Recalentado presidencialista

A los mexicanos nos encanta el día después, nos llenamos de expectativas de lo sabroso que va a estar el guiso. Repetir es lo nuestro.

Por eso repetiremos ese cocimiento que degustamos una y otra vez: el presidencialismo centralista. Nos puede hacer daño pero nos arriesgamos. Ha sido tan sabroso dejarle toda la esperanza al Señor Presidente.

El plato viene del porfiriato y ahora lo recalentaremos como pejiato. Ambos son vidas paralelas.

Admiradores de Juárez, se dicen liberales de primera hora. Dicen que pelean el poder no porque lo ambicionen. No quieren el cargo por sí mismo. Pero lo buscaron tres veces y hasta la tercera se les hizo. Escribieron textos que llamaban a la regeneración del país sumido en la avaricia rapaz de unos cuantos. Sus viajes por el territorio nacional los llevó a rincones donde eran aclamados como santidades. Los opositores se fueron deslavando en sus fallas y ante su influjo. Hicieron de la fidelidad de todos a ellos el cimiento de la estabilidad. Construyen una red de leales en cuya designación, funciones y liderazgo pesan sobre todo sus instrucciones: “una imponente red de informantes, amigos y clientes, capaz de conocer e influir sobre el acontecer que el país tiene en sus rincones más apartados”. Red de Jefes Políticos, instrumentos principalísimos de la centralización política a lo largo de toda nuestra historia.

El porfirismo, como el morenismo, son lo mismo: movimientos personalistas que pretenden su orden para el progreso. Son la construcción de una pirámide que hace descender el favor presidencial hacia mero abajo. Son un movimiento ajeno a la República, esa organización compleja y, hasta ahora, prescindible.

Así que ya saben, mañana toca recalentado.

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