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viernes, diciembre 3, 2021

31 Días de Halloween: Gemelas del mal (1971).

Hammer se sube al tren de las gemelas voluptuosas de los setentas para hacerlas presas del vampirismo… y del fervor religioso de Peter Cushing.

Evidentemente la condición del gemelo en los seres vivos es algo que captura la atención de nosotros. Las madres condicionan a sus pequeños retoños a ser presentados socialmente como dobles de espejo sin un espacio de identidad dentro de cada uno porque resulta enternecedor ver dos pares de ropas y cortes de cabello (que me imagino algo ha de afectar en la psique de estos individuos: la carencia de un espacio independiente del otro en nivel público), misma condición de curiosidad cruel que también los que han experimentado con los humanos -y en contra- han percibido y presionado en situaciones mucho más crueles y aberrantes.

Esta condición de anonimato presentado en dos seres también tiene su dosis de fantasía sexual, quizás la condición más popular del gemelismo: Es una situación de la que se beneficia enteramente el tercero en discordia, porque está frente a dos figuras a su beneplácito, factores de un tema tabú incestuoso, y prueba candente de que el tercero posee un vigor lo suficientemente capaz como para satisfacer a los invitados a la cama.

Esta conceptualización del gemelo es más evidente bajo el género femenino, y es algo que la cultura popular ha explotado fuera de los confines pornográficos. En 1971 curiosamente existen dos películas del sentido del horror que subieron a esta oleada explotativa con diferentes resultados: Mothra de Ishiro Honda además de darle gala al género del kaiju con un monstruo femenino benévolo, presenta una dinámica con la polilla gigante y dos gemelas pequeñitas que sirven como intérpretes y guardianes de esta, el lazo comunicativo con los humanos encarnadas por el dúo pop llamado Peanuts -también parte de la fiebre del ídolo musical gemélico en Japón– quien engalanaba al filme con su música, incluso cantando el tema musical de Mothra que hasta la fecha sigue vigente.

El otro, vendría de parte de Europa y nada más ni nada menos que dentro de los estándares del estudio del horror más longevo e influyente del país: Hammer.

Gemelas del mal como muchas películas de Hammer tiene un desarrollo automático casi express en su producción; contemplada para ser la tercera entrega de Mircalla Karnstein, de parte de una saga que en realidad nunca tuvo su condición protagónica por el constante rechazo de Ingrid Pitt en volver a interpretar al personaje por considerar baja las ofertas que el estudio le proponía.  Al final Harry Fine decidió olvidar el impacto del personaje y proponerle a Tudor Gates de que esta siguiente entrega la escribiera con la temática de gemelas vampíricas en mente, ya que se había topado con una revista de Playboy que tenía como atractivo principal una sesión fotográfica con las gemelas Collinson.

Si la adherencia de las gemelas Collinson fue en parte por su apariencia física, se nota. En Gemelas del mal estas son ataviadas como el tradicionalismo Hammer: con corsés apretados y vestimentas que las hacen sentir notorias a comparación de sirvientes o pueblerinos sin gracia… y básicamente es todo lo que tienen en su favor. Las gemelas Collinson no eran precisamente actrices, sino modelos, y su andar es encantador con rostros de fascinación e inocencia hasta que se despliega la separación emocional de estos personajes con uno que cede al mal mientras que otro se mantiene en un tono virginal, pero la capacidad interpretativa de las dos mujeres es muy torpe, sobre todo la que va por el rumbo prohibido.

Esta torpeza no es entera limitante del filme porque a pesar de esto -y del confuso cameo de Mircalla Karnstein que sólo se limita a revivir y nada más- hay una especie de presentación aberrante sobre los lados del bien y del mal. Por el lado del mal tenemos al Conde Karnstein (Damien Thomas) quien al tener una noche pasional prohibida al cuadrado -tratándose de a) una vampira y b) su pariente de ultratumba- adquiere poderes sobrenaturales de los colmilludos. Karnstein hace esto porque en su pueblo local se siente tedioso de la moralidad cristiana infligida a punta de muerte por los fervientes que dominan toda área del espacio, pero su deleznable comportamiento se hace evidente al, lejos de intentar solucionar esto, busca tener contacto satánico para ser eterno, elegante, y dañar a seres a los que no les tiene empatía alguna, básicamente lo que hace en vida sin ser ajeno a la condición de envejecer.

Si el lado del villano está jodido, el lado de los supuestos bueno es peor. Gustav Well es uno de los personajes más grotescos de la filmografía de Peter Cushing: un cazador de brujas en busca del perdón divino debido al salto de la humanidad hacia los lares de lo impulcro, pero este supuesto hombre que busca la sanación del espacio corrupto es uno de evidente misoginia, capturando a mujeres que buscan condiciones libertinas o simple pasantes por lugares en donde se cometen crímenes, y las deja víctimas del fuego recalcitrante de la hoguera.

Es un hombre homólogo al Conde porque igual que se sacia con el dolor estas víctimas en su cruzada para vincular el espacio a una sola visión. Esto sería igual de perfecto durante el transcurso del filme de no ser de que para el acto final obtiene una especie de redención, errando el el martirio de una de sus sobrinas -que siempre odió.- y el cual de pronto adquiere un andar justiciero en contra de su enemigo, omitiendo que por la mayor parte del filme asesinó a más personas que el supuesto príncipe vampiro.

Lo increíble del personaje, es que la película le construye un aspecto glorioso y penetrante, en parte por las afinidades de Cushing quien regresaba a filmar tras la muerte de su esposa, aquí capturado en un andar fúrico… y también porque posee uno de los mejores temas musicales del estudio, compuesto por Harry Robertson:

Gemelas del mal es una película entretenida de Hammer  que también va dentro de su condición perceptual de la época. Es explotativa, sensual, violenta, y todo lo que hacía a esta casa productora un éxito entre las juventudes de su país. Tropieza en algunos elementos dentro de su argumento pero también es que sus actuaciones de veteranos, encima de un diseño de producción habitual del estudio -que reutilizaba a morir los espacios- pero con una propuesta de cámara y montaje de parte de Dick Bush y Spencer Reeve la hacen dinámic, con zooms sacados de un spaguetti western y contraposición de escenas que efectúan un contexto irónico en el personaje de Cushing.

Es otra de esas películas Hammer, pero a veces eso no es algo tan malo si lleva los estándares del estudio al cual uno puede revisar de vez en cuando.

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