¿Por qué necesitamos a Superman?

Esta es una historia de cómo Superman salió de la mente detrás de Siegel y Shuster… y de cómo Superman me hizo tener un mejor amigo.

Las figuras de Jerry Siegel y Joel Shuster suelen ser olvidadas con la creciente e infinita fama de su personaje más memorable, y su historia, es una repleta de traiciones, de pérdidas y de tragedias en medio de una amistad que jamás se sintió derrotada en la búsqueda de un sueño: de ofrecernos a Superman.

Y de alguna forma, al saber sus problemas, no me resulta incómodo aceptar y entender su proceso.

Siegel es un niño abusado hasta el extremo por todos sus compañeros de escuela. La maestra que tiene durante la primaria no lo toma en cuenta y esto conlleva a que Jerry termine orinando sus pantalones, ocasionando la risa de todo el salón y los golpes iracundos de la educadora… y no se hace más fácil a partir de entonces.

Rechazado siempre, adopta el nombre de “Jerome el despreciado” y no tiene amigos,  ni pasando secundaria, su único consuelo es la ficción. Se da sus escapadas hacia la biblioteca pública y los domingos es un frecuente visitante de las matinés, en donde la juventud está extasiada por las aventuras de Zorro y de todo lo que haga Douglas Fairbanks, y es que el latino ataviado de negro ni el siempre feliz Robin Hood no le exigen dinero, ni le dan una ronda de puñetazos que le inflaman los ojos. Lo otro que le alimenta el alma son las historias de ciencia ficción que en su familia de entorno judío le dicen que son basura y que mejor se dedique a soñar en el negocio familiar de la sastrería, porque no son momentos para soñar, son momentos para trabajar.

Esta realidad le pega al joven Siegel cuando en 1932 su padre es víctima de un robo que le hace desfallecer en su local a causa de un fatídico infarto; Jerry es un adolescente que llora por las noches y que su único cobijo son las historias que puede crear y que nadie toma como lo que puede hacer para vivir, y en medio de su furia, inventa a un personaje “El Superhombre”, capaz de dominar a todo el mundo con actitud villanesca gracias a sus poderes fuera de lo normal.

Intenta vender sus historias creadas por él mismo, hasta que termina adoptando las ilustraciones de alguien que también tiene sus gustos, un tal Joel Shuster.

Shuster y Siegel son extrañamente parecidos: judíos, pobres, ideales para ser la comidilla de los abusivos, de lentes enormes y fracaso con las chicas… y de familias de sastres para aderezar el plato de coincidencias.

La diferencia es que Siegel tenía los textos, y Shuster el arte en sus venas. A él no le limitaron sus pasiones porque desde niño encontró el mundo de los cómics al lado de su padre, cosa que al principio no valoró mucho Siegel, quien consideraba a Joel como su mejor amigo –el único- pero que le faltaba impacto visual que necesitaba para Superman. Los encuentros de este con otros dibujantes llegaron a oídos de Joel, quien con un dolor en el corazón rompió la historia original del personaje que ya habían comenzado a trazar el dúo desde su primer encuentro.

Jerry Siegel era cabeza dura… pero tampoco es que fuese un estúpido. Recapacitó y pidió perdón a la única persona que le había abierto las puertas a su idea y a su persona, y Shuster hizo acto noble porque una amistad no valía la pena por una pelea, sobre todo si sabían en el fondo que los dos se necesitaban. Echan a dar nuevas ideas porque ahora Superman no es un monstruo, ya no quiere dominar al mundo, ni proviene del futuro, ahora Superman va a salvar al planeta siendo el campeón de los oprimidos, ahora será un reportero para guardar apariencias, y su origen es un planeta lejano llamado Kriptón: es perfecto.

El dúo se hace notar en el nuevo medio llamado cómic, y comienzan a trabajar con diferentes personajes, que en la necesidad precaria terminan aportando elementos de su magnum opus sin llegar a bastardizarlo, porque necesitan venderlo fresco. Es notorio el rechazo de las casas editoriales como United Feature Syndicate –que en ese entonces publicaba Tarzán– quienes le dicen de su Superman “un concepto bastante inmaduro”, mientras que el “Sindicato Ledger” es más agresivo: “Creemos que nuestros editores y el público no tienen el interés ni el tiempo para superhumanos ni lo interplanetario”.

De rebote terminan aceptando la única propuesta que tienen, en una nueva revista llamada Action Comics de la National Allied Publications. Action Comics es una aglomeración de historias con tema de acción, similar a las otras publicaciones temáticas de la empresa como Detective Comics –de donde aparecería después Batman– y Fun Comics. La oferta que les hacen a los muchachos es de hacer un cómic de 13 páginas, rápido y recortado que en la editorial puedan arreglar ante cualquier contratiempo.

Jerry y Joel llevan 5 años en este sueño, y son 5 años de haber gastado dinero en cantidades exorbitantes, de vivir en la miseria chupando la leche de las botellas de vidrio y de escuchar puras negativas, por lo que la idea de tener un contrato de 5 años con un cheque de $412 dólares y otros 130 por el personaje sonaba a la mejor idea del mundo.

Los muchachos por el momento no pensaron en las consecuencias porque estaban esmerados en hacer que su sueño se plasmara: El dinero va y viene, Superman, el proyecto de nuestras vidas, será eterno.

El éxito se huele en primera instancia y es porque Action Comics –en una decisión de Vin Sullivan, el editor de la revista- pone a Superman en primera plana con la portada más famosa de la historia:

Y Action Comics se vuelve un éxito. Vende 200, 000 copias en su primer número y registra ventas de medio millón a partir de la segunda entrega. Para cuando deciden sacar un tomo solitario de Superman, este se vuelve el primero en su tipo en vender un millón de copias.

Y todo porque en el fondo, Jerry Siegel y Joel Shuster tenían razón: el medio era el apto para su personaje, y su personaje sería el catalizador del sentimentalismo, porque en el fondo expresaba sus ídolos religiosos y lo que de verdad quisieron ser en la vida real: alguien que detuviese a los criminales, alguien que tuviese éxito con las chicas, alguien que no causaba asco y repudio, alguien dispuesto a salvar a cierto costurero del crimen…

Yo, como muchos de nosotros, tuvimos la necesidad de Superman durante los primeros años de vida. Es raro expresarlo así, pero la figura bondadosa del personaje cobijaba tu psique y con ello los ideales que siempre representó; porque si mis padres me enseñaron a ser buena persona, de alguna  forma Superman corroboraría estos ideales en mi vida diaria.

Sé fuerte, sé noble, no por ser el más grande eres mejor que todos, entiende tu entorno, y más importante: ofrece lo que tengas para el servicio de los demás. Superman innegablemente me hizo sentir y pensar por los demás, a ayudar con todo lo que podía hacer un mequetrefe como yo, y siempre soñando con sus aventuras, la confirmación de estos ideales provendría cuando con toda mi familia, vería Superman: La Película (1978) de Richard Donner y conectaría mucho más con él: entendía el drama que representaba, la pureza de su aura rodeada de ese inolvidable roji azul… lloraría por verle sufrir la pérdida del amor de su vida.

A partir de mi adolescencia comenzaría a renegar del personaje, y lo pondría como uno de los más odiosos y aburridos, cuando en el fondo sabía que esto no era cierto, que Superman estaba cuando yo lo necesitaba en las revistas que nadie más pensaba que eran arte más que yo y la banquita en donde los leía.

Mi reencuentro con él fue como el del hijo pródigo porque precisamente en tiempos posteriores encontraría a mi mejor amigo con el que hablaba de lo que nadie más quería hablar: de cómics, y de nuestro amor hacia Superman que lejos de parecernos aburrido, era lo que nunca fuimos, porque yo era un mequetrefe con frenos y voz aguda, y él era un muchacho con asma crónica.

El encuentro con una persona que afianzara mi amor hacia algo que en realidad siempre le tuve respeto, fue natural, porque Superman jamás nos rechazó y lo defendíamos ante la gente que llegaba a decir que era aburrido. Esos fueron los grandes años.

Escribo esto a raíz del aniversario del superhéroe más grande del mundo, y a raíz del aniversario luctuoso de él, que nunca lo había pensado hasta el día de hoy pero ocurren el mismo mes… y me pregunto ¿Por qué necesitamos a Superman?

Para creer en nosotros mismos, esa es la respuesta corta. Sus historias, sus películas, su porte, e incluso su logo tienen un poder religioso que busca que la persona común crea en sí misma, ha evolucionado como todas las cosas y se ha vuelto más complejo, más allá de lo que podría ver Umberto Eco en su legendario Apocalípticos e Integrados -¿Has defendido a un personaje y lo erróneo de Eco frente a tus profesores de semiótica? Yo sí- porque dista de ser una simpleza, y esa simpleza no sólo es narrativa: es emocional.

Recuerdo muy bien que tras su muerte, su colección de cómics recayó en mi resguardo, y se encontraba All Star Superman, la gran obra de Grant Morrison que no omite al Superman del pasado y lo replantea con gozo y aprecio; era una colección incompleta, porque el capítulo que le faltaba era el número 6, que nunca encontrábamos durante nuestras salidas por el centro en busca de cómics.

Lo tuve que pedir tiempo después, y la imagen era reveladora: la de Superman frente a la tumba de Jonathan Kent. La historia resulta ser la más hermosa dentro de toda la mitología del personaje y entiendes el peso e importancia de la pérdida de nuestros seres queridos en el arco histórico de nuestras vidas.

Superman no sería lo mismo sin la pérdida de Pa Kent, Superman no habría nacido de la furia de Jerry Siegel y la muerte injusta de su padre, Superman no habría mejorado y habría sido un villano de no ser por la traición de Siegel frente a su amigo Joel Shuster, y yo estaba ahí, leyendo esas palabras tan sabias afrontando la pérdida de mi mejor amigo.

Hasta el día de hoy, escribo y recuerdo esa escena siempre con lágrimas en mis ojos.

Superman, la gente no lo entiende pero muchas gracias por todo, felices 80 años.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.