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sábado, mayo 18, 2024

El hombre de nieve (1982).

Mágico, atmosférico, influyente… cruel. Estos adjetivos quedan perfectos para un clásico de la temporada, que al verse de adulto la sensación de nostalgia no deja de adolecer.

Para mí, los especiales de navidad de la televisión eran tan infaltables año con año dentro de la casa de mis papás cuando era niño, una especie de ritual complementario a las horas dedicadas a envolver regalos o de estar en la cocina pelando papitas para el cazo de bacalao con la receta secreta de parte de mi abuelo. Eran necesarios porque te hacían pasable el hecho de estar sentado haciendo actividades que de otra forma los adultos se encargaban, un acompañamiento que, ahora me cuesta trabajo no pensar con la misma calidez del hogar, con las luces del árbol y con la frecuente presión de mis papás en tener todo perfecto que se notaba en sus rostros y de vez en cuando uno que otro regaño por distraerte para pasar a un desfogue una vez realizada la cena navideña.

Lo interesante es que los especiales navideños seguían acompañándote una vez que dejabas de ser “esclavo” de las tareas de temporada. Jugando con tus familiares, o estando sentados comiendo, la televisión sigue emitiendo transmisiones; la televisión puede ser la “caja idiota” y vaya que pruebas no le han faltado, pero también ese estímulo de acompañamiento de la televisión es un secreto a voces del que no solemos destacarle. Entre bombardeos de mensajes de consumo y de una programación que fácilmente es para capturar la retención de niños e interesados, la dependencia y circunstancias de muchos la han vuelto un integrante más de la familia… a veces incluso el único en casos más comunes de lo que podría parecer.

Es la tele, con su estática o programas más aburridos los que hacían dormir a los niños, quienes reposaban frente al confort de la luz que rodea el cuarto, para de vez en cuando tener la atención de un adulto quien te cobijara para seguir en la fiesta.

Especiales hay muchos y todos tendrán sus favoritos e infaltables a la hora de establecerse en estas actividades siendo adulto o incluso traspasando esta relación de la imagen en movimiento distractora en su progenie… pero creo que ninguno me ha dejado tan en seco como lo fuera una tarde de pelar papas con los dedos hechos en pasa y los ojos vidriosos, causados por El hombre de nieve, y no me es difícil entender por qué.

El hombre de nieve estrenado el 26 de Diciembre de 1982 era un pedazo de animación por la que nadie daba crédito, pero formado por un equipo de trabajo revelado en la dedicación y atención al relato original de Raymond Briggs (quien desgraciadamente falleció este año por neumonía en completo abandono). El equipo conformado por animadores de la TVC de Londres y dirigido por Dianne Jackson -en uno de los pocos casos que puedo recordar de una mujer dirigiendo un especial de televisión navideño- toman la expresión y suaves trazos de Briggs para adaptarlos de una forma fiel, siguiendo además una linea de patrones argumentales de comedia y acción que el libro de apenas 30 páginas expresa en sus viñetas y expandiendo ideas que resultan bastante interesantes poniéndolas en comparativa uno del otro.

Hay 3 secuencias que Jackson propuso para el corto y estos son momentos de experimentación para sus animadores bastante complicados si de nuevo, razonamos la falta de crédito y algo de experiencia de la TVC de por ese entonces (ellos ni creían ser los indicados para hacer un especial animado, esperando a que fueran suplidos por la BBC). Y la verdad son momentos en donde existe un frenesí kinético que jamás pierde el hilo del relato original, no se sienten descontextualizadas.

Pero quizás la decisión más atinada de Jackson y su equipo, es el no depender de diálogos. Con los años han surgido revisiones de El hombre de nieve que postulan un narrador, fuera a través del propio Briggs o más popularmente a través de David Bowie, lo cierto es que estas aproximaciones de prólogo y epílogo son curiosas, pero no necesarias, me atrevería a decir que de hecho entorpecen lo construído por Jackson porque lo que se logra construir a base de un silencio dentro de el mundo de El hombre de nieve es la guía emocional de parte del majestuoso score de Howard Blake, y quien captura ese sentimiento de inocencia.

Es ese sentimiento lo que termino añorando cada que vuelvo a ver El hombre de nieve ahora en mi edad adulta. Percibo la fascinación del niño por el tiempo en donde uno no tiene prioridades y que puede salir a jugar despreocupado, a tal grado de que este termina obsesionado con la idea de un amigo imaginario, no dejar de mirarlo y no nota las actividades de sus padres, quienes por el lado de su madre se muestra más abierta a la idea de su amigo y que incluso hornea un pastel en su honor que pasa desapercibido. Es esa captura de la esencia jovial la que desata una serie de aventuras divertidas de bromas entre el muñeco y el niño, y para el momento en donde podría surgir una despedida… es cuando El hombre de nieve expande su idea de magia revelado en su momento más popular y surreal, en donde incluso se ofrece un poco de la idea de los hombres de nieve como intérpretes de un poder proveniente de Padre Navidad en un cameo del personaje de Briggs.

Y es ese final el que nos deja desconsolados… me deja desconsolado, porque yo soy ese niño, quiero serlo. Aferrado a la idea de que la magia y la diversión existe, de que un amor que profeza por alguien puede repetirse al siguiente día, sólo para tener una revelación tan fría como el origen de su amigo. Tiempos modernos han repudiado el final de El hombre de nieve tanto en libro como en adaptación de tratarse de un palo seco directo al alma que bien podría tratarse de una broma del propio Briggs, pero lo cierto es que este hombre que se regodeaba de una mentalidad pesimista también es que veía a la muerte como un concepto del que uno es inescapable, y lejos de suavizar esta idea, Briggs en el relato es más cruel terminando con la idea del niño en una lápida imaginaria, en donde su felicidad se dinamita. Jackson en su adaptación no huye de esta condición pero presenta un guiño dentro de un objeto que me parece refuerza la idea construida por Briggs y la vuelve más hermosa.

Es cierto que nos vamos a ir de este mundo un día de estos, los últimos años nos han recordado sobre todo la fragilidad de la que somos parte y en donde nuestra exposición a la muerte -muy a pesar de ser un condicionante bastante esencial en la idealización cultural de nuestro país- no deja de doler… pero nuestro resguardo siempre serán en esas acciones, en esos momentos, y en esas risas. En esa magia que sólo nosotros podemos entender y en esos recuerdos que nos demuestran la absoluta realidad de que pese a todo, existimos.

El hombre de nieve me pegó de forma diferente cuando era niño al ahora. Si antes lloraba por la pérdida de la que no parecía entender del todo para desgracia de mis padres quienes ahora tenían que consolar a un niño enjugado en lágrimas, ahora mi experiencia me recalca esta fragilidad de la que formamos parte, y lejos de huirle en incertidumbre, la abrazo. No por nada también es que Navidad formaba parte de esta tradición de celebrar parte del fin del año y quizás del tiempo de cada uno, de disfrutar el momento, y mientras escribo esto es cierto que en esa infortunia de ser un pela papas o un corta papel con tijeras que no eran para zurdos, es que entre todas las cosas… fui feliz.

Felices 40 años El hombre de nieve, siempre serás mi favorito, siempre habrá una lágrima a tu servicio, siempre nos tendremos en el frío, en el viento que nos hace querer caminar sobre él.

 

 

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