Mi Vecino Totoro (1988)

Que su simpleza no engañe a los que no la han visto: Mi vecino Totoro es la película más pura de toda la filmografía de Miyazaki.

Miyazaki contemplaba hacer su siguiente proyecto tras “El Castillo en el cielo” (1987), película primeriza del estudio Ghibli y que a pesar de su peso en taquilla, seguía tambaleando a la legendaria casa de animació. Las cosas no iban bien para Ghibli en ese entonces, los trabajadores se salían y la labor se incrementaba para cada uno de los artistas, por lo que el siguiente proyecto debía de ser una joya… sí o sí.

Y pasó lo más extraño.

Miyazaki propuso adaptar un cuento de su autoría que realizó 20 años atrás, tratando de emular lo que hizo con su primera película (Nausicaa del valle del viento (1984) es una adaptación del manga que creo), pero esto no era señal de éxito para el staff, porque si bien Nausicaa tenía acción y ciencia ficción que sostenía el interés del público para en ese entonces, la película que proponía Miyazaki carecía de estos temas o géneros, y de no ser por la asistencia de Isao Takahata el proyecto no vería la luz del día.

Takahata decidió que su siguiente película sería su regreso a la animación –mucha gente no lo sabe, pero Takahata se estrenó en Ghibli con un documental sobre los canales de Yanagawa– y de todos los proyectos que pudo elegir, se inclinó a la imposible labor de adaptar La tumba de las luciérnagas de Akiyuki Nosaka, hombre que rechazó toda propuesta fílmica hasta que Takahata le dio la opción de animar la historia de dos hermanos batallando la hambruna en el Japón de la segunda guerra mundial. La respuesta fue inesperada, y levantó los ánimos del estudio y colaboradores… pero en el fondo Takahata no creía que la película pudiese levantarse como proyecto exitoso: él veía el éxito dentro de la película de Miyazaki.

Y optaron por la decisión de que esta fuese una doble función, tres horas de Ghibli para un público que no estaba seguro del cómo reaccionar, y pasó exactamente eso: la confusión de dos películas diametralmente opuestas hicieron que los proyectos de desprendieran de la doble función pasadas las semanas, y el claro vencedor fue… Totoro.

Debo aclarar algo: nunca había visto Mi Vecino Totoro, y esta semana me puse al corriente con las dos películas –La tumba de las luciérnagas ya había estado presente en mi vida- para poder entender la idea de la doble función, gracias esto encuentro una similitud temática, la cual es la percepción de los niños sobre sus alrededores.

Mientras que la obra de Takahata es una advertencia hacia futuras generaciones y una visión del horror de la guerra entre habitantes de la niñez bélica perdida, la película de Miyazaki no busca hacer eso.

Carece de un conflicto hasta los últimos 20 minutos, y son más unas series de viñetas sobre los encuentros de Mei y Satsuki con un espíritu del bosque que bautizan como Totoro. En este sentido la estructura narrativa se asemeja a las influencias de Astrid Lindgren o de Maurice Sendak en Miyazaki, puesto que usa la excusa de la película para conectar diversas aventuras de las hermanas y Totoro.

La carencia de elementos dramáticos o de conflictos tradicionales podrían hacernos caer en la tentación de tachar a Mi vecino Totoro de una película tediosa y fallida, pero precisamente es un elemento positivo… porque al abandonar todo tradicionalismo lo que tiene que hacer es cautivar a la audiencia a través de sus hipnotizantes visuales que le hacen justicia a la vida rural de Japón precisamente en la época de niñez de Miyazaki, en donde la gente de ciudad encuentra elementos rústicos o de la naturaleza como invitaciones a un mundo de seres fantásticos y de gente en comunidad, y que precisamente alimentan su mayor fuerte.

Capturar con excelencia el tono de la infancia.

Satsuki y Mei son personajes únicos en la filmografía de Miyazaki porque no resuelven conflictos del hombre con los espíritus, ni tienen problemas en su familia salvo la salud de su madre por la que no pueden hacer mucho. Es un dúo que tiene su impacto dentro de la comunidad por ser niñas nobles y juguetonas, y que quedan prendadas de las aventuras que entablan como hermanas, de esas que todos los que tuvimos un hermano generamos en nuestros jardines o en las excursiones familiares. Jamás se siente chantajista este tono, y por su naturalidad los personajes nunca saturan al espectador de constante brillo enternecedor, es por ello que terminan siendo los más naturales que Miyazaki haya escrito.

Ese tono, del que el propio estudio tachó de infantil y del que yo también fui culpable hasta esta semana, es precioso. Es honesta y jamás presenta a Totoro como un ser magnánimo y poderoso… al contrario: es flojo, y bastante extraño, pero ayuda a sus nuevas amigas y les enseña esa conexión al mundo espiritual de la naturaleza sin pedirles nada a cambio, más que sonrisas… y eso tuvo la audiencia de 1988.

Contrario a todo pronóstico Mi vecino Totoro se volvió un éxito de taquilla enorme, y más importante aún: ganó dos premios dentro del propio país nipón a mejor película, el Kinema Jumpo –la revista especializada en cine más vieja del mundo- y el Manichi, volviéndola la primera película de animación en obtener un galardón tan importante… y esto viene de la mano del amigo de Miyazaki, Takahata, quien era tan flojo como el epónimo Totoro, pero que vio dentro de la película de su compañero adicto al trabajo una verdad inédita en el campo de la animación, que buscaba una madurez dentro de la violencia pero aquí, aquí había una carta de amor de un autor hacia su pasado y su superación de no tener a su madre durante los primeros años, y los de en ese entonces porque para 1988 la madre de Miyazaki había fallecido de las causas de salud latentes en la madre de Mei y Satsuki.

Mi vecino Totoro es un viaje anormal, simplón, y lleno de corazón: lo adecuado como para entender su importancia en el campo de la animación y el cine, y no por nada se volvió el ícono de la empresa. A veces los campeones son inesperados, en especial si eres un mapache/oso/perezoso con la sonrisa más grande del mundo.

 

 

 

 

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