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viernes, diciembre 3, 2021

(CRÍTICA) Ghostbusters: el legado o el abaratamiento nostálgico

Esta Cazafantasmas intenta pasar por nostalgia y homenaje lo que en verdad es: un producto vacío y carente de identidad como el resto de toda la franquicia.

He estado reflexionando sobre el poder de las evocaciones al pasado gracias a que siendo un adulto logré hacer lo que mis papás nunca hicieron: me compré un Skeletor. Nunca fui un niño desatendido, pero los deseos de tener al villano de He-man y los amos del universo dentro de mi colección de juguetes -es el cráneo, siempre funciona el cráneo en los niños- fue algo que mis padres nunca pudieron saciar en parte porque la fiebre de dicha franquicia ya se encontraba en decenso para cuando yo había nacido haciendo imposible encontrar un Skeletor en las jugueterías del país.

Mi sueño de tener a Skeletor por fin se logró y es algo que presumí en redes, con mi juguete en su empaque… al que de pronto analizé: No tengo 8 años, por lo que no voy a jugar con mi Skeletor, el cual se encuentra inerte en su empaque volviéndose una especie de trofeo personal que termina sin cumplir el objetivo de usarse para lo que fue concebido. Este “logro” además se cumple no precisamente con una primera edición carísima de coleccionista, sino gracias al relanzamiento de las figuras de He-man de hace unos años y que causó una efervecencia reflejo del capitalismo, con individuos comprando figuras a granel, y obteniendo ingresos a partir de la reventa en acecho de sujetos con la misma “necesidad” que la mía de tenerlo en el empaque arrumbado.

Viendo a mi Skeletor en su empaque de Eternia y “eterno”… también es que llego a la conclusión de que francamente, son figuras arcáicas. Reflejo de una modalidad de diseño ochentero, pero sin alguna innovación que, si nos ponemos exactos a comparación de otros juguetes y la tecnología para los niños, tienen todas las de perder, todo para el beneplácito de puristas de la franquicia… quienes hacen que estas futuras generaciones tengan a la memoria la figura de un hombre de color morado semidesnudo y con rostro cadavérico que se enfrenta a otro hombre semidesnudo pero rubio, como una especie de santo grial que demuestra la valía de nuestra generación, sobre lo demás.

Esa es la nostalgia que la oferta y demanda ha construido: una que desecha lo nuevo, para seguir viviendo en un entorno en donde no teníamos problemas ni obligaciones, ni el mundo estaba tan jodido, de una plasticidad insostenible.

Esto por supuesto que define por completo la saga de Cazafantasmas.

Cazafantasmas (1984) de Ivan Reitman es un clásico, una situación de oro contenida en su producción, involucrando a comediantes claves del género en norteamérica dentro del argumento y procesados por figuras claves generacional de SNL. Es una película sobre las aspiraciones de un grupo de inadaptados de emprender un negocio en medio del fenómeno de los reaganomics de una forma tan absurda, que de pronto se vuelven parte de este impulso económico y superestrellas a pesar de ser controladores de plaga… controladores los cuales de forma irónica terminan salvando al mundo a pesar de los constantes peligros de su tecnología que deja destrozos en todas partes.

Primero que nada, no es una película para toda la familia. Es una comedia de tintes machistas con uno de los protagonistas siendo un constante patán al que le funcionan sus trucos, y es una de constantes connotaciones sexuales dentro de su humor, los cuales incluyen una escena de sexo oral fantasmagórico al ritmo de la canción icónica de Ray Parker Jr. a la que le censuran el infame verso de bustin makes me feel good conforme el personaje de Ray Stantz (Dan Aykroyd) llega al orgasmo.

Es una comedia de contenido maduro, para adultos, pero el año de 1984 es definitivo sobre las modalidades de consumo norteamericanas; ese mismo año se implementa la clasificación PG-13  a películas de violencia más explícita -curiosamente dos producciones de parte de Steven Spielberg: Gremlins de Joe Dante e Indiana Jones y el templo de la perdición- pero que no necesariamente caen en un salpicadero de sangre, y con ello también se abre una puerta a un mayor acceso de niños y jóvenes a contenidos que normalmente tendrían la limitante de la clasificación R, es decir, para adultos. Eso, y la llegada de formatos caseros cada vez más accesibles en tiendas de video y de renta, terminaron por acercar contenidos enfocados para adultos con mayor facilidad a generaciones menores y Los cazafantasmas se volvía un hito de ventas.

El fenómeno del formato casero de hecho tiene sus hitos durante 1982, en donde la obscena demanda de E.T: el extraterrestre de Steven Spielberg en el cine como un producto para toda la familia le roba protagonismo a películas como Conan el bárbaro (1982) de John MiliusRambo: primera sangre (1982) de Ted Kotcheff y La cosa de John Carpenter. Para 1984 Los cazafantasmas, junto a estas mencionadas y a Locademia de policía (Hugh Wilson) y Un detective en Beverly Hills (Martin Brest) se vuelven parte de esta tríada fenomenal que omite los registros legales de edad… y obviamente esto va a influir a que se intente aproximar para futuros proyectos dentro de las respectivas franquicias, a un público más abierto y popular: matando en cierta forma al cine para adultos.

De ahí a que Los cazafantasmas tuvieran una caricatura exitosa –Los verdaderos cazafantasmas que como buen producto ochentero, era un catálogo para que los chamacos pidieran juguetes a sus padres para la próxima visita al supermercado o tienda de juguetes y así revivir las aventuras de los pegajosos cuatro. Y así ha sido la bastardización de Los cazafantamas a partir de entonces; una segunda parte llega en 1989 con todas las esperanzas de parte de Columbia Pictures en obtener un fenómeno de taquilla con todas las de ganar con los cazafantasmas inspirados en los de la caricatura -de ahí que Winston (Ernie Hudson) no cuente con su bigote y Jeanine (Annie Pots) pase de ser una secretaria gruñona a una bomba sexualizada de moda estrafalaria- pero… que no conecta con las audiencias al nivel que esperaban y con los críticos recriminando la reutilización de la misma trama que volvía populares a los personajes en el ’84, modalidad que sigue pasando.

Ya van 32 años de intentos por formular una verdadera nueva entrega de Los cazafantamas que a menudo quedan en proyectos olvidados por las audiencias masivas como caricaturas o cómics o videojuegos, y en el caso del 2016 un infame reboot/remake/lo que sea que refleja una realidad bastante tóxica y agresiva de parte de fandom la cual enfocaban la negatividad de una película bastante mala, no en los factores fílmicos y en el descaro de un estudio que ignoraba a la fuente y origen del proyecto detestando a Ivan Reitman y a las ideas de Aykroyd y Ramis atrayendo a un director que para empezar no tenía interés en el proyecto, sino en el hecho de que el cast era predominantemente femenino… algo más efectivo y fácil de tachar de culpabilidades sin entender las complicaciones de producción, y estúpidamente omitiendo que en esencia, la película que “destrúia su infancia” tenía las intenciones originales de la primera entrega en postular a un grupo de excelentes comediantes sacadas de SNL.

El tiempo ha pasado, y con ello también la muestra inequívoca de que aquellas figuras con las que uno creció, son humanas. En medio de las pláticas para una tercera entrega de la que no accedía Bill Murray -lo cual es entendible si tomamos en cuenta de que nunca fue el contemplado original para interpretar a Peter Venkman y por lo tanto tiene un dejo de desprecio hacia este papel que lo lanzó a las ligas mayores del público- una de las mentes creativas claves dentro de Cazafantasma pasaba a otra vida: Harold Ramis. Este es un golpe fuerte para los establecidos, porque si bien Aykroyd es el de las ideas originales y mitología extensa paranormal, es un sujeto sin control y que no sabe recortar ideas que no funcionan en una película, Ivan Reitman será el director que mantiene a todos contentos dentro de estas películas y que aprovecha la sequedad de Bill Murray, pero no es precisamente un gran director por su propia cuenta más allá de la franquicia… si alguien fue clave para que el humor y tono de Cazafantasmas, una película sobre inadaptados que se unen al sistema capitalista y se vuelven ídolos para después en una segunda entrega volverse tan miserables que tienen que trabajar en fiestas infantiles con niños recriminándoles de manera metanarrativa de que no son He-Man era el tipo que escribía para la revista National Lampoon.

Son unos zapatos difíciles de llenar, y que caen bajo los esfuerzos de Ivan Reitman y Gilk Kane en esta nueva entrega de Cazafantasmas, la cual es bastante problemática y que involucra los factores nostálgicos como una espada de doble filo.

Primero hablemos de la nostalgia positiva en esta nueva entrega.

Ivan Reitman y Gil Kane postulan una película que se aleja de la condición urbanista de la franquicia, más enfocados en emular a la persona responsable de la infancia de todo el mundo durante los ochentas y de los que fueron afectados: Steven Spielberg. Y hacen esto no optando por un cast de comediantes como lo fuera el reboot anterior, sino en una película dentro de una comunidad norteamericana de la clase media/baja y con niños protagonistas, un referente de Los Goonies (1985) de Richard Donner. Esta idea… no es mala, porque permite que los nuevos protagonistas se presenten e interactúen con la tecnología e iconografía del pasado, atestiguando el vejestorio que representa pero poco a poco adhiriéndola a sus propias aventuras y sobre todo en relación con su vida personal, porque dos de ellos son parientes cercanos de Egon.

De hecho son activos en una de las mejores secuencias de la franquicia porque logra dar ese atractivo de juguete a la puesta en escena con los chicos trepados al Ecto 1 tratando de atrapar a un fantasma en donde, de manera natural terminan haciendo un destrozo mayor al que causaba el espectro.

Esta es una película que por parte de Reitman la ofrece fuera de las concepciones humorísticas de la franquicia que habitualmente tenía marcadas y más como un acercamiento al drama cómico el de la condición del verano que pasa y con niños que van encontrando su significado y pertenencia social, o por lo menos en uno de ellos y la madre. McKenna Grace como Phoebe Spengler es fenomenal y el primer papel destacable dentro de su corta carrera; como Phoebe adquiere la herencia genética de su abuelo, es una niña interesada por la ciencia y por los aparatos que constantemente está aceptando su condición retraída y seca, pero que tras el descubrimiento y relación con su espectral abuelo de forma atinada en una lámpara o con un juego de ajedrez, comienza a evaluar que quizás no hay nada malo en ella.

Lo curioso es cómo Grace ofrece una lectura de Egon y a su vez en su personaje, con un andar extraño y encorvado que además para su apariencia física es demasiado pequeña a comparación de los objetos que va descubriendo pero que le parecen fascinantes. También poco a poco su Phoebe va abriéndose con amigos y familiares y de esta forma Cazafantasmas: el legado termina proponiendo en cuatro niños los protos característicos de los anteriores cazafantasmas, a veces de formas como la de la niña, y otras un tanto descuidadas como los demás.

Carrie Coon como Callie Spengler también ofrece un papel destacable. Se aleja de las condiciones de las mamás solteras que se esfuerzan para sus hijos del cine, y Callie es una mujer a la que la muerte de su padre ve como un potencial para resolver sus problemas financieros.. y nada más. Es seca a pesar de que sí ama a sus hijos y le cuesta entender los razonamientos de su padre y casi no le importa ese aspecto, mientras florece un romance enternecedor con el profesor Grooberson, un Paul Rudd bastante gracioso que no le importa la educación de los niños prefiriendo ponerles vhs de películas para adultos ochenteras de horror -justo como lo mencioné hace unos párrafos arriba- porque en realidad la educación en un pueblo olvidado por Dios y concentrado en mantener un áura del siglo pasado, pues no es atrapante para nadie.

Esto al final de cuentas es un proyecto que se postula sobre todo, como un homenaje al hombre que perdieron en el proceso de tener una tercera Cazafantasmas, por lo que Egon y su mitología y características impregnan el argumento, llegando al tercer acto que tanto le afecta a la audiencia con una aparición de este. Es controversial porque esta podría prestarse como una afrenta a la familia de Ramis pero, es generada con el consentimiento de la familia, y es necesaria para cerrar ciclos. Las reacciones de los involucrados en el acto final son genuinas a pesar de que interactúan con un ser de computadora y es más en una función más allá del argumento: este es un encuentro de amigos imposible dentro de la vida real y que el cine sólo puede proponer a través de estas nuevas tecnologías.

Y aceptaría este viaje noble dentro de Cazafantasmas: el nuevo legado… excepto que no es posible tratándose de una propuesta tan mundana y que no propone algo nuevo más allá de un mero disfraz para proseguir con una calca descarada de la primera película. Es muy curioso que Cazafantasmas a pesar de su potencial creativo de monstruos que han aparecido en otros medios, en el formato fílmico sea una franquicia tan carente de ideas y propuestas a la que tiene que responder siempre con los mismos elementos iconográficos del pasado sin alguna razón de ser más que la de darle una palmada a un grupo de adultos con disfraces que emulan a sus héroes, porque así deben de ser las cosas de conformistas.

Si ya en la anterior película quedaba demostrada la falta de creatividad por parte de la franquicia con las chicas peleando contra el logo de la película -sería como poner en una nueva entrega de Jurassic Park al dinosaurio esqueleto de los títulos como nuevo enemigo- aquí se es más descarado, porque a partir de un nada sutil tercer acto en donde aparece un Walmart de pronto somos testigos de la mediocre propuesta del filme, con mini sujetos de malvaviscos cobrando vida sin razón aparente y la aparición de los villanos del primer filme con el mismo plan, y con el viejo grupo llegando a salvar al mundo sin razón aparente, lo cual es pésimo porque le quita identidad y sentido de pertenencia de pasar la antorcha con el pequeño grupo de niños a los que de pronto pues no son tan importantes porque lo viejo es lo que fluctua en esta escala de emociones a pesar de que no tenga sentido alguno.

Y lo cierto es, que esto le quita prioridad y tiempo a personajes los cuales terminan arrumbados sin algún desarrollo tan logrado como el de Carrie o Phoebe. Trevor Spengler interpretado por Finn Wolfhard no tiene nada de atractivo o de algún conflicto personal con su familia, y la película sabe esto porque su mayor logro es ser un puberto que arregla coches y tiene punzada de la edad -que supongo lo asocia al temperamento de Peter Venkman– y hay un niño llamado Podcast (Logan Kim) que de inmediato avejenta la película con un término tan mundano para acercarse a las nuevas generaciones y que extrañamente es el tercer niño dentro de una película de este año con el mismo nombre e interés. Mucho peor resulta Lucky Domingo (Celest O’Connor), la cual también al igual que el niño del micrófono termina arrastrada al argumento sin ofrecer un activo dentro del esquipo y es simplemente asociada al romance que tiene frente a Trevor no por el valor de su relación que va creciendo, sino porque llena el hueco que anteriormente tenía Danna Barret (Sigourney Weaver) en la primera película, con todo y la misma resolución.

Me parece extremadamente risible cómo Ivan Reitman termina arrastrado a hacer una película que intuye una propuesta de la que es habitual, pero que por el peso de la importancia de la marca y de los íconos de su papá termina abruptamente entregándose al final a las fauces y mocos de fanáticos que sienten justicia con lo que están viendo… porque ahora los jóvenes que se propusieron terminan suplantados por la vieja escuela la cual literal se llevan sus artefactos como demostrando que ellos y sólo ellos son los de único valor en esta vida y en la otra, literal.

Cazafantasmas: un nuevo legado no es eso, es un descarado producto que aprovecha las fibras sensibles y conceptuales para traer nada nuevo a la mesa, porque tu mesa tiene que tener vasos y platos y servilletas de la misma fiesta infantil que llevas procesando por casi cuarenta años, no puedes crecer y no puedes decir adiós, por más confuso que esto sea.

 

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