante la campaña y que de aquí a las elecciones le será mucho más difícil ganar conversos. Su margen de maniobra para crecer es más limitado y su margen de desplome es mayor que el de sus rivales.

¿Obrador va a ganar? Mis amigos los pesimistas siguen pensando que sí, y aunque ya lo descarto el escenario tampoco lo veo como un resultado inevitable. Si Meade y/o Anaya hacen bien las cosas, a Obrador otra vez se le va a caer la esperanza con la última campanada de las 12.

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