Fútbol, elecciones y las palabras

Las elecciones están en puerta y el Mundial, en su apogeo. Opiniones van y vienen, en ambos; palabras de apoyo y desaliento, también en los dos; ofensas y loas, de igual forma en cada cual; gritos y charlas por las mismas razones… los nervios están a punto de la crispación.

Es normal, somos un género eminentemente emocional. El lugar donde se alojan nuestros reactivos sentimientos es una de las zonas más viejas del cerebro humano; la racional –en donde se haya el uso del lenguaje, pues este es parte fundamental del proceso conceptual– es una sección relativamente nueva de la evolución. Es más fácil perder los estribos que razonar las situaciones.  Partirnos la boca en la tribuna no es difícil si un oponente ofende a nuestro equipo o, incluso, si solo se pavonea frente a nuestra zona. Los ánimos están a flor de piel en un encuentro y llegan a los extremos si es la final.

En estas elecciones políticas se ha llegado a la misma situación. En este proceso electoral se recurre más al ánimo que a la razón. La palabra en vez de para construir, se utiliza para destruir; más que para presentar programas y razonarnos las bondades de una puesta en marcha, se aplica para agredir, para desvalorar, para denigrar. Eso ha llevado a que las pasiones estén en punto de la crispación, de la ruptura de la sana convivencia. Ya no falta mucho para, como en el fútbol, los distintos seguidores se partan la boca unos a otros.  Suficiente violencia tenemos con la inseguridad para ser ahora partícipes.

Llamo a que la barbarie no nos gane. Los procesos democráticos se basan en actos totalmente racionales. Así los acuñó la historia. No porque los diversos candidatos, particularmente a la primera magistratura, se hayan dado hasta por debajo de la lengua y hayas sacado de los oponentes los trapitos al sol, eso no nos obliga a actual igual. Se transformarán en nuestros líderes, pero de ninguna forma son inmaculados.

En las tribunas, los seguidores se partirán la boca y se ofenderán a más no poder; pero el campeonato sigue, los directivos y los jugadores continuarán su trabajo. Lo mismo sucederá con el resultado de las elecciones. El país seguirá su marcha (para bien o para mal) y los dirigentes y protagonistas políticos seguirán haciendo lo que siempre han hecho: política. Mientras tanto, en las tribunas, si los seguidores –aunque sean familiares– se ofendieron y agredieron, el rencor, la molesta, el resquemor, vivirá en su corazón por mucho tiempo.

Cuando se estudia un idioma, las palabras para agredir u ofender (las llamadas groserías) son de interés de los estudiantes, a pesar de no figurar en el programa. Incluso, las aprenden antes que muchos de los vocablos de uso regular. El instinto primitivo de nueva cuenta.

No obstante, la sección racional, el uso del lenguaje para construir, es lo que nos ha llevado al desarrollo como espece y a ser los únicos de este planeta que hemos aprendido como dejarlo, si fuere necesario (también nos ha llevado a destruirlo, pero ese tema no lo abordo ahora).

El lenguaje ha propiciado revoluciones en el pensamiento. Ya no tenemos el mismo tipo de pensamiento, ni siquiera igual que hace un siglo. Hemos crecido con el lenguaje, querámoslo o no. Por lo tanto, apliquemos el lenguaje y llamemos a la concordia para que este 1 de julio no se desborden los ánimos.

A diferencia del fútbol, en este partido estamos jugando todos. Gane quien gane nos corresponde seguir trabajando por el país. Nos guste o no el capitán de este equipo. Sigamos siendo equipo, juguemos en el mismo bando.

 

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