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sábado, julio 2, 2022

Crítica: Top Gun: Maverick (2022).

Top Gun: Maverick se presta a reflexionar de forma metanarrativa sobre la vejez de Tom cruise, a la par de ofrecer un espectáculo que es la envidia de la media dentro de Hollywood.

Top Gun (Tony Scott, 1986) es de esas cosas bastante peculiares dentro de la iconografía norteamericana de los ochentas; no es exactamente un parte aguas dentro de la taquilla norteamericana, de hecho es bastante lo contrario: con 180 millones de dólares durante su año de estreno es un número superior a la de otras películas de su mismo año en competencia pero menor a los registrados desde el año pasado -con Volver al futuro de Zemeckis encabezando al menos 200MDD- y nada cercano a las ensoñadas odiseas dentro de la consagración a la Spielberg del cine en 1982.

Y a pesar de esto Top Gun obtendría el doble de ingresos dentro de su corrida internacional y por sobre todas las cosas, fue una película que durante su proyección casera a través del formato del vhs o laserdisc se volvió infaltable en los hogares de Estados Unidos y es que ¿Por qué no habría de serlo? porque Top Gun goza de un simplismo argumental orquestado bajo un perfil un tanto maniqueísta y de propaganda que no oculta ni intenta disimular, tratándose de una de las primeras películas en obtener apoyo militar del país para mostrar la optimización de su armamento, de que tienen no sólamente a los tipos más guapos y fornidos, también los más preparados. Es un panfleto tan cercano a las intenciones de Leni Riefenstahl en su Triunfo de la voluntad (1935)… con todo y la capacidad expresiva de la imagen en movimiento registrada a través de la impecable dirección de Tony Scott y de la cámara de Jeffrey L. Kimball, quienes aderezan cada atardecer y cada gota de sudor de un sentido pop en donde se muestra de una forma más belló que la vida real, de calor y luces por demás chirriantes.

Ellos entendieron el impacto de la latente generación MTV y tomando como experiencia la de Tony Scott dentro del mundo del comercial de perfumes y autos, ampliaron esa imagen elegante en francamente una película bastante entretenida a la que también se le puede sumar una inintencionada lectura homoerótica al tratar de ser la máxima representación de la fantasía puberta cultivada dentro de la percepción  heteronormativa a tanto porcentaje, que termina siendo lo opuesto.

Más cerca de Derek Jarman que de John McTiernan para sorpresa de nuestros padres.

Top Gun llegaría a influenciar muchos elementos de los que ni siquiera tomamos en cuenta: desde la moda con sus lentes Ray Ban montados en nuestras bicicletas a falta del presupuesto apto para una Kawasaki Ninja, una senda de ripp offs que hasta esta década todavía salen de vez en cuando (aunque claro, sin esa afinidad dentro del postulado de Scott), hasta en los videojuegos en donde alimentaron mucho la condición de libertad de vuelo y combate que una película jamás consideró explotar en una franquicia a la par de personajes como Luke Skywalker o Marty McFly.

Entonces ¿Se necesitaba una secuela? Ciertamente no y más en la condición trágica de que en esta pre producción alimentada por la nostalgia -y desesperación de Paramount de tener una franquicia que pueda competir dentro del terreno de lo devorado por los superhéroes- Tony Scott… aquel que fungió como la pieza angular de que Top Gun no fuese considerada algo enteramente maligno, perdiese la vida.

Esto parece destinado a la falla, pero ahora Top Gun: Maverick se vuelve una especie de capricho para aquellos que persisten dentro de sus alas, y sobre todo de parte de Tom Cruise, quien naciera como una estrella competente durante 1986 y que ahora encuentra perfecto el momento de retomar a su personaje no sólamente para atender los intereses de un estudio -amén de si estos vayan a ser los apropiados- sino para dentro de su nivel de control de sus producciones, darse espacio a reflexionar sobre su propia existencia e inevitable deterioro como un simple mortal.

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Esta nueva Top Gun tiene una buena jugada de cartas en la mano: Jerry Bruckheimer regresa a producir -sin duda alguna un sujeto que registró formalidades audiovisuales de Scott como parte de su herencia- además de dos sujetos que  en Tom Cruise han encontrado tanto el éxito de taquilla como la libertad creativa posible frente a sus ideas, tan retadoras en la formalidad tradicional de otros estudios pero para el actor, combustible de su ego inacabable; el primero es Christopher McQuarrie, quien tiene afinidad de guionista pero que ha trabajado en el último eslabón de la franquicia de Misión imposible, franquicia que normalmente encontraba una identidad autoral entre cada entrega y que con McQuarrie se postula a ser una trama multi capitular. El segundo es Joseph Kosinski, quien fuera celebrado por la producción de Tron: el legado hace ya más de 10 años atrás (una película debatiblemente igual de influyente que la de Cruise y su F-14). Es de hecho en Tron: el legado en donde podemos percibir las aspiraciones de esta nueva Top  Gun: Maverick, es decir: una película postulada como secuela pero también introductoria a esta condición del reboot suave.

Val Kilmer está en Top Gun: Maverick por este motivo

Top Gun: Maverick posee una aproximación bastante complicada. En primera se reluce una película que abandona las principales fortalezas de su anterior entrega, y es que esta nueva Top Gun no busca tener una apariencia chirriante de altos contrastes, ni un soundtrack repleto de canciones que se impregnan en el cerebro para siempre, más bien apunta a un apartado visual y sonoro bastante genérico. Un podría poner cualquier escena de esta nueva Top Gun y encontrarla tan simil a la estructuración de la imagen y sonido de los nuevos tiempos.

Este aspecto resulta muy importante, porque la condición evocativa de la primera hacía que se tomara no muy en serio la nula complejidad de sus personajes generando un entorno irreal en donde esta simpleza se podía tomar y afectarnos conforme la película pasaba. Aquí, al desprenderse de este artilugio de aderezo hace que lo presente en los personajes y sus complejidades argumentales puedan sentirse más cercanos a una parodia… literal vemos a Maverick (Tom Cruise) presentarse como un un sujeto que vive en aviones, lee de aviones, come aviones y defeca aviones.

También es que Top Gun: Maverick se preste a este reciente debate de la esterilización de la imagen en el cine. No es que el romance de la primera se sintiera real pero de nuevo el acondicionamiento de sus fortalezas hacía que fuese una construcción de un videclip musical inspirador… y aquí la relación de Maverick y Penny (Jennifer Connely) adolece seriamente de ser uno tan áspero y sugerente, con una escena de sexo tan virginal que parece un baile de graduación o de quince años.

Top Gun: 2: Jennifer Connelly y su escena de sexo con Tom Cruise

Es una reflexión importante, el considerar el por qué esta nueva Top Gun se desprendería de estos elementos, y es que estas decisiones se pueden leer encima de la estandarización de la imagen y sonido en el terreno Hollywoodense, como un afianzamiento de otros elementos de fortaleza que Cruise y compañía presentan en dos horas de absoluto goce.

La verosimilitud en la acción es algo por lo que ya se le conoce al actor y presente aquí en Top Gun: Maverick se encuentran momentos de verdadero asombro, con los actores volando jets reales y con la cámara registrando sus rostros que evocan desde el control de sus emociones -simulando ser unos expertos en el campo- hasta completo dolor. Precisamente el momento más definitivo dentro de Top Gun: Maverick es ver al protagonista -construido bajo los arquetipos tradicionales de algo como un anime- demostrar que es el mejor, y eso significa ver a Tom Cruise manejando por un cañón a alta velocidad recreando el paso de La estrella de la muerte de Star Wars (George Lucas, 1977) y, frente a todo pronóstico verlo deformar su rostro.

Esto es especial porque es de alguna forma desmontar este elemento que los actores de nueva escuela plantean en sus escenas de acción: La roca no puede recibir un golpe, ni Vin Diesel puede perder en sus películas, es una elevación de un ego a tal estima que daña la creación de sus personajes, y ahí tienes a Tom Cruise -ciertamente un ególatra- revelándose como un actor circense, un Buster Keaton moderno que no deja de sorprender.

Y esto dentro de la caracterización del filme termina funcionando, porque Top Gun: Maverick se presta para un momento oportuno de Tom Cruise de reflexionar sobre su modalidad y el paso del tiempo presente. Del cómo tanto él y su personaje se dan cuenta de la falta de eternidad para poder pelear en un cada vez más dañino sistema fílmico, uno que no busca entender las pasiones de los creadores de antaño y ofreciendo productos de manufactura acomodada. Es también exponer a Tom Cruise y a Maverick en momentos de oportuno y duro sentido de la realidad, sobre todo con un cameo tanto simbólico como sentimental, de Iceman (Val Kilmer), quien fuera el némesis/amante de Maverick adquiriendo la enfermedad de Kilmer en la vida real, y presentándose de manera evocativa como una despedida del personaje y del actor en la pantalla grande, apoyado por su amigo.

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Cuando dicen que las películas ya no son como antes, es cierto. Los públicos cambian y las historias y complejidades también. Top Gun: Maverick es un verdadero último vaquero dentro de una estructura de estreno tras estreno similar el uno al otro, y no busca reestructurar la rueda de la industria, simplemente con su último aliento reforzar que verdaderamente estamos frente al mejor de todos.

Ya quisieran miles de películas que comparten argumento soso y capitular tener la entrega y compromiso de ver pilotos en tiempo real hacer acrobacias del mundo real y volverse la envidia de esos adultos formados para ver la segunda entrega de algo que significó su niñez… y en cierta forma verse reflejados a través de ese deformado ser de la cabina de piloto, de ser vigorosos y de un momento sin preocupaciones, de volver a ser jóvenes y recordar el primer amor o de la ida con los padres.

Esa es la magia del cine, eso es Top Gun: Maverick. El sinónimo de un grato momento digno de verse en la pantalla más grande que uno pueda encontrar.

 

 



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