La democracia en tiempos de redes sociales

Mi primera imagen asociada a la palabra “democracia” es de un grupo de ancianos griegos, calvos y barbados, vestidos con unas especies de sábanas, discutiendo los problemas de Atenas.

Esta romántica imagen se fue cayendo a pedazos conforme crecí y de la historia escolar pasé a la realidad.  Para empezar, los involucrados en la noción de democracia actual somos muchos más, y no solo porque las mujeres y los esclavos no eran tomados en cuenta, también es un hecho que la población mundial ha crecido y que la organización política de la sociedad no abarca solo una ciudad-estado, sino que hay ciudades, estados, países y en algún sentido nos involucramos también en las decisiones que afectan al planeta en su conjunto.

Ante la imposibilidad de reunirnos todos a decidir, esta ideal democracia adopta en nuestros tiempos la forma de democracia representativa.  Dicho en términos sencillos tenemos partidos que representan corrientes políticas definidas y una vez cada tres años decidimos quién queremos que nos represente de entre los candidatos y las propuestas que esos partidos ofrecen. Este sistema está en crisis, en mi opinión, por dos razones al menos: la política se ha vuelto un negocio; se puede vivir (y muy bien) del oficio de político.  La segunda, que es en buena medida consecuencia de la primera, es que los partidos y los políticos han dejado de representar una corriente ideológica.  El término “chapulín” aplicado a estos acomodaticios personajes me ahorra el esfuerzo de aportar pruebas de lo dicho.

Sin embargo los ciudadanos quisiéramos ser escuchados, participar, impulsar iniciativas y decisiones nuestras, de ciudadanos.  Los avances tecnológicos en la comunicación, que llamaré genéricamente redes sociales, pueden en alguna medida ayudar a resolver estas barreras que el número de personas y el tamaño de los territorios introduce, y permitirnos tener una presencia mucho más cotidiana y no solo cada tres años.

El camino que imagino se divide, grosso modo, en tres etapas.

Primero, requerimos información.  En este sentido ya hay un impulso sostenido por muchas organizaciones y muchos ciudadanos que pide y vigila que haya transparencia y rendición de cuentas.  Ese viene siendo el ingrediente básico de una participación ciudadana democrática.  Siempre he creído que tomar decisiones sin información es en el mejor de los casos un juego de azar: un volado o un lanzamiento de dados según el número de opciones.  Con suerte podemos tomar la decisión correcta, ganar el volado,  pero es esencialmente una cuestión de suerte no de racionalidad, de ahí la importancia de la información.

Segundo, ¿qué hacer con la información disponible? Analizarla y discutirla, y aquí requerimos ciudadanos que no solo estén interesados sino que estén educados y entrenados en el razonamiento y la lógica, que sepan sacar (o entender) conclusiones.  Idealmente se supone que los partidos deben formar cuadros con este fin, no solo enseñarles doctrina y obediencia, pero si somos honestos veremos que este afán no es perseguido por prácticamente ninguno, o no en ese sentido. Por otro lado la lastimosa situación de nuestra educación no permite poner grandes esperanzas en la gran masa de nuestros conciudadanos.  Si rematamos este pequeño análisis con una consideración al peso y la presencia de ciertos medios masivos de comunicación deberemos concluir que eso no ayuda mucho a la consecución de una posición informada de lo que pasa y una decisión razonable de lo que hay que hacer.

Tercero, asumiendo que el paso segundo está exitosamente librado ¿qué hacer? Mi única respuesta por el momento es actuar como ciudadanos independientes organizados.  Eso no quiere decir ni un nuevo partido ni una inmensa organización no gubernamental o equivalente.  Algunos estarán encuadrados en organizaciones de este tipo, otros en sindicatos, observatorios o clubs de amigos con fines comunes, pero una ventaja del esquema de Redes Sociales es que incluso ciudadanos aislados pueden participar en determinados objetivos. Si la ciudadanía organizada no toma las riendas de los asuntos difícilmente se verán resultados.  Las formas concretas de participación están en alguna medida por formalizarse e incluso podrían ser espontáneas y cambiantes.  Las consultas, que hasta ahora han tenido mala imagen, bien organizadas en sus aspectos formales, pueden ser una opción.  Otra sería regresar al redil a toda clase de representantes populares, que ya tenemos pero no nos representan en lo cotidiano y vigilar que cumplan su cometido.

En todo lo anterior las redes sociales pueden jugar un papel esencial para recibir y distribuir información; apoyar en el análisis, la discusión y la formulación de propuestas; y finalmente ser el medio de comunicación para organizar acciones concretas.  Esta formidable arma está literalmente en la punta de nuestros dedos.  Otra sociedades, en los países árabes o las antiguas repúblicas soviéticas, la han usado para fines específicos en el pasado y no dudaría que el movimiento de los “chalecos amarillos” hoy, en Francia, dependa en buena medida de ellas. Ojalá los mexicanos algún día pudiéramos también aprovecharlas para algo más que bromas, críticas y memes.  Con esto recuperaríamos mucho del sentido y del espíritu original de la democracia que practicaban mis calvos, barbudos y ensabanados fantasmas griegos.

 

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