México: ni populismo ni izquierda, sólo caudillismo

Lo primero que hay que aclarar del resultado electoral de México en la elección de presidente de la república para el periodo diciembre de 2018-noviembre 2024 es su caracterización: ni es populista ni es de izquierda. Hasta ahora se trata de un modelo de caudillismo personal con un partido-Torre de Babel y cuando menos dos metas específicas: programas asistencialistas y lucha contra la corrupción.

El proyecto político de López Obrador y su partido Morena es un desprendimiento político del PRI ocurrido en 1987 y 1988, cuando Cuauhtémoc Cárdenas quiso modificar la estructura de poder del PRI que le daba al presidente de la república la facultad metaconstitucional de designar a su sucesor en la presidencia y exigir que el candidato surgiera de una votación interna. Como escenario de esa lucha de Cárdenas estaba el hecho de que en 1988 el grupo tecnócrata de neoliberales de Salinas de Gortari se jugaba la continuidad en el poder.

Como se supuso entonces, Cárdenas fue derrotado, se salió del PRI, compitió como candidato de un frente democrático, le reconocieron 31% de los votos y Salinas ganó con 50.3%. Los priistas populistas abandonaron el PRI y fundaron el Partido de la Revolución Democrática con el registro del Partido Comunista Mexicano. En 1988 López Obrador también salió del PRI y participó en el PRD hasta 2014 en que fundó su propio partido, Morena.

El PRD y Morena, por tanto, no redefinieron una propuesta ideológica; se quedaron con la que el PRI desechó en tiempos de Salinas: el llamado “nacionalismo-revolucionario”, en realidad, eso sí, una variante menor del populismo. El PRI nació de la voluntad del presidente Plutarco Elías Calles en 1928 a raíz del asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, el último caudillo revolucionario. Ese partido, hoy conocido como PRI, convirtió la Revolución Mexicana 1910-1917 en su programa ideológico. Desde su origen siempre hubo problemas para una caracterización ideológica de la RM: revolución social, revuelta democratizadora, revolución anti feudal, revolución democrático-burguesa. En 1972 el politólogo Arnaldo Córdova la definió simple y sencillamente como “populista”.

Por razones de comodidad intelectual, se ha asumido a Cárdenas y a López Obrador como representantes de una propuesta de izquierda, pero del concepto de izquierda que tiene un componente minoritario de socialismo, comunismo, marxismo, lucha de clases. Al sector del nacionalismo-revolucionario del PRI se le colocó a la izquierda dentro del PRI; había muchos marxistas, comunistas y socialistas dentro del PRI, pero aceptando que México nunca sería socialista.

Por eso debe aclararse que López Obrador y su partido Morena no son de izquierda ideológica; si acaso, se les puede ubicar dentro del neopopulismo. El populismo mexicano ha sido la esencia de los gobiernos desde 1929, con inclinaciones hacia las clases populares y también beneficiando a las clases explotadoras, populismos progresistas y populismos conservadores. El neoliberalismo mexicano 1982-2018 ha logrado cierta estabilidad de clases con programas asistencialistas que han sacado al 2% de la población de sus condiciones de pobreza, pero manteniendo la estructura de desigualdad en la distribución de la riqueza.

Las dos banderas de López Obrador son asistencialistas: programas para los más pobres y lucha contra la corrupción. Inclusive, en sus últimos discursos, López Obrador reveló una incomprensión total de las ideologías y de las relaciones de producción; afirmó que “la corrupción es la causa principal de la desigualdad social y económica y de la violencia”. En realidad, la desigualdad social y económica es producto del sistema capitalista de producción y del Estado como guardián de la acumulación privada de la riqueza social; y la violencia es consecuencia de la incapacidad del Estado para defender a la sociedad.

Los medios internacionales de comunicación han saludado la victoria electoral de López Obrador como de “la izquierda”. Y lo peor es que López Obrador mantiene un conjunto de ideas –que no asumen la categoría de ideología– que más bien lo colocan en un espacio político de centro-progresismo; y como ya prometió respetar la estabilidad macroeconómica neoliberal, entonces pudiera localizarse en el sector progresista de la derecha económica.

El populismo se entiende como un gobierno a favor de las clases populares; y puede ser responsable si mantiene la condicionalidad de los equilibrios macroeconómicos o irresponsable si dispara el gasto sin ingresos y lleva a la economía a la debacle. El escenario venezolano de Chávez-Maduro lo padeció México al final de los periodos populistas de Echeverría (198790-1976) y López Portillo (1976-1982): gasto sin control, déficit presupuestal de dos dígitos, devaluaciones crónicas y desplome del PIB.

La mayoría presidencial, legislativa y regional le alcanzará a López Obrador para decidir el rumbo económico populista, pero no para encarar la crisis económica que le acotaría resultados. Lo malo es que en su definición de opciones no aparece la gran reforma de modelo de desarrollo para reconstruir la planta productiva sobre bases más sanas. La inflación en México se controla (doctrina del FMI) del lado de la demanda: bajos salarios, PIB debajo de 2.5% y recorte de gasto social.

En suma, López Obrador no es una propuesta de izquierda; si acaso, sería la victoria tardada del grupo que en 1987 quería que el PRI regresara a sus orígenes populares. López Obrador, así, representa el regreso del viejo PRI, del ancien régime, del gobierno para el pueblo, del populismo caudillista, de la izquierda priista que pudiera significar cualquier cosa menos lo que debe proponer toda izquierda: el socialismo.

 

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