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viernes, diciembre 3, 2021

31 Días de Halloween: Wolfen (1981).

En 1981 el director de Woodstock- entró a la carrera por tener una película de hombres lobos… siendo el perdedor a tal grado de no volver a filmar.

1981 es el año del hombre lobo por excelencia, porque los fanáticos del género del horror recuerda con cariño la carrera polularidad post-estreno de dos películas, de parte de dos cineastas provenientes de la misma escuela de hacer cine, y de dos genios del maquillaje y efectos especiales. Por un lado está  El Aullido de Joe Dante, adaptación de la novela escrita por Gary Brandner de 1977 y con efectos especiales de parte de Rob Bottin, y por el otro -con 5 meses de diferencia de estreno- está Un hombre lobo americano en Londres de John Landis, de un guión completamente original de parte del director y con efectos especiales de parte de Rick Baker.

Énfasis en la situación post-estreno de las dos películas, porque El aullido y Un hombre lobo americano en Londres no contaron con mucha fanfarria como la que tienen ahora de ser de las mejores películas dentro del subgénero de dicho monstruo con la crítica especializada confundida en por qué estas películas tenían atisbos cómicos remarcados que no parecían encontrar la balanza adecuada, aunque pues por el lado de la de Landis, esta obtendría un mérito histórico por ser el primer premio de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas en la categoría formalizada de mejor maquillaje para Baker (y también la curiosidad de ser el primero de estos monstruos en ser cuadrúpedo).

Estas son las dos películas que la gente recuerda del año, más no son las únicas. Está El regreso del hombre lobo del consumado autor de serie B -escritor, director y hasta actor- Paul Naschy con un hombre lobo peludo clásico, apariciones de este en El club de los monstruos y La venganza de los Munsters… y muy por debajo de esta popularidad basada en contenidos malos, estaría el otro rumbo del fracaso: el olvido total.

Wolfen era una producción de Orion Pictures que tenía todas las de ganar, incluso más allá que las dos películas ícono. Se trataba de una adaptación de la novela de Whitley Strieber -el mismo sujeto que escribió Comunión– escrita en 1978, mismas fechas que la aparición literaria de El aullido por lo que fue una competencia de estudio y posible espionaje corporativo (algo habitual cuando uno lee de producciones similares). La gran ventaja, era que Orion Pictures había contratado para la dirección del filme a Michael Wadleigh. Ahora, Michael Wadleigh ya tenía más de una década de no dirigir de manera formal, pero su última película había sido el imponente Woodstock () con el que ganó el premio de la Academia dentro de dicha categoría.

Wadleigh había pasado el tiempo de inactividad tratando de escribir una película que consideraba su magnum opus titulada Amor y Paz, que trataba sobre la revolución americana. En 1975 se acercó a Mike Medavoy quien trabajaba en ese entonces para United Artists y aceptó el proyecto de sueño de Wadleigh con la idea de filmar dos películas de 4 horas de duración individualmente, pero los 6 MDD de dólares que se pedían del proyecto eran algo que resultaba imposible de obtener (irónicamente United Artists sí conseguiría el dinero para un filme de revisión americana de extensa duración para Michael Cimino quien mató al estudio con Heaven’s Gate). Medavoy abandonaría United Artists para tomar la dirección de Orion Pictures y volvió a contactar a Wadleigh para darle carta blanca dentro del proyecto.

Wadleigh entonces eligiría Wolfen.

Wadleigh se acercó al proyecto pero no precisamente por estar interesado en la novela  de Strieber. La novela original es un material de horror que adaptado de forma fiel, tendría un sentido barato, con los monstruos siendo una mezcla de humano y lobo que vive a nivel subterraneo en las calles de Nueva York. Para Wadleigh esta era una oportunidad de acercar a las audiencias con problemáticas que él había estado viendo a lo largo de la década y que generaron una espece de conciencia social que, con el manejo del horror podría llegar a más mentes.

Precisamente esta es una de varias bondades que uno puede encontrar en Wolfen, porque Wadleigh desecha el origen de los monstruos para darles un sentido más arraigado en las costumbres y condiciones de los nativos americanos, una etnia que en estos tiempos y en los del filme se encontraban aislados, inexistentes dentro del habitual forma de vida americana, dependientes de sus cada vez menos comunidades y víctimas de un rechazo racial. Los nativos forman parte de este desecho capital que corporaciones y gobiernos reunen junto a inmigrantes y espacios de barrios bajos que, dentro de toda su sabiduría deciden que la mejor forma de combatir dichas problemáticas de crimen y pobreza es eliminar los espacios de raiz.

Wolfen aprovecha estas condiciones que han pasado en la vida real para tener escenarios impactantes, repletos de inmundicia y una tristeza latente en toda la película, porque al final de cuentas estos pocos hombres lobos sólo son víctimas de un juego vengativo del que forman parte: la única oportunidad para darse a notar y reprimir al hombre blanco que los exprime de su valía.

No sería la única decisión que Wadleigh adscribiría en el filme que resultaría más que controversial, veneno de audiencias tradicionales. Prefirió que lejos de darle un aspecto monstruoso a los wolfen -término real que se le asociaba a los nativos por parte de los holandeses- estos serían representados por lobos de verdad, situación quizás más complicada de filmar que si contaran con maquillaje y robots, puesto que la impredecibilidad del lobo siempre causa una constancia de peligro entre los protagonistas.

El único efecto especial que dotaría al filme sería de parte de la cámara que simula el punto de vista de los lobos, quienes ven con unos filtros fantasmagóricos que dan una percepción luminaria a los espacios de Nueva York, y quienes parecen ver cosas como el calor y los olores presentes en el ambiente.

El mayor golpe que Wadleigh le daría a su filme, sería el desprenderse de Dustin Hoffmann en el protagónico de Dewey Wilson y decidirse por Albert FinneyFinney no era precisamente popular entre las audiencias, ni mucho menos una figura remarcada por una apariencia atractiva para poder venderla en el marketing… y es extraño al principio ver a un sujeto de apariencia descuidada y corpulento a comparación de un tipo elegante y de físico envidiable, pero esto sin duda le otorga una verosimilitud al filme, con un detective cercano a la realidad y quien no es un mal tipo, todo lo contrario. En medio de fumar puros constantemente y de comer comida chatarra -actuar nada saludable pero que parece hacer para olvidar a veces la visceralidad de su trabajo- es uno que se preocupa por sus compañeros y amigos dentro del caso, y genera una relación sentimental con Rebbeca Neff (Diane Venora), otra oficial con especialidad interrogatoria que es audaz y jamás es vista como una víctima en desgracia.

De hecho la modalidad de investigación de Dewey ocupa la mayor parte del tiempo, y Wolfen es una película en donde verdaderamente nos preocupamos por los humanos, los cuales no vemos como bolsas de carne a la espera de ser devorados; son gente de una condición compenetrable y quienes verdaderamente duelen al perderse en este rumbo asesino el cual, también es complejo como para definirlo como aberrante.

Hay constante problemas dentro de Wolfen que tienen una explicación. Los epónimos personajes aparecen y atacan a través de su POV pero a la vez dejan carcinerías ni lo suficientemente notorias -mucho menos logradas con sus efectos especiales- así como desentonantes de la condición crítica que se trata de dar, y estos aparecen por muy, muy, muy poco tiempo. Todo esto no es culpa de Wadleigh, porque su intención era la de crear una película de 3 horas que el estudio no permitió, es más, esto le costó su puesto.

Orion al ver la aberración que se hacía con su dinero pausó a Wadleigh de su puesto por 21 días por lo que este contraatacó con una demanda por los derechos y control creativo del proyecto -hasta ese entonces la disputa legal más extensa de una película en Hollywood– la cual culminaría con Orion pagándole a Wadleigh $20, 000 dólares de compensación y retirándolo del proyecto a partir de Diciembre de 1980 para que el resto de la película fuese supervisada por John D. Hancock, quien filmó los encuentros con lobos y secuencias de ataques primordialmente.

Fue incluso tan complicada esta producción, que el score original de Craig Stafan era dejado de lado por la inconexión de las escenas que habían eliminado de forma asesina, contratando a James Horner para terminar composiciones a tiempo record de 12 días, en donde terminó agregando temas que posteriormente desarrollaría con más éxito como en Star Trek II: La Ira de Khan (Nicholas Meyer, 1982) y Aliens (James Cameron, 1986).

La justificación dentro de los juzgados era de que de Wolfen era un proyecto que se salía de control con el tiempo detrás de este, con 11.3 MDD de presupuesto original rebasados por 17.3 MDD. Para compensar los gastos del filme, Wolfen se promocionó como otra película de horror, lo cual, no le ayudaba a comparación con las otras películas de ese entonces. y por ende, fue un enorme fracaso de taquilla.
Viéndolo a 40 años, es triste ver su caso; Wolfen es una película de ideas audaces y un desarrollo extenso de sus personajes que dentro de los traspies de una problemática producción se quedó como una película confusa para las audiencias, y no como lo que pudo ser: una obra reivindicativa dentro del género del horror, y particularmente dentro del trágico hombre lobo, quien ahora se sentía más cercano que nunca.

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