Incorporación de vocablos, evolución

Al revisar una colaboración de hace 10 años, me topo con que recomendaba no usar la palabra ‘normatividad’, de uso muy frecuente en el español de México, especialmente en el sector público de los tres órdenes de gobierno.  Esa palabra no estaba incorporada oficialmente al entonces Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Es decir, si se buscaba, no aparecía. Por lo tanto, no era recomendable su uso. En lo personal hice una consulta a la Academia Mexicana de la Lengua y –aún conservo su respuesta– me explicaban que el significado otorgado a esa voz correspondía a la voz ‘normativa’, esta sí enunciada en el entonces DRAE.

Diez años después el panorama ha cambiado. No solo aparece la palabra ‘normatividad’ en el Diccionario, sino también otras muchas consideradas inapropiadas, vulgares, del mal gusto o, simplemente, barbarismos.

¿Por qué hoy sí se admiten y antes no?

Por principio, el estudio del lenguaje se democratizó: ahora tiene el mismo peso la opinión de cada una de las academias y no solo la más antigua que encabezaba por ser la del lugar de origen de nuestro idioma. El diccionario también modificó su nombre: ya no es el diccionario de una academia, sino del idioma. Por eso ahora se llama Diccionario de la lengua española, DLE. Segundo, el enfoque de trabajo de las academias también varió: ya no «fijan para dar esplendor»; simplemente describen. Al igual que cualquier científico que no dicta a su objeto de estudio cómo debe comportarse, los lingüistas señalan las características y cómo se comporta su objeto de estudio, en este caso la lengua. Además, la historia demuestra que debe ser así: las imposiciones al lenguaje siempre terminan rebasadas por la sociedad (ahí está el Apendix Probi; entérense bien, feministas con enfoque inapropiado, incluso los que fijan la política pública llamada «incluyente»). Finalmente, se han incorporado muchos vocablos, particularmente del español de América. Eso se debe a que la lengua ya enraizó y, aunque el origen sea España, ya también es de América. Por otro lado, el mayor número de hablantes de esta lengua está en este continente y, por tanto, las pautas de la evolución se están marcando aquí con mayor variedad.

Por ello, encontramos que el vocablo ‘normatividad’, con gran fuerza y uso en México, ya está en el DLE. Pero no solo eso, también voces populares como ‘mallugar’, que antes se consideraba impropia. En la Universidad me corrigieron a ‘magullar’, pues crecí sin poner en tela de juicio la forma en que hablaban en casa. Ahora que está aceptado, puedo presumir que mi familia no hablaba incorrectamente, sino que era visionaria.

También fue recogida –así lo expresan los académicos cuando incluyen en el Diccionario un nuevo término– ‘despostillar’, cuando antes lo correcto era decir ‘desportillar’.

El trabajo de revisar la generalización de una palabra como criterio básico para ser incluida en el Diccionario es una actividad constante y de intenso intercambio de información entre las academias. Eso se debe a que muchas voces pueden ser idénticas en muchos sitios, pero no necesariamente tiene el mismo significado.

Es el caso del vocablo ‘cajeta’ que aquí en México se refiere a un dulce de leche. Sin embargo, en Argentina y Uruguay es la forma más vulgar de referirse a una parte del órgano sexual femenino. Por ello, aunque en Celaya no hay algún riesgo, se debe ser muy cuidadoso fuera del país a quién se le pide una cajeta, corre uno el riesgo de terminar con los labios partidos.

El idioma es tan variado e intenso como los 500 millones de personas que lo tenemos como lengua materna. Los regionalismos, desvirtuaciones y exclamaciones, si se generalizan, terminan por imponerse y hacer que evolucione. Ya José Cuervo, lingüista venezolano, homónimo del fundador de la tequilera en México, se quejaba de que la gente usara la exclamación ‘caray’ por su origen, como hoy sucede con la palabra güey, por cierto, también admitida en el diccionario oficial. Entonces, las academias tienen un enorme trabajo de armonizar todas las aristas del idioma entendamos entre todos nosotros los hispanohablantes.

Entonces, el idioma es de los hablantes y no de los académicos (o de sectores que intentan imponer su punto de vista). La posición de todas las academias de la Lengua en los últimos años ha sido recoger del habla popular lo más generalizado. Lo que hoy es un vulgarismo, termina por ser considerado un cultismo al paso de los siglos. Eso sucedió con la palabra ‘testa’ en el latín antiguo. Hoy ese vocablo se considera un cultismo para referirse así a la ‘cabeza’, pero en su momento era una maceta (de ahí viene la palabra tiesto). Como hoy, los romanos decían vulgarmente que golpearse en la cabeza era ‘darse en la maceta’.  

Sin duda, el idioma evoluciona; porque no hay algo inmutable en el Universo. El punto es amar la lengua y comprender sus características para que podamos entendernos entre los que tenemos la misma lengua materna.

 

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