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miércoles, julio 24, 2024

31 días de Halloween: X, el hombre con ojos de rayos X (1963).

Roger Corman toma una premisa de lo más ridícula y logra filmar una de las agonías existenciales más notorias del cine de horror.

La llegada de los años sesentas para Roger Corman involucraron su etapa más notoria. No se le podría decir fructífera puesto que Corman desde sus inicios fue una máquina de producir películas instantáneas y mundanas que le daban renumeración, pero críticos e historiadores -y fanáticos- están de acuerdo en que el Corman de esa década resulta ser el más proactivo y que además de ofrecer vislumbres de películas baratas, ofrecía un punto autoral o de condición crítica en sus películas.

Es bien conocida su etapa de adaptar el gótico a las producciones norteamericanas en donde le dio respiros a las carreras de viejas leyendas del horror como Boris Karloff, Peter Lorre y Vincent Price por decir algunos, pero fuera de este ciclo de adaptaciones de la obra de Poe sobresalen sus proyectos más atrevidos como La tiendita de los horrores (1960) que construye un horror dentro del penny dreadful y el guignol con una comunidad judeo americana, El intruso (1962) con William Shatner en donde el protagonista es un agente de caos extremista para levantar una denuncia sobre la segregación racial muy ajena a las convenciones hollywoodenses de aquel tiempo… y una en lo particular que resalta dentro de su capacidad en procesar algo inmundo y salir airado con toques de profundidad temática.

Recuerdo la primera vez que vi X: el hombre con los ojos de rayos X; fue en la infancia y si mis recuerdos no me traicionan fue un domingo por la mañana. En realidad no fue completa porque mi llegada a la película fue en la secuencia de la persecución por la carretera, es decir… los quince últimos minutos de la película. Pero había algo hipnótico dentro de esta persecución por el desierto y por la mirada desconcertante y dolorosa de Ray Milland y sus enfermos ojos, que se vuelve peor hacia el final.

No lo voy a describir porque merece ser de esas cosas experimentadas por cada uno, pero lo que sí puedo decir es que es una reverenda brutalidad que se me quedó marcada a esa edad, fue de esas profundas películas que perturban la inocencia y que tardan en volver a pasar en nuestras vidas, pero afortunadamente cuando volví a X: El hombre con los ojos de rayos X ahora de forma completa me encontré con fácilmente una de las películas que pueden entrar dentro de las mejores realizadas por Corman.

Indepentendiente de lo que diga Corman sobre la génesis de X, lo cierto es que es un guión y trama muy dentro de los confines temáticos de Ray Russell, el guionista original y acreditado del filme. Russell que era un escritor de horror y pulp que pasaría a formar de las filas de guionistas en las producciones de William Castle y de AIP -la productora en donde trabajaba Corman, de hecho fue constante en sus revisiones de los góticos del director- contempló a X como un relato clásico dentro de la conciencia del atómico paranoico de los años cincuentas, con doctores y científicos explorando los límites del cuerpo humano sin muchas razones más allá de las de la rebelión biológica humana, aunque con una aspiración mucho más fascinante. El Doctor Xavier (Ray Milland) busca poder obtener el alcance de mirar más allá del espectro de colores humanamente posible porque es un hombre, que sabe que está destinado a la pérdida de sus ojos en algún punto de su naturaleza y descomposición avejentada; es un hombre pasado de su tiempo que quiere más allá de las aspiraciones de alcanzar la juventud eterna, poder hacer algo con su tiempo límite.

X va de forma muy rápida, en gran parte por la modalidad de trabajo Corman pero resulta efectiva porque este apuro del que tiene que salir airada también hace algo muy peculiar sobre el razonamiento de su personaje, quien se mueve por todo tipo de espectro de reacciones sobre lo que podría obtener con sus poderes. Hay que recordar que esta película se produjo durante la etapa de la AIP en producir películas de playa, películas de un condicionante erótico totalmente recargado a un compromiso conservador para audiencias en donde ver fiestas en la playa con chicas en traje de baño era suficiente material para desfogue sexual. Por un momento X parece aludir a estos intereses tomando en cuenta que el protagonista de pronto puede ver detrás de la ropa en una escena picarezca, pero que no basta para Xavier.

Pasa de una situación picosita a genuino interés por salvar vidas, y en todas las ocasiones en donde comienza a cambiar de planes, algo sobresale. Si bien el actuar de Xavier es variado, las motivaciones detrás de su curiosidad siempre destacan por ser desnudas: de que algo ha logrado vislumbrar dentro de un ego de superioridad frente a sus similares y de cómo intenta desplazarlos en insignificantes frente a sus capacidades, pero las cuales no están sujetas a un control y terminan deformándose más y más.

Es una formalidad casi anárquica dominada por su duración en pantalla que curiosamente no se siente presionada e inconsecuente. En este aspecto parece que X debe mucho de su fascinante horror existencial a Richard Matheson, considerando que toma de inspiración en la adaptación de El increíble hombre menguante (1957) de Jack Arnold, de cómo esta condición lo va limitando de la interacción humana y a vista de los demás es un monstruo o una curiosidad, hasta que su encuentro con la nada augura una revelación dentro del origen del universo pesimista.

X: el hombre con los ojos de rayos X se toma en serio, y aún con ello no deja de ser entretenida y encantadora bajo su perfil barato. La forma en la que idean los poderes de Xavier son bastante psicodélicos, con colores chirriantes y de kaleidoscopio sea con las luces neón, esqueletos baratos y hasta un poco de gore (de todo y para todos). Pero es mucho en la función de los protagonistas que resulta más convincente y trágico. Ray Milland ya iba de salida dentro del perfil de Hollywood pero aquí hace un papel convincente como un hombre presumido que jamás acepta su error, tratando de solventar esta dinámica presentándose como una especie de mesías al que medio se regocija de la ignorancia en donde se establece (quizás en el mejor acto del filme, que es en el circo).

De cómo se siente inmenso Milland sin siquiera tener una expresión de sus ojos los cuales casi siempre vemos o con vendas o con unos lentes incómodos es nada lejos de sorprendente. El resto del elenco también es notorio: Dick Miller como el siempre fiel secuaz de Corman hace una aparición corta y entretenida como víctima de las lecturas de Xavier, o Diana Van der Vlis como Diane Fairfax, que lejos de ser el interés romántico de Xavier es una perspectiva de la ciencia moderada en la ejecución de su compañero, pero que le termina teniendo lástima en sus aspiraciones de poder, y con la primera aparición de Don Rickles como un sujeto de carnaval aprovechado y que ve el potencial monetario y de poder de lo que Xavier tiene sin tener en cuenta exactamente su origen: de cómo en voces más ignorantes este puede tratarse de un nuevo mesías mientras le saque provecho.

Más inteligente de lo que aparenta su mundana y barata apariencia, X: el hombre con los ojos de rayos X resulta ser un encantador viaje dentro de un horror reflexivo, que además es un artilugio de una época medio olvidada bajo las restricciones de modulación en Estados Unidos: de cómo una película así podría volverse no sólo una competente dentro de su renumeración -engañosa eso sí- sino también como postularse como una de las mejores películas del género en 1963 y que a la fecha, sigue manteniendo frescura y horror al tratar sobre dos incomodidades en el humano: las aspiraciones a algo más allá de nuestra naturaleza, y una infección de ojos incurable.

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