Nace una estrella (2018)

Las audiencias no van a estar preparadas para recibir algo impactante: La mejor revisión de “Nace una estrella” hasta el momento… sí, mucho mejor que la clásica versión de Judy Garland

“Nace una estrella”  es una historia que a Hollywood le gusta recrear y recrear, quizás porque en el fondo no han cambiado las cosas dentro del asunto de la fama en estos 80 años por los que hemos visto aparecer la historia en la pantalla grande. Existen 4 versiones oficiales de la película y dos desterradas: una obtuvo un premio de la Academia –la soporífera El artista (2011)– y la otra precede a la primera versión de “Nace una estrella”: “A qué precio Hollywood” (1932) de George Cukor, quien irónicamente dirigiría la historia con la revisión más clásica, la de 1954 con Judy Garland.

La versión de Garland representa los estándares de perfección dentro del Hollywood clásico, y es la más querida por audiencias y crítica al igual, mucho tiene que ver que ejemplifica de manera perfecta la batalla de la actriz en ser relevante frente a las cámaras, batalla que arriesgó credibilidad para todos los involucrados en el proyecto y que obtendrían el éxito que ella por desgracia no generaría. De ahí que revisiones posteriores se midan con esa vara y no con la de su predecesora de 1937.

Barbra Streisand intentó en 1979 revivir la película con un proyecto vanidoso apoyado por su novio peluquero –y propietario de los derechos de Superman de la época- Peter Gubers. El resultado sería una película odiada por la crítica, pero que tiene su valor de potencial… algo que precisamente retoma Bradley Cooper para esta nueva versión. Cooper no era precisamente la primera opción a dirigir, y es bastante extraño ver que Warner Brothers le otorgue a un actor que se volverá director primerizo las riendas de un proyecto cumbre de temporada y con renombre, pero lo que acaba de hacer, es quizás la mejor versión del proyecto.

Nace una estrella repite la historia de las anteriores: una promesa por la que nadie da un céntimo recibe el apoyo de una estrella que está desvaneciéndose por los problemas personales que tiene. No cambia ningún elemento dentro de la trama clásica, pero lo que hace es darle una mayor profundidad a las relaciones de los involucrados, también volviéndose una película que se nutre de las experiencias reales y como un duro análisis de lo que nosotros simples mortales consideramos sueños.

Lo primero que uno nota, es la cercanía que Cooper ha generado con los dos protagonistas. Lejos de buscar apantallar con escenas de coreografías y de escala épica, lo que logra junto a Matthew Libatique –el cinefotógrafo del proyecto- es un relato en donde los rostros de Ally (Lady Gaga) y Cooper (Bradley Cooper) conectan con sus ojos, en donde agudizamos las imperfecciones naturales dentro de cada uno y en donde entendemos que el glamour no es algo que buscan estos dos personajes sudorosos.

Es una cercanía preciosa, porque su relación se forma a través de su talento y de su corazón, y en donde aprenden a valorar las imperfecciones uno del otro. Esto se traslada de manera perfecta durante las secuencias musicales y con gran acierto, porque siguen conectados visualmente para nosotros y percibimos el sonido del concierto no como público sino como los artesanos que están dentro del escenario, volviendo la primera actuación de Ally el momento definitivo y que te pone los pelos de punta por la emoción del acto.

Ya posteriormente, lo que vemos es el desarrollo individual de cada uno. Lady Gaga posee un gran balance histriónico como Ally, una mujer que empieza a ser cantante del alma –y que le conecta de inmediato con Jackson– pero que también enfrenta las peripecias de la fama, con respecto a ser quien quiere ser y no terminar cantando cosas estúpidas como canciones de traseros que termina haciendo para el descontento de su mentor. Es de hecho bastante curioso ver que la trasgresión del mensaje y corazón de Ally se encuentre presente como arco histórico dentro de su música, para después retomar el camino personal que tanto le hizo sentir especial, aunque ya en forma trágica.

Bradley Cooper tiene una labor difícil, porque el proyecto no puede quedar como vanidad para Lady Gaga ni para él, y el hecho de que tome el papel de Jackson es complicado, porque como audiencias ya sabemos el desenlace del personaje al cual la película da una lectura inevitable y decadente, más factible que ningún otro intento porque también no es que se desvanezca en un plan mesiánico sino que lo hace por convicciones causadas ante su entorno y bajeza moral. Y también no es que lo haga mal en los momentos musicales, con una voz rasposa que parece ser parodia de Sam Elliot quien interpreta a su hermano, pero que después entendemos el razonamiento detrás de este tono.

Sería interesante analizar el final dentro de una sociedad que ha cambiado su percepción respecto al tema, y es muy probable que se vuelva controversial por estas fechas, pero el verdadero valor de Nace una estrella es su mensaje de apoyo y amor a través de personas imperfectas como tú y yo, que pueden brindar esas oportunidades y volverse héroes y que eso no les exhume de tener fallas personales que no pueden cambiar, el disfrute de las personas debe ir acompañado de un entendimiento de oportunidades y de que tampoco no cargamos con las acciones morales del otro… interesante material de análisis proveniente de la película que menos esperarías pudiera tener.

 

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