Mexicanos al grito de guerra, ¿contra quién?

Toda aquella persona que haya estado en suelo mexicano conoce las armas de fuego, ya sea que las haya visto portando a fuerzas policiales y militares, compañías del sector privado, grupos armados o pandillas, y hasta por cualquier ciudadano. De manera unívoca podemos identificarlas en la cotidianidad.

Un arma de fuego nos recuerda que nuestra salud y vida son tan frágiles que en cualquier momento pueden arrebatarnos ambas categorías, y así como pareciera que sirvieran para salvaguardar la paz pública, parece que su presencia más bien pudiera interrumpir la paz en cualquier momento.

Entonces se ha vuelto habitual convivir entre armas largas, cortas y balas, las cuales podemos conseguir legal o ilegalmente con fines tan diversos como las armas que popularmente conocemos. Ya sea cumplir un deber oficial, otorgar protección a terceros, ir de caza, cumplir fines ilícitos, cuidarnos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos.

Resultaría contra nuestros instintos no querer protegernos de las adversidades y amenazas latentes  que nos rodean. Pero ¿qué tan normal debería ser portar armas?

¿Cuántas veces al día pasamos por alguien armado sin darnos cuenta?, ¿en cuántos titulares de las noticias al día de hoy hubieron armas involucradas?

El hecho de que nuestras fuerzas de seguridad pública porten visiblemente al menos un arma de fuego denota un reflejo de una amenaza real, latente y proporcional a la de sus armamentos, así como los miembros de la delincuencia organizada. Y por esa misma razón resulta obvio que los ciudadanos opten por conseguir de cualquier forma la protección aparente que pudiera brindarles un arma de fuego.

Si bien es una necesidad primordial la seguridad, el hecho de conseguir objetos bélicos acrecienta una estructura que genera más inseguridad, corrupción y violencia que nos aqueja de forma directa e indirecta. Y que son las razones que en principio nos hacen adquirir algún medio de protección, convirtiéndose en un círculo vicioso.

Claramente se aparece un binomio de fenómenos estructurales, en un extremo un monopolio de actividades ilegales ejecutado por la mafia del capitalismo (tráfico de animales, personas, armas, drogas, etc.) y en el otro extremo el monopolio del poder que beneficia a un capitalismo mafioso (corrupción, impunidad, vacíos jurídicos, simulación judicial, etc.).

Como resultado de ello, en Guanajuato tenemos día a día huachicoleros ordeñando y vendiendo gasolinas, ejecuciones de servidores públicos y ciudadanos, narcotraficantes libres, un Programa Estatal Cívico Militar (vigente desde el año 2012) y millones de ciudadanos atrapados por la inseguridad.

Es entonces que como resultado de este problema de violencia han surgido los mal llamados justicieros anónimos, las autodefensas de los pueblos, linchamientos colectivos y policías comunitarias.

Tenemos un sistema jurídico finalista, al cual sólo le interesa a las autoridades involucradas averiguar y juzgar al último portador o poseedor del arma, sin embargo no se investiga (y mucho menos se castiga) si anteriormente había pasado por otros dueños dicha arma.

Si el promedio de vida útil de un arma es más prolongado que el de los automóviles, entonces se debería también hacer una reforma que obligue a las autoridades correspondientes a ver la cadena de manos  por la que han pasado dichos objetos, ya que dichas armas de fuego no aparecieron por generación espontánea, hay un mercado negro lleno de complicidades entre autoridades, ciudadanía y delincuencia organizada.

Como ciudadanos parecemos estar atrapados entre dos mafias que nos rebasarán solo hasta donde nosotros lo permitamos, nos queda mucho por hacer: unirnos al enemigo de la mafia capitalista o bien, luchar contra el capitalismo mafioso, pero ¿cómo comenzamos?

 

1 comentario
  1. Agnostico dice

    ¿estudió en España? Qué Padre, la felicito.
    ¿Fue a través de una beca de la UG?

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