¿Qué federalismo?

Una de las discusiones pendientes en nuestro país es sobre el tipo de federalismo que se debe impulsar para mejor resolver los problemas y desigualdades regionales.

La polémica parece revivir a partir de la propuesta del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, de sustituir a las delegaciones federales en las entidades por una sola encabezada por un coordinador o delegado. Pero también el tema surge a raíz de la decisión de desconcentrar algunas dependencias a los estados.

​En México, a diferencia de los ejemplos clásicos de experiencias federalistas (Estados Unidos, sería una de ellas), el federalismo fue construido desde el centro; o si se prefiere, nacimos como un Estado Centralista, donde el ejemplo máximo ha sido la cooncentración de actividades y poderes en la Ciudad de México. En virtud de ello, durante siglos los intentos fueron por construir un país federalizado, donde las comunidades locales a partir de una organización política basada en sus municipios y estados pudiera construir su autonomía. Pero fue por decirlo de manera sencilla, un esfuerzo “artificial”, y no natural como sucedió en Estados Unidos, donde el federalismo surge de la decision de las 13 colonias británicas de conformar un Estado Federal.

​En México nacimos como país centralista. La federación fue un impulso posterior para tratar de desarrollar los amplios territories despoblados; como sería el caso de Baja California. Pero nuestra naturaleza politica, económica y cultural es centralista. Por eso los impulsos o las fuerzas que tienden a la concentración siempre han estado presentes. Pero a ello habría que agregar que nuestro sistema politico es presidencialista y por ello tiende a la concentración del poder en un solo individuo, quien es responsible del Poder Ejecutivo y que en virtud de ello tiene que render cuentas a la ciudadanía.
​De manera que la historia de este país “atenta” contra la desconcentración territorial de los poderes y las decisiones.

Se ha intentado en diferentes momentos crear una República federal pero con resultados inesperados o contradictorios, pero siempre las tendencias concentradoras se imponen. Es muy probable que nuestro peculiar presidencialismo sea la causa de la imposibilidad de crear mejores condiciones para desarrollar un verdadero federalismo.

​En 1992, el gobierno federal inició un programa de descentralización de la administración pública. La punta de lanza fue la educación pública. A ese impulso se le conoció como “El Nuevo Federalismo”.

El presidente Ernesto Zedillo le daría un gran empuje. La fecha formal de la nueva política fue el 18 de mayo de 1992, cuando se firmó el Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica.

Lo suscribieron, aparte del gobierno federal, el SNTE y los gobernadores de las entidades. Se puso como ejemplo de lo que era una verdadera descentralización. Sin embargo, la federación nunca ‘descentralizó” los contenidos educativos ni los recursos económicos. Siempre hubo el temor del manejo discrecional de los gobernadores y sobre todo, de una regresión en términos de la laicicidad de la educación; sabemos que algunos titulares de gobiernos locales son proclives a los valores conservadores o a introducir contenidos religiosos en la formación escolar.

​Hoy la corrupción nos ahoga. Los ejemplos de autoridades locales enriquecidas al amparo de sus cargos parece ser la constante. ¿Cómo plantear un federalismo que brinde autonomía a las entidades con las actuales prácticas de corrupción desde el poder?. Los gobernadores y alcaldes requieren, en este momento, de mayores controles para evitar que se conviertan en señores feudales (algunos ya casi lo son). Es necesario replantear todo el pacto federal de manera paralela al cambio de régimen politico. Un federalismo que le de más facultades a los gobiernos locales en las actuales circunstancias sería un error de consecuencias mayúsculas. Saldría peor el remedio que la enfermedad. AMLO lo sabe; la figura de un delegado parece ser una salida intermedia mientras se transforma el sistema politico actual.

 

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