GIFF 2018: Moronga

Sucia, vulgar, agresiva… y una muestra de realidad a través de un delirante viaje: Moronga es ese cine mexicano por cable que pasan por las noches, aplicado a la décima potencia malsana, básicamente algo que me hubiera gustado hacer de haber podido ser director de cine

Las salas de cine convencionales no le van a prestar atención a proyectos inusuales, en el caso de Moronga de John Dickie su destino aparente es el de pertenecer secuestrada en canales de paga en donde pasan cine de narcotraficantes o de corte barato, lo cual es una fortuna el haber encontrado una proyección –más bien dos- y un público dentro del festival.

Moronga cuenta la historia del sargento Frank Pelluco (Matt O’ Leary), un gringo que se encuentra atrapado en un pueblo mexicano abandonado por Dios en donde si no está vagando y diciendo incoherencias agresivas a los testigos de Jehova, se gana unos cuantos pesos dando clases de inglés en la biblioteca del pueblo a la que nadie va por las marchas antigobierno que ocupan toda sede. Con ello aprovecha su dinero para comprar moronga y ponerse ebrio en la cantina local, en donde una noche termina involucrado con la Marilyn (Krystian Ferrer) un prostituto travesti al que encuentra muerto la noche siguiente, con ello el Pelluco termina haciendo una investigación que lo lleva a descubrir el asesino de la Marilyn, mientras que el pueblo entero le echa la culpa.

John Dickie hace una película singular, porque entendiendo que se trata de un documentalista escocés que se ha ido a vivir a las montañas oaxaqueñas, con ello ha obtenido la experiencia y registro necesario de nuestra incoherente forma de vida: odiamos al gobierno pero también defendemos el egreso y enaltecimiento de los criminales locales, somos un país con injusticias febriles respecto al género e identidad sexual, pero también solemos adaptar a la homosexualidad y el travestismo como algo que pasa, vivimos con la nueva tecnología pero seguimos en estas viejas cantinas.

Dickie dibuja un panorama sucio con estética kitsch inspirado en el grandioso John Waters y quizás eso le moleste a personas que niegan que esto también es parte de nuestra identidad como nación, porque no en todas partes hemos evolucionado a tener servicios y urbes de envidia, porque seguimos estando en calles sin pavimentar y en tedio fatal, y hace esto con una comedia por parte de la actuación de Matt O’ Leary, quien nunca es un personaje con valores.

Es un hombre paranoico y carente de una visión coherente de su realidad, por lo que es un narrador poco confiable en el que ocurren un gran número de situaciones cómicas, que no hacen otra cosa más que afianzar esta visión bizarra que en ojos de quien lo niega, puede que sean una calca de clichés, pero pasan, y reírse de nuestra identidad no ha matado a nadie en estos tiempos.

 

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.