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miércoles, julio 24, 2024

31 días de Halloween: El hombre de mimbre (1973).

La rebeldía de robin hardy frente al estado del horror británico de los setentas trajo consigo la reivindicación del horror folclórico que a la fecha sigue siendo igualmente influyente y perturbador.

Uno de los datos curiosos más graciosos que uno pueda saber dentro del horror, es que Christopher Lee ODIABA trabajar para las producciones de Hammer. Lee a pesar de haber personificado a figuras emblemáticas del estudio como a Fu Man Chu, El monstruo de Frankenstein y por supuesto… a Drácula, daba a notar su disgusto con la idea de reutilizar personajes que consideraba burdos e innecesarios de retomar en consecuentes secuelas, de ahí que incluso muchas veces en el caso de Drácula, el príncipe de las tinieblas apenas y llegue a decir unas palabras, volviéndose o un animal desalmado violento, o un sujeto bastante desinteresado conforme pasaban las entregas, algo que siempre justificó como trabajo digno no para él, sino para los cientos de colaboradores de la productora dentro y fuera de la cámara.

Este recelo de sus personajes también le afectaría a Lee, porque desde el estreno de Drácula de Terrence Fisher por allá en 1958 -e incluso uno podría asegurar que fue con el Frankenstein del mismo director dos años antes- hasta inicios de los setentas, terminaría encasillado como lo fueran los íconos del horror de Universal que suplió: era trabajo digno, pero no lo retaba, por lo que Lee comenzaría a congeniar un plan bastante macabro para vender espejos frente a las expectativas de la gente en el papel que más le enorgullecería en su carrera.

Christopher Lee al lado de sus amigos el productor Peter Snell y el guionista Anthony Shaffer buscaban un proyecto alejado de las condiciones del horror nacional, encontrando un posible potencial en el poder adaptar El ritual de David Pinner, una novela de horror y misterio de 1967 que cabalgaba la popularidad que el paganismo y satanismo había estado estableciendo en el horror ese mismo año gracias a Ira Levin y La semilla del diablo, la cual sería adaptada al año siguiente por Roman Polansky en El bebé de Rosemary. Es muy probable que Lee y su equipo vieran el proyecto de El ritual como uno cercano a cuando Hammer adaptó El demonio cabalga de Dennis Wheatley en 1968, uno de los proyectos más soñados de Lee y que esperaba, le pudiera dar una franquicia de Hammer que le pudiera servir de protagónico… que por desgracia nunca pasaría de una sola película.

En El ritual encontraban material interesante y que formulaba la misma cuestión de misterio de Wheatley, pero el primer tratamiento de Shaffer realizado en 1971 no les pareció adecuado, por lo que dejarían en pausa la gran película para Lee. Al mismo tiempo que esto ocurría Shaffer tenía pláticas con uno de sus amigos, Robin Hardy. Hardy fue un director de poca monta tanto en los terrenos ingleses como en su cruzada americana, en donde sólo sirvió como director de programas televisivos, la presión por no haber tenido grandes méritos le convino a Hardy con un problema cardiaco culminando en un infarto, y mientras se recuperaba en su hogar de Maidenhead, Shaffer le propuso investigar sobre cultos y paganismos para un proyecto que tenía encabezado por Lee. Shaffer accedería y tendría acceso a una serie de materiales dentro de la biblioteca personal de Shaffer, y gracias a Hardy se comenzó a labrar una estructura de la adaptación más compleja, porque si en El ritual lo que se plasmaba era una investigación moralista de parte de David Hanlin de la que salía airado, resolvía el misterio y de paso “regañaba” a los pueblerinos de Thorsk, lo que querían hacer con El hombre de mimbre era poner en conflicto los intereses religiosos de un ahora Neil Howie con los habitantes de la isla de Summerisle, sin ponerse de su lado.

En este punto de la historia hemos visto una revalorización y ascenso dentro del sub género del horror folclórico, uno que además ha conseguido puntos de aproximación crítica y taquillera populares como en el caso de Midsommar (2019) de Ari Aster o La Bruja (2015) de Robert Eggers. Bueno, su éxito se lo deben en gran parte a El hombre de mimbre. No es precisamente la primera película dentro del sub género -tema que se puede prestar a debate- pero sí tiene en su honor, ser una película que popularizó el tema y sobre todo, que le dio una bocanada de aire fresco necesario a la industria fílmica del horror en el Reino Unido.

Es que no sólo era Christopher Lee quien se encontraba cansado de los mismos papeles, también la industria y la taquilla comenzaba a abandonar las pretensiones de seguir viendo películas góticas de la Hammer, de ahí que el estudio intentara explorar otros géneros como la aventura y las artes marciales sin éxito. Las audiencias llegaron al cine viendo el nombre de Christopher Lee pensando en un horror seguro, y de paso vieron el nombre de Ingrid Pitt pensando en desnudos gratuitos, y recibieron algo más.

El hombre de mimbre a 50 años sigue portando un aire de rebeldía y jovialidad; desde su condición como una película de horror que sucede en la totalidad del día, pasando por ser un pseudo musical con música folk cantada por hippies y que fácilmente podrías haber escuchado en la radio de esos tiempos, y por su interés de descatalogarse dentro de los panoramas espectrales y perversos más allá de las aras del conocimiento humano, porque es una captura de prerrogativas palpables, y escabrosas mientras más lo llegas a pensar.

Y es que Shaffer y Hardy toman el pretexto de la novela original en el corte de investigación, y deciden plasmar una película en donde el protagonista de forma bastante espectacular no considera que se encuentra en una película de horror. El Sargento Neil Howie (Edward Woodward) previo a sus funciones como figura de autoridad, se presenta como un hombre devoto cristiano, participando en la eucaristía desde la primera escena del filme lo que nos da a indicar que sus convenciones son moralistas, de la vieja escuela y totalmente cerradas a una atmósfera en donde todo lo ajeno pueda resultar pagano y ofensivo a los ojos de Dios. Lo peor que le podría haber pasado a Neil Howie es llegar a un espacio en donde también desde cero, su valor como figura autoritaria no sirve; los aldeanos le miran con burla, no participan con él, lo desconocen y tienen un completo desinterés sobre su investigación. El hombre de mimbre se posiciona desde un lado sarcástico en donde desnuda -hasta en forma literal- a las figuras contempladas como autoritarias y sobre todo, índices de valor moral, porque en esta exposición de desinterés, Howie comienza a perder la paciencia volviéndose más directo y ofensivo frente a su valor de creencias y participación comunitaria, pero también como un hombre fallido y de deseos, que escarmenta el deseo sexual y culto pagano al falo pero de alguna forma, tiene envidia de aquellos que ceden a sus deseos profundos: básicamente una denuncia dentro de los valores tradicionales moralistas de forma universal en este cruce y duelo generacional eterno.

Howie no toma las señales que la película con absoluta claridad le están dando a entender y que nosotros como audiencia, participativa dentro de los protos del horror entendemos como incomodidades, pero estamos absortos de ver a un mártir moderno que la película nos termina abofeteando bajo la asociación de este tipo de figuras, resplandecientes frente a todo camino de mal y absortos en su realidad, que son ignorantes y víctimas de su propio engaño. El hombre de mimbre construye esta senda de constantes frustraciones para Howie para nuestro gozo en donde nos volvemos paganos: nos identificamos con los borrachos, queremos dulces, participaríamos en orgías nocturnas, peleamos y jugamos y danzamos, no estaríamos del lado de un mero estorbo policiaco… hasta su punto final: ya en donde sí es bastante debatible si entendemos los últimos momentos del oficial como parte de nuestro gozo absoluto, o despertamos y entendemos la cruenta condición de su caso.

Esto termina siendo un mensaje casi universal dentro del horror folclórico, que aparte de estas condiciones paganas y terrenales que se enfrenten a la dicotomía moderna, lo que casi siempre se presenta en este subgénero es una retorcida idea de pertenencia o de un absolutismo que le asociamos a los finales de los personajes. En donde tomamos posición de un lado, pero que de verdad no resulta cómodo ni superior al otro, simplemente dentro del menor de los dos males parece ser el peor. El hombre de mimbre nos hace detestar a Howie pero sentimos seducción por parte de Lord Summerisle (Christopher Lee). Un hombre libertino, calmado, nada agresivo y sabio, que sabe refutar las ideas del policía con elegancia y sin perder la paciencia, de que le ha dejado momentos para que este vaticine su cometido en más de una ocasión para dejarlo en paz pero que, entre esas construcciones que vamos escuchando y comprando… también hay un lado bastante deprimente dentro de su caso y por lo tanto de los habitantes de Summerisle, presas de un mandato pagano sin capacidad de discernir y en donde curiosamente, la evasión de la realidad sobre sus cosechas la presenta el enemigo devoto, pero que no están dispuestos a entender ni escuchar.

Hardy y Shaffer de nuevo, están constituyendo una perspectiva pesimista: el moralismo religioso conservador nos va a terminar incendiando y quizás, los libertinos que juran tener la misma veracidad que el otro están actuando en una defensa inútil que no los va a consagrar.

Debió de haber sido un fenómeno radical en 1973 ver El hombre de mimbre… de no ser por su trágica historia como película poco apreciada en su momento. No aprobada por Hammer y mandada a otros estudios menores, la película de Robin Hardy terminaría apropiada por British Lion que dio un presupuesto bastante minúsculo, pero que no detendría a Christopher Lee, quien accedió a trabajar de manera gratuita en la película que irónicamente le tenía absoluta fe. El problema no radicó a la hora de terminar de filmar sino en la distribución y corte final de El hombre de mimbre. British Lion entró en bancarrota y era adquirida por EMI, quienes no querían apoyar los proyectos heredados del estudio anterior. El productor Michael Deeley diría que El hombre de mimebre era “Una de las peores diez películas que he visto en mi vida”, cosa bastante normal para un estudio que se dedicaba a comedias y que de vez en cuando le salían proyectos excepcionalmente alternos a las condiciones habituales de EMI.

Peter Snell trató de salvar su producción mandando una proyección en el festival de cine de Cannes de 1973 y en donde aseguró la compra de la película en territorios extranjeros, pero la cosa no le iría mejor; con el recorte de la película bastante grave en el Reino Unido tuvo la esperanza de que la versión íntegra llegara a Estados Unidos bajo la mano de Roger Corman, el cual pidió más cortes de la película -incluyendo las dos escenas ritualistas del personaje de Willow y alterando las secuencias de noche y día haciendo un revoltijo inentendible- para venderla en formato de autocine.

Finalmente EMI estrenó El hombre de mimbre como parte de una doble función al lado de No mires ahora de Nicholas Roeg… otra hermana incómoda del estudio por lo experimental y atrevido de su propuesta del horror… algo bastante complicado si tomamos en cuenta que para 1973 las dobles funciones en Inglaterra ya no eran populares.  Cuenta la leyenda que Christopher Lee supervisó una campaña personal en donde cobraba favores a productores y directores para que trajeran críticos a ver El hombre de mimbre estrenada en fechas navideñas y que perdería obviamente la batalla de atención frente a El exorcista de William Friedkin.

Esa sería la gran tragedia de El hombre de mimbre. Encima de perder dinero Robin Hardy no tuvo el proyecto que esperaba lograra despegar su carrera, dedicado sólo a la escritura de pocos guiones y la dirección de otras dos películas, y Christopher Lee no tendría ese regocijo de mostrarle a las audiencias su capacidad histriónica, pero el tiempo ha sido benévolo con El hombre de mimbre, de pasar de ser una película mundana y que retaba al sistema que lograron pisotear para que no tuviera su renombre, a la punta de lanza de un subgénero que se ha vuelto bastante popular y que de vez en cuando los curiosos se atreven a mirar para entender por qué tanto escándalo y sobre todo, por qué tanta importancia a una película con canciones de doble sentido y niñas con ranas en la boca.

Un clásico.

El hombre de mimbre se encuentra disponible en la plataforma de Mubi.

 

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