Después del 68

Ha pasado medio siglo desde la tarde aciaga de aquél 2 de octubre. Cincuenta años, algunas generaciones después y la memoria se empecina en recordar que fue un crimen de Estado; pese a todas las versiones que desde entonces tratan de poner a salvo el honor de las fuerzas armadas, a los funcionarios involucrados y a los medios de comunicación oficiales. Una clase política que aún se mantiene activa y se declaran salvadores de la patria.

México país centralista pero donde tarde o temprano la provincia se entera de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas. Unos medios de comunicación controlados que solo difunden lo autorizado por las versiones oficiales de lo que sucedió. Aquél 2 de octubre no supimos nada. Eramos huérfanos incluso de las noticias sobre el clima de la Ciudad de México. Tardamos en saber que entre el Batallón Olimpia y el Ejército Mexicano se habían cubierto de gloria y nos habían salvado de una conjura internacional que buscaba boicotear las Olimpiadas, según la versión del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Entonces yo tenia 10 años y vivía en mi pueblo, Tecate, Baja California. Las noticias fueron llegando a cuenta gotas, a través de quienes regresaban del Distrito Federal, estudiantes locales, profesores o turistas. Todo a través de la fuente oral. Un niño de primaria tenia muy pocas oportunidades de forjarse una idea de lo sucedido. Además, los brigadistas estudiantiles apenas llegaban a los estados aledaños a la capital. El cerco informativo era natural por aquellos años. Pese a todo, fuimos los hermanos menores de aquellos aguerridos estudiantes.

En 1976, ocho años después de la matanza del 68, llegué a estudiar a la capital bajacaliforniana, a Mexicali. La ola expansiva de la movilización estudiantil había alcanzado a los trabajadores académicos y administrativos de las universidades. Existía una gran efervescencia y la Universidad Autónoma de California no era la excepción. Empezaron a llegar profesores que se habían formado tanto en la UNAM, como en otras universidades públicas del noroeste y centro del país. Eran críticos, irreverentes, de pelo largo, que contrastaban notablemente con los profesores locales y quienes veían con resquemor a quienes llegaban de fuera. Se vivía un momento creativo y rebelde en nuestra universidad.

Los hermanos menores del 68 descubrimos desde provincia que en la capital del país se vivía el cuestionamiento de un sistema político de partido hegemónico y que era contrario a la democracia. Pero también ya nos habíamos enterado de lo ocurrido el 10 de junio de 1971, cuando los Halcones arremetireron contra los estudiantes. El país estaba cambiando. La represión sacudía las conciencias de una clase media que había crecido durante todo el periodo del llamado “Desarrollo Estabilizador (1954-1970). El bienestar social y económico ya no eran suficientes para justificar un sistema autoritario. Por si fuera poco, Gustavo Díaz Ordaz gobernó con mano dura y total cerrazón. Ante cualquier demanda de democratización su respuesta era calificarla como amenazas contra México. Se caracterizó por sus posiciones anticomunistas.

A la Universidad Autónoma de Baja California llegaron profesores que habían participado directamente en el movimiento del 68. Uno de ellos fue Lucio Leyva, un aguerrido académico que en sus cursos de metodología utilizaba el conflicto para ejemplificar el método dialéctico. Sin duda contribuyó para que sus estudiantes entendiéramos de manera más esquemática las causas, el desarrollo y las consecuencias de la mayor movilización estudiantil del México contemporánero.

No podríamos entender lo que somos y la formación recibida sin la energía rebelde del movimiento del 68. Fuimos los hermanos y los hijos de aquellos atrevidos estudiantes que dejaron la seguridad de las clases medias para luchar por la democratización del sistema político. Años después supe que Gilberto Guevara Niebla, uno de los líderes históricos del Consejo Nacional de Huelga, había pasado una temporada con sus parientes tecatenses después del movimiento; seguramente buscando refugio ante la persecusión de que fue objeto. Fue una noticia que recibí con sorpresa y que me hizo pensar que pese a todo, el 68 también había llegado a Tecate.

 

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