Del azul mariano al azul pastel

Para Xóchitl Larios, en agradecimiento.

 

El sexto informe de gobierno del gobernador Miguel Márquez puede verse como el cierre de un ciclo en la política nacional y estatal. Guanajuato como experimento político de gobierno de oposición, que nació fruto de las negociaciones entre el presidente Carlos Salinas de Gortari y Luis H. Álvarez, -en ese momento presidente de Acción Nacional- que se dio en el marco de la crisis poselectoral que se generó producto de la contienda por la gubernatura del estado entre Ramón Aguirre Velázquez (PRI), Vicente Fox Quezada (PAN) y Porfirio Alejandro Muñoz Ledo y Lazo de la Vega (PRD y PPS) y que obligó a Carlos Salinas Gortari a través de Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de Gobernación, a nombrar como gobernador interino a Carlos Medina Plascencia, quien había sido electo en 1988 como alcalde en el municipio de León.

La coyuntura que se presentó en los años siguientes a su designación, todavía en el sexenio de Salina de Gortari, dieron pauta a que Carlos Medina impulsara una serie de cambios en la forma de hacer gobierno y se pudo notar que se podían hacer las cosas de forma diferente, siguiendo lo que había ya impulsado en su paso fugaz como presidente municipal. Sin duda alguna, se expresaron nuevos ánimos por parte del sector empresarial -agrícola e industrial- que apoyaron rápidamente al nuevo mandatario en su carácter de gobernador interino. La forma en el que la maquinaria de la Secretaría de Gobernación y del Estado Mayor Presidencial utilizó para lograr que el Congreso del Estado, que en 1991 era de mayoría priista, aprobara a Medina Plascencia como nuevo mandatario estatal, mostró el cómo se usaba y se usó el poder, desde un presidencialismo clásico y autoritario, y con ello  crear a su vez las condiciones de “buena” relación entre el gobierno federal y el nuevo gobernador panista.

Después de 27 años de gobiernos panistas, lo que se puede apreciar es que han sido fieles a sus intereses, visiones y convicciones, apoyado el desarrollo especialmente de un sector de la sociedad, el de los empresarios, tanto nacionales, estatales e internacionales. Si bien, Carlos Medina propuso proyectar el desarrollo económico y social del estado amparado bajo el estudio Guanajuato Siglo XXI y buscar atender en parte del desarrollo regional con propuestas visionarias y que apuntaban a que se generara una programa de gobierno con visón de políticas de estado, pero los intereses personales y grupo que se apoderaron del PAN en Guanajuato, le apostaron a los estilos de los gobernadores y sus equipos. Pensar el largo plazo es diseñar políticas de estado, en dar valor a la continuidad de ser gobierno, pero todo quedó en pensar sólo en el corto plazo, los sexenios, los intereses de grupo, en gobernar al estilo del PRI y se dieron a la tarea de gobernar desde la lógica del carisma y la personalidad de cada gobernador. Así, ya han pasado siete gobernadores panistas: (2012 – 2018) Miguel Márquez Márquez; (2012) Héctor López Santillana; (2006 – 2012) Juan Manuel Oliva Ramírez; (2000 – 2006) Juan Carlos Romero Hicks; (1999 – 2000): Ramón Martín Huerta; (1995 – 1999) Vicente Fox Quesada; (1991 – 1995) Carlos Medina Plascencia y el desarrollo con justicia social, democracia y bien común son todavía asignaturas pendientes.

Los resultados se cuentan solos. El triunfalismo en materia económica se traduce solamente en la atracción de las inversiones, en mostrar el éxito de la estrategia para lograr crear un clúster automotriz, en impulsar ahora, un clúster aeroespacial. En desarrollar una agricultura tecnificada asociada a la exportación de alimentos y siendo parte de las cadenas de producción de empresas que industrializan granos, verduras y frutas. Cabe señalar que los costos de la atracción de esas inversiones han sido con cargo al erario  público, así,  la compra de tierras, la construcción de la infraestructura carretera, la introducción de servicios, agua, luz, drenaje ha sido los estímulos que el gobierno ha ofrecido para lograr que se instalen por ejemplo las cinco armadoras en el estado, la última Toyota en Celaya.

El 6.º Informe de Gobierno que se hace siete meses antes de que termine el mandato constitucional, presenta un Guanajuato casi perfecto, todo está bien, todo se hace bien. El negrito en el arroz es el tema de la inseguridad, y que puesto en perspectiva por el gobernador, es algo que no le compete en sí mismo al gobierno estatal y como lo expresó hace unas semanas, él ya hizo todo lo que tenía qué hacer en ese rubro. Cabe señalar que el estado que guarda Guanajuato, desde la mirada que se ofrece en el último informe, es como si ya estuviera Guanajuato al borde del desarrollo social y económico pleno, pero, falta todavía mucho, así lo muestra la realidad misma. Las cifras están para ahí medir el avance real en materia de Salud, Educación, Vivienda y en la falta de empleos de calidad, de salarios dignos, de empleos para personas calificadas que cuentan con estudios de educación media y educación superior, en la regularización de colonias y en todo lo que implica atender con profesionalismo y calidad a las y los guanajuatenses, hombres y mujeres, niños y niñas, con relación a la vigencia plena de sus derechos humanos.

El PAN dejó atrás la oportunidad de mostrar que la división de poderes era un elemento de contrapeso para gobernar de forma transparente y democrática. Se engolosinó y ha usado su mayoría en el Congreso del Estado para avalar las ocurrencias sexenales, para avalar la cuenta pública y su gasto sin ninguna reserva, para hacer de la glosa de los informes de gobierno, meros ejercicios propios de la apariencia y del maquillaje que el ejecutivo usa para justificar sus programas y con ello de ser de una u otra manera comparsa de los atributos del poder ejecutivo, por ejemplo, para hacer nombramientos en puestos clave, -ahora mismo-, está el tema del nombramiento del Fiscal General del Estado.

De un gobierno eficaz y eficiente que era la promesa electoral, se pasó a tener ya una burocracia blanquiazul que requería una buena reingeniería ante el crecimiento de la misma. De ser un gobierno con indicadores y metas, terminó siendo un gobierno que ahora los pospone para el 2040. De un gobierno que quería ser oposición, con el talante de la lucha política que fue dando el PAN ante el autoritarismo del PRI durante más de 70 años, éste se fue diluyendo y  sus compromisos con la democracia y con el bien común se fueron al olvido. De un PAN que propuso el humanismo como parte de su visión política, se trasnochó con el poder y ha llegado a convertirse ser una tecnocracia política, aderezada de visiones conservadoras que poco estimulan el desarrollo integral de las personas el goce de sus derechos humanos.

En Guanajuato, el PAN dejó de ser un partido que en sus colores –azul mariano-mostraban las posibilidades de cambio, para terminar siendo igual o mejor que el viejo  o renovado PRI. El culto a la persona se instaló como símbolo de lealtad e incondicionalidad, el espectáculo se apoderó de la vanidad del partido, la sobreprotección y la seguridad del gobernador y sus gabinete son ahora una medida inversamente proporcional de la cercanía y participación con el pueblo. El PAN se destiñó como oposición. Tal vez alcanza apenas colores como el azul pastel, color propio del festejo y del auto elogio de un partido que ya se le olvidó de qué se trataba al buscar ser gobierno y sepultó con arrogancia la autocrítica como la Manuel Gómez Morin, la de Carlos Castillo Peraza o de Luis H. Álvarez.

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