En Guanajuato, ni debate ni campañas

Una contienda donde el puntero no quiere arriesgar nada y los opositores no se creen con oportunidad de competir, hunde las campañas en Guanajuato

 

Parece que en Guanajuato no hay nada en disputa. Las campañas parecen testimoniales. El puntero sabe que mientras menos aparezca es mejor, pues su partido es dueño de los votos, así lo creen y así se comportan. La oposición, por su parte, se limita a una campaña cumplidora formal, sin ambición alguna.

Ninguno de los candidatos tiene una agenda intensiva. Las agendas lucen holgadas. Gerardo Sánchez tiene una actividad al día, a veces, ninguna. Felipe Camarena recorre más terreno pero no se siente un peso específico en su activar. Ricardo Sheffield parece confiado a los votos que escurran de AMLO y a las declaraciones de prensa. La maestra Bertha Solórzano tampoco despliega un ritmo que impresione.

La historia y las encuestas parecen pesar demasiado, hoy en Guanajuato el PAN es lo más parecido a aquel PRI de mediados del siglo XX frente al cual no había lucha que valiera y los opositores solo aspiraban a posiciones que permitieran negociar agendas.

Esas son malas noticias para los guanajuatenses, que han visto como en los últimos años el partido al que le han venido confiando las decisiones de la vida pública y la convivencia, pierde parte del control del estado frente a la delincuencia, se abandona en la corrupción y el patrimonialismo y se arrulla en las acciones de gobierno discursivamente lucidoras, mientras abandona los temas difíciles.

Eso ocurre, entre otras cosas, por la excesiva confianza que tiene la clase política panista de que nada amenaza su imperio y que los guanajuatenses no solo le tienen entregada su voluntad, sino que prácticamente le pertenecen.

La política patrimonialista de regalos, de becas, de dádivas, de tabletas, de uniformes, de mochilas, de medicinas caras para el erario pero gratuitas para los usuarios, tiene una doble finalidad perfectamente articulada.

De una parte, permite un tráfico de concesiones que deriva en “moches” con fines partidistas o personales, allí se han fincado nueva fortunas este sexenio como la del inasible Rafael Barba Vargas que ha pasado de empresario en perpetua bancarrota a potentado que se sienta en consejos regionales de bancos.

Por otra parte, constituye el esquema de control corporativo de amplios sectores de población que no ven una mejoría sustancial en su nivel de vida, pero que son susceptibles al intercambio de pequeñas concesiones por lealtad política.

¿Algún candidato opositor o partido político ha denunciado esa situación con alguna consistencia? No muchos, el Partido Verde que en Guanajuato ha construido una personalidad diferente a su matriz nacional, logró meter en aprietos a Miguel Márquez con su denuncia del gasto excesivo en medicamentos, pasó de otros temas y su candidato ni siquiera está aprovechando el que si cuajó.

¿Qué decir del PRI? Estaba perdido en el espacio desde hace tiempo, inseguro de negociar como el PRD que ya terminó de aliado del PAN, o de asumir una postura crítica. Así recibe Gerardo Sánchez al PRI que él mismo controló a distancia, lo trata de volver más opositor y carece de sustancia.

Morena logró iniciar un proceso de consolidación como nueva fuerza política después del tropiezo de la elección de 2015, donde prácticamente todos los cuadros que llevó a cargos públicos terminaron renunciados o expulsados; sin embargo, el proceso abortó con el pragmatismo empleado para postular candidatos, importando panistas y priistas renegados por resentimiento en el reparto de candidaturas.

¿Qué nos queda? No la resignación. Si bien la partidocracia en Guanajuato se instala entre la soberbia, la complicidad, la negociación o la dispersión, queda la sociedad, cada vez más dispuesta a tomar el toro por los cuernos y aumentar su grado de participación. Esa es una buena noticia, sin duda.

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