El sonido de la ruptura social

Por: Diana Tejada

León, Guanajuato. Música estridente recibe a espectadores, que a selección de los actores dejan de sus asientos para participar de la cumbia. Los saludos que Israel Araujo, el director, envía a través del micrófono nos remiten a una fiesta de barrio.

Esta percepción se acentúa con los movimientos casi “cholombianos” de los actores y su particular vestimenta, maquillaje e incluso el peinado. Derrochan por los poros una cultura que se minimiza, discrimina e incluso se trata de manera despectiva por su contrastante estética, palpable postura defensiva en el tono de voz, machismo inculcado y elección laboral que en esta ocasión, se caracteriza por lo ilegal.

Foto: Jesús Martínez

A pesar de la música y la actitud fiestera, la realidad opta por irrumpir para que la función comience.

“Sonido Crack. O de las cosas sin nombre” es la puesta en escena que forma parte del programa “Más Teatro”, en la categoría de Teatro de calle. La dureza de los temas abordados por el autor Edgar Chías la ha trasladado a espacios cerrados. Se presentará los sábados en diferentes sedes, mismas que se pueden consultar en las redes sociales del Instituto Cultural o de Teatro de los sueños.

Los personajes se presentan atentos la violencia que se aproxima a la vista de las patrullas. Tienen “piedra” en los bolsillos y el más espantado, el “Mosca” tiene una prueba de iniciación que pasar. A pesar de la rudeza, las fantasías homosexuales del “Huero” son evidentes. El cateo de los policías es rítmico, una cumbia más que nos arroja a la casa de Lupe y su “Loco”, un adulto que perdió el trabajo y amenaza con golpear a sus hijos si no van con su abuelo por dinero para cajetillas.

Ambas historias se desarrollan de manera paralela. Mientras el “Loco” se inicia en el negocio de la “piedra” (a pesar de la inicial renuencia de su esposa y su final adicción a causa del hambre), la “Mona” tiembla de necesidad y golpea a su novio. Es el “Mestro” quien hace coincidir a los sobrevivientes de la guerra interna del narcotráfico, para ordenarles diezmarse entre ellos.

A pesar del ritmo acelerado con que se dicen los diálogos, hay chistes que caen a tiempo y que provocan risas con culpa moral (aquellos donde Lupe acusa de mantenido a su pareja), y escenas donde la obra cae debido a la verborrea (el inefable discurso de inversionista de el “Mestro” al iniciar al “Loco” en el negocio). Cada escena de la obra también se cuenta de manera periférica, algunos personajes se sientan en las esquinas y reaccionan a cada diálogo sobre droga, paternidad, hambre y por supuesto, mucha cumbia.

Foto: Jesús Martínez

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