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sábado, mayo 18, 2024

CRÍTICA: Beau tiene miedo (2023).

Beau tiene miedo es un espectáculo ególatra de pura crueldad que constringe a sus audiencias con agresividad y duración que cuando funciona deja entrever una comedia negra poco usual en los estándares norteamericanos populares.

Al término de Beau tiene miedo, estoy casi seguro de haber sentido una completa desconexión, por no decir ruptura de corazón y espectativas en la mayoría de la audiencia presente. Desde incluso antes del estreno Ari Aster arremetió con la idea de que su más reciente película tendría una duración de aproximadamente 4 horas que no estaba dispuestas a recortar, para terminar en el estándar más “extremo” de duración tradicional americano con 3 horas en donde de nuevo, las expectativas no le juegan a su favor.

Entre que Joaquin Phoenix protagoniza una película, el que Ari Aster tenga este perfil popular como una de las figuras claves dentro del horror moderno al lado de otros como Jordan Peele, Robert Eggers y Jennifer Kent gracias a películas como Hereditario (2018)y Midsommar (2019) a pesar de que el propio Aster encuentra recalcitrante dicha categorización –tan sólo hay que ver su rechazo a la hora de querer hablar sobre cine de horror en su visita a la tienda de Kombini– y quizás la más notoria, que esta película protagonizada por Phoenix y dirigida por Aster es producida por A24, empresa norteamericana de producción cinematográfica que en los últimos años ha comenzado a ganar relevancia y fanatismo por ser una que para muchos, sobresale de los intereses mecánicos actuales de Hollywood con variapintas propuestas cinematográficas… pero que si somos honestos su defensa como estudio de cine por parte de sus seguidores tiene la misma efusividad y fanatismo simbólico al de cualquier otro seguidor empeñado de Marvel o Disney.

Y toda esto se percibe, porque por lo menos en su semana de estreno incluso a pesar de tener horarios complicados Beau tiene miedo poseía la particularidad de tener salas relativamente llenas entre personas con sentimientos encontrados, y es cierto eso, es la película más compleja de la tierna filmografía de su director: extravagante, complicada, y a veces fallida en sus aspiraciones que yo sugeriría no expresar como un fracaso total, sino más bien una locura atiborrada sin los límites de la cooperativa habitual del cine, un sujeto que en modo autoral apunta a las estrellas para presentar una extravagancia que nos remonta a la idea cíclica del cine como industria, puesto que otros héroes y figuras clave del cine de Aster y compañía como lo fueran Coppola, Friedkin, Altman, De Palma, Scorsese, Bodganovich y Spielberg, quienes al haber ganado popularidad entre audiencias y estudios en la oleada de los setentas se embarcarían en odiseas del ego exageradas que casi arruinan su carrera (y en el caso de Cimino matar un completo estudio explotando caballos con dinamita).

En pocas palabras: Beau tiene miedo es ambiciosa y fracaso en partes iguales que uno no puede dejar de admirar en sus pretensiones.

La primera hora de Beau tiene miedo es absolutamente la más efectiva, porque en esta primera hora conocemos a Beau (Joaquin Phoenix) como absoluto parangón de lo patético; un hombre de mediana edad descuidado en su apariencia física y que tras un fracaso de psicoanalizar un sueño en la consulta que tiene frente a su psicoterapeuta, Beau decide regresar al hogar. De inmediato Aster y su equipo construyen una especie de paisaje Boschoniano o lo que parece ser una hoja de Dónde está Wally dibujado por un artista de MAD en donde los constantes ataques de personajes secundarios que tienen vida directa a pesar de no contar con protagonismo demandan atención, y en donde si llegan a encontrarse directamente con Beau, las posibilidades de que esto termine en una carnicería son altamente probables.

Beau al ser protagonista se vuelve un ávatar de nuestro sentir, y fácilmente podemos sentir una inconformidad dentro del escenario: un críptico escenario de absoluta violencia y horror del que queremos huir al igual que el protagonista, pero que incluso dentro de la aparente salvación del hogar no logra contrarrestar el ataque constante de gritos y muerte del espacio en algo ya tradicional de parte de Aster y su imperativa de formular películas en donde el diseño sonoro es algo que incomoda como objetivo principal.

Y es en estos flashes de carnicería y miedo en donde además de confirmar o no la paranoia y sentir de Beau como parte de un ataque de pánico en donde la película nos  revela la carta primordial de género: sí, es horror y es una mierda de mundo, pero existe un razonamiento de comedia negra explícita en este sufrir de Beau.

Beau a quien Phoenix dota de una personalidad extremadamente tímida, de un antar doloroso y de una encorvatura insana termina por volverse un personaje inactivo, un imán de sufrimiento en la aplicada Ley de Murphy que está diseñado al parecer para quedar cada vez en aspectos más degradantes, y curiosamente Beau tiene miedo terminar revelándonos en cara que por default vamos a sentir insatisfacción de no verlo establecerse como un héroe,que enfrente a su dragón personal y externo, que se vuelva un hombre libre de cualquier malestar y que encuentre el amor en extensiones cliché que se nos han presentado como base a explorar dentro del filme.

Y al no percibir respuesta en progreso y de ver constantemente fallas en la realidad como en la forma de actuar de los personajes que no hacen otra cosa más que la de confirmar el complejo de castración de Beau, la película termina adoptando como filosofía el schadenfreude, es decir que ganamos alegría de su sufrimiento, porque queremos verlo en qué punto termina siendo más y más decadente y de paso celebrar su fracaso. Esto no parece ser fortuito dentro de Beau tiene miedo porque Aster en reiteradas ocasiones termina haciendo juegos sobre la percepción metanarrativa de la película con personajes que voltean a la cámara entendiendo su posición en este juego, el uso de videograbaciones y el adelanto al futuro usando un control remoto, un entre acto teatral animado en donde se ofrecen cartas de destino a Beau para cambiar su vida fracasando totalmente en la oferta por sus inseguridades sexuales, y en un final que Aster parece sacar de Pink Floyd: The Wall (1982) de Alan Parker sólo que aplicando una inversa: lejos de procesar una ruptura del muro de un hombre que analiza sus propias fallas, Beau queda relegado como siempre para nuestro espectáculo del que directamente atiende como la partida que deberíamos hacer a nuestros hogares pero que el morbo de tratar de ver si algo ocurre nos deja pegados en la sala: el último esfuerzo de un caballo de circo viejo y gastado que finalmente cae al suelo tras infinitas vueltas en un circuito espectacular.

Es cierto que es un viaje extenso y en este terreno, Aster llega a fallar en lo que plantea en lo que ofrece el diálogo, que puede ser reiterativo en su posición de daño hacia Beau y que también al no tener un freno ofrece un abanico de retratos de humor que pasan desde el más atinado en sus bromas dentro del diseño de producción de Fiona Crombie -como la casa de Mona (Patti Lupone) que está confirmando el apego hacia su hijo como conejillo de indias y en una foto mal aplicada de un collage con las personas de su empresa que no aportan nada a la imagen en grupo, ella simplemente es más importante que todos estos miserables- y de sus actores secundarios que ofrecen vistazos del guignol más obsceno que no puedes dar crédito alguno, o que de plano evidencia una vulgaridad sacada de lo más básico de la comedias tipificadas de Adam Sandler.

Esto al final hace que el compromiso por el viaje de parte de Aster se pueda volver irregular y hasta en cierto sentido pesado, pero de manera también genuina es una película que no he dejado de pensar en la semana; codifico escenas e intenciones, encuentro humor y referencias que no capté y que probablemente en una tercera lectura pueda descubrir, y la frialdad de su final sigue siendo inquietante.

Beau tiene miedo es absolutamente un fracaso dentro de las convenciones tradicionales gringasy una bofetada para su estudio que ha apostado su producción más cara en un compromiso de capricho intelectual por Aster y su equipo, y es por lo tanto, una salvajada que pocas veces se tiene la fortuna de ver.

 

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