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sábado, enero 22, 2022

CRÍTICA: Dune… o la odisea de adaptar novelas imposibles.

No todos los días llega una película como Dune: esto aplica en todos los sentidos, desde la proeza audiovisual que es, hasta la vagueza de drama presente.

Recuerdo muy bien la primera vez que leí Dune.

Era la temporada de verano del año 2000 y mi mamá seguía empedernida en esa costumbre de mandarnos a mí y a mi hermano a cursos de verano para evitar que estuviésemos en la casa sin nada qué hacer. Ese año nos mandó a las instalaciones del Centro del saber más cercanas a nuestra casa, con un gran número de “emocionantes” actividades que incluían deportes -de los que nunca hemos sido grandes representantes- además de manualidades de reciclaje y la introducción al mundo del internet. Nunca he sido muy social, así que lejos de encontrar diversión en estos días eternos, lo que hacía eran dos cosas para evitar el obligado contacto con los demás: me terminaba quemando la mano con silicón caliente cuando tocaba manualidades o -en una extraña habilidad que adquirí al ser hipocondriaco- presentaba síntomas de intoxicación estomacal arrumbado en los baños para niños. Estos trucos no funcionaron toda la temporada de vacaciones y los tutores simplemente ya no me ponían tanta atención, terminando por rezagarme en la envidiable biblioteca que tenían en el lugar en donde no tenía por qué platicar con alguien y mucho menos ir por un balón, pero sí a mi disposición un gran montón de libros que no tenía en casa: perfección por horas y horas.

En ese auto destierro, ahí lo vi: era una edición de pasta blanda de colores vino con portada y texto referente a la adaptación que David Lynch dirigió en 1984. Lo que me llamaba la atención era ver a una mujer calva en frente del asunto mirándote directamente al alma, y por ese entonces supuse que era un libro sobre Patrulla extraterrestre, serie de la que era muy fanático al lado de mi papá.

No recuerdo las manualidades que hice, ni cómo entrar a internet ni crear una página, ni las posiciones de juego que tuve como fracasado futbolista, pero sí recuerdo haberme enamorado de Dune al lado del lunch de mi mamá.

De niño, el llegar a Dune es una entrada fenomenal al mundo de la ciencia ficción. Ya para esa edad uno tiene imágenes preconcebidas de lo que el género representa gracias a las películas y novelas clásicas de la literatura que te acercan a amigos como Julio Verne y H. G. Wells… pero Dune va a miles de pasos adelante. No es ciencia ficción baratona, es ciencia ficción con elementos tan complejos y definidos que construyen un universo planteado hasta en el más mínimo detalle que se queda contigo; detalles como un traje que recicla tus desechos obligado para sobrevivir el infierno que representa el desierto de Arrakis carente de agua visible, o el simple sabor a canela que se impregna en la boca al entrar en contacto con la especia, que irónicamente es un compuesto generado a partir de los desechos de los auténticos reyes del planeta, los gusanos gigantes sin moral ni espacio para pensar en conflictos estelares.

También afecta a que al leerlo, te encuentres en la misma posición de edad que su protagonista Paul, al que vas desenmarañando en medio de unas intrigas que sobre todo, terminan por revelar un mensaje bastante complejo dentro de Dune: parece que estamos frente a la historia de un elegido bajo las virtudes pragmadas por Joseph Campbell, pero Dune termina advirtiendo sobre los peligros del fanatismo, de apostar todas condiciones humanas a un futuro insostenible, y sobre todo del impacto generado por el colonialismo que se adentra a un espacio que no le compete y que termina jodiendo el ecosistema y creencias de las minorías en apariencia. Y entre todos esos conflictos de peleas y políticas con intriga, se encuentra un libro definido en una prosa bellísima a la que terminas por adherir a tu día a día, por lo que no es extraño pensar que Dune se vuelve una especie de biblia para el que la necesite.

Dune es tan hermoso y complejo, que a la hora de adaptarla nunca se puede salir bien logrado. David Lynch terminaría tan desgraciado del proyecto que filmó que abandonaría las posibilidades de querer dirigir películas de índole comercial y de estudio en un camino que agradecemos, al mismo tiempo que agradecemos el hecho de que Alejandro Jodorowsky abandonara las pretensiones merólicas de adaptar Dune con un lujo de detalle ridículo imposible que más bien parecía como una especie de reto para crear un proyecto por demás imposible económicamente, un reflejo de la novela en sí.

Hay adaptaciones de Dune y demás novelas en formato televisivo, e incluso hay un lugar valioso de Dune dentro del mundo del videojuego al formar la base dentro del género de estrategia en tiempo real -del cual tengan por seguro que uno perdió años enteros en esta inmersidad de juegos- pero son por demás olvidados como meros elementos que palidecen en calidad o que envejecen a diferencia del sacrosanto texto.

Bueno, pues hoy las cosas han cambiado.

Hay un largo camino respecto a la hora de readaptar Dune a la pantalla grande de más de 10 años con diversos directores y cambios de formato en parte por las vacilaciones que podrían generar el auge de la televisión moderna, pero Dune es finalmente adaptada por una de las voces más prometedoras dentro del sistema hollywoodense: Denis Villeneuve, y es que estamos hablando de un sujeto que frente a todo pronóstico ha entregado en su llegada a los estudios norteamericanos películas que retan las concepciones tradicionales del cine de esta índole, sin importar que estas sean recibidas con gran recepción de crítica o auténticos fracasos de taquilla -que es más o menos la realidad presente en sus proyectos, por desgracia- sin no olvidar un hilo conductivo que enaltece la condición autoral como ningún otro similar de su generación.

Villeneuve dirigiendo Dune suena como una irrealidad pero aquí estamos, y los resultados son tan, pero tan, extraños.

Si algo logra Villeneuve es generar una prodigiosa adaptación ferviente de su material que respeta su universo y lo traduce en una producción como ninguna otra, lo cual suena imposible en este mundo tan disperso en películas del mismo calzador y con dependencia en efectos especiales medio pobretones en relación con lo que la película de verdad quiere contar y la función verosimil de estos, pero es real este asunto. Su habitual Pattrice Vermette en el diseño de producción al lado de cientos de artesanos como Tom Brown y David Doran  en dirección de arte, Richard Roberts y Zsuzsanna Sipos en decoraciones, además de Bob Morgan en el vestuario logran palpar las condiciones que uno sólo había imaginado de Arrakis y sus habitantes, y son capturados de una forma áspera y contrastante de elegancia por la cámara de Greig Fraser que genera un latente dividendo entre el mundo de arenas de Dune y los parajes escoceces húmedos de Caladan, o de la pesadumbre tecnológica de Giedi Prime, mismo contraste generado de una forma muy simple y efectiva que retrata los conceptos primordiales de misticismo de su mundo.

En internet aparece mucha queja sobre la similitud estética de ciertos momentos de Dune a un comercial de perfume por su delicadeza, pero esto es para acrecentar la condición poética y poco confiable de los sueños que en cierto punto generan imágenes grotescas.

Es una película fuera de una atadura de imagen y sonido como pocas en estos tiempos, pero de manera muy irónica, esta belleza presente en el aspecto visual es algo que Villeneuve -en colaboración con Eric Roth y Jon Spaiths– para el lado argumental e interpretativo de los participantes, dejan una película sin sabor. El recorte de Dune en dos partes permitiría por lo menos la mejor exploración de sus temas y personajes que serían limitados si se tratase de una sola entrega, pero el corte no determina la poca función de dramatismo en lo que estamos viendo, sobre todo en ciertas decisiones que los guionistas toman para darle precariedad a los personajes en pantalla grande, particularmente de uno al que reside el momento de cambio de la casa Atreides. Es decir, Dune pasa por los tramos de la novela con tanto fervor y se da espacio para que se reciten diálogos de un sentido dramático, pero son personajes a los que poco se les da una identidad y complejidad dentro de este universo, personajes a los que incluso termina olvidando o dejando de lado para una secuela y que también son demasiado importantes si ya nos ponemos la camisa de respeto fidedigno del material original.

También está el asunto de Paul, interpretado por Timothee Chalamet, el cual visualmente sí nos remite al Paul puberto del material, pero aquí su crecimiento y descenso hacia el condicionamiento de semidios que rechaza su humanidad y curiosidad no se percibe tanto porque Chalamet entrega una actuación tan grisasea y de vacío emocional que ni en los momentos más punzantes de emoción parece indicar otra expresión ambivalente.

Esta decisión afecta a Paul y en gran parte a Jessica (Rebbecca Ferguson) quien no parece demostrar la condición de afecto hacia Leto (Oscar Isaac), pero de manera interpretativa las cosas no son las mismas: en Jessica se puede percibir el halo de duelo hacia el rechazo de inferioridad que tiene frente a las Bene Gesserit por tener a Paul, y Leto es interesante en el tratamiento que recibe, en donde sí es mostrado como un sujeto benevolente y posible figura de cambio frente a otras monarquías espaciales que han llegado al planeta árido, pero adquiere un obtuso camino de torpeza en base a los cientos de problemas que adoptó y que poco a poco va entendiendo como una jugada maestra de parte de sus enemigos.

El que sí se agudiza en este tratamiento es para el otrora villano de la vida de Paul. El Barón Harkonnen (Stellan Skarsgard) es un monstruo visual y enigmático en su andar por su obesidad mórbida que aprovecha el espacio que es construido a su beneficio y por la calma de parte de Stellan, en una caracterización que abandona el aspecto casi caricaturezco de otros barones del pasado.

Mi conexión con Dune y lo que ha representado en mi vida se hicieron presentes en la sala de cine, pero es algo que reflexionando en estos días me hacía complicado expresar el sentir con esta nueva adaptación. Son problemas que uno puede pasar de lado si se tiene conocimiento de la novela con mayor facilidad por la esperanza de un mejor tratamiento a futuro en donde Dune termina siendo más intriga que una delicia por demás visual, y Villeneuve ha profesado tanto cariño al material original que está dispuesto a perder otro round en la taquilla con su fidelidad cinematográfica… pero eso no exhume para el sector que desconoce el material el sentir la opacidad de una película que quizás como carta de introducción a un fenomenal universo, es de las cosas menos amigables que han salido de las fauces de Hollywood.

El festín audiovisual de Dune y su presencia en un mundo que parecía irse a la mierda es suficiente factor como para atestiguarla, eso sí: sobre advertencia no hay engaño.



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