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miércoles, julio 24, 2024

Crítica: Godzilla Minus One (2023)

El regreso triunfal del godzilla japonés retoma el pesimismo nuclear, la destrucción aterradora y el optimismo anti bélico en una celebración no sólo al monstruo japonés,  también de los pioneros que lo crearon.

De niño, es imposible no sentir un fuerte apego hacia Godzilla, porque representa un perfeccionismo dentro de lo que uno puede encontrar fascinante a tan temprana edad: Es un monstruo, particularmente un dinosaurio que escupe fuego y destroza miniaturas sin algún velo de ética o de cuidado. Godzilla los rompe a menudo en solitario y cuando por alguna razón decide ponerse del lado de los humanos a los que tanto ha pisoteado, no es que los resultados caóticos sean menores, todo lo contrario.

En esta adoración hacia El rey de los monstruos memorizas y coleccionas compatriotas del kaiju que guardas en tus juguetes a veces medio desgastados imitando batallas épicas dentro de la comodidad de tu cuarto, buscas películas en la programación de cable o en rentas en tiempos que desconocen eso del streaming o los torrents volviéndolas auténticas búsquedas de griales, y con esa misma carencia lees y juegas todo lo que tenga que ver con Godzilla porque esas oportunidades no van a ocurrir una segunda ocasión; lo idolatras tanto que te emocionas cuando por fin llega una versión moderna que se aleja de esos “tontos” e inexpresivos trajes de botargas porque ahora Godzilla está hecho por los gringos -en realidad por un alemán con severa crisis de identidad y constante felación a los valores americanos- y ellos van a demostrarle al mundo cómo es que se hace un Godzilla moderno… y a pesar de la parafernalia de la que formas parte, en donde compraste el soundtrack, tus juguetes y tus pastelitos Godzilla que tu papila gustativa se rehusa a olvidar, sabes que no es lo mismo porque a pesar de los avances: eso no parece ser Godzilla, o por lo menos lo que sí representa es ese Godzilla tonto que tanto se ha pregonado como lo que es: una tontería para películas tontas y para niños tontos.

Esa idea de que Godzilla es una serie de películas baratas para niños es algo que incluso de forma moderna se mantiene a flote como una visión popular de su franquicia para el mundo adulto: películas inmundas para entretenimiento en donde apagas el cerebro; pero si uno persiste en la cinefilia y por ende, vuelve a su camino de la infancia y la estrecha relación que tenemos con las películas uno se dará cuenta de la gran mentira al respecto de Godzilla, porque está lejos de ser una inmundicia de una sola formalidad a la que tiene una variedad de subgéneros y aproximaciones a lo popular dentro del cine universal; es más, ese estigma fue una construcción trazada por los norteamericanos a la hora de trasladar a Godzilla y sus múltiples encuentros con aliados y némesis a sus mercados, restándole un valor crítico incómodo para ellos.

Porque quizás lo más atroz del asunto, es que Godzilla empezó siendo serio. Esto no debería sorprender a cualquier estudioso o curioso del horror, porque es un fenómeno bastante común en este: lo imaginamos dentro de los confines que nos ofrece la cultura popular, sin tomar en cuenta que desde un inicio, los monstruos y sus creadores parecían advertirnos de algo más allá de estos momentos escalofriantes, nos decían la condición del mundo de su momento que a menudo ignoramos por la comodidad de no reflexionar y por esa eterna agonía de pinchearlo, de considerarlo burdo.

Godzilla del ’54 narra el desafortunado primer azote del monstruo titular con la humanidad, pero ocurre en una constante maestría. Godzilla es imponente en su apariencia de la que podemos entender como agónica, un monstruo de quemaduras y una furia hacia los humanos, al cual casi nunca vemos pero que se nos amenaza -incluso desde el principio con los títulos principales- a través de pisadas estruendosas, y la atención de Ishirō Honda apunta constantemente hacia el infortunio de las víctimas, elevados con la tragedia dentro de la música de Akira Ifukube y a los que vemos tratar de entender este castigo semidivino del que no formaron parte. Cualquier otro director apuntaría de inmediato a la bilis de la audiencia en donde sería más fácil vilificar a Godzilla como vorágine del mal, como el enemigo a vencer, pero no pasa: Honda nos revela la estrecha relación de supervivencia del monstruo y de Japón como nación víctima del cataclismo nuclear y las soluciones hacia el problema de un gigante que escupe fuego imposible de derrotar por medios comunes, tampoco resuelven algo cómodo: no hay una victoria dulce en Godzilla del ’54 porque al derrotar a la personificación de la amenaza nuclear, también se ha eliminado el pasado, a las costumbres y folclore que al igual que el japonés promedio de ese entonces, tiene que aprender a sobrellevar su condición cual peste… o por lo menos pudo, antes de ser aniquilado en lo profundo del mar.

Revelar esto a las audiencias es también encontrar una profunda reflexión dentro de las capacidades de Godzilla como personaje y franquicia, porque si bien nos gustaría decir que el horror nuclear quedó en el pasado y que Godzilla ha salido imperante desde hace 70 años, la realidad es que con su maleabilidad de temas también ha sido una universal constante de que Godzilla siempre va a estar para reflexionar de Japón en el ahora.

Por lo cual, es bastante notoria la llegada de un Godzilla en pleno 2023.

No es sacrílego regresar a Godzilla en forma de remake o reboot, vamos, los americanos han estado tratando de aproximar al personaje en su cancerígeno multiverso ahora haciendo un remake de cuando se enfrentó a King Kong -claro, sin la picarezca visión pesimista de Honda respecto a la manipulación de la televisión capaz de vender el espectáculo dentro de la tragedia- y por el lado de Japón, Hideaki Anno y Shinji Higuchi reinterpretaban a Godzilla en su Shin Godzilla (2016) ahora apuntando a una torpeza burocrática que a veces se sostiene dentro de una lectura verhoenezca cargada de un patriotismo demasiado plástico, pero es raro ver que ahora la intención de retomar a Godzilla ocurra desde la idea de plasmarlo en un filme de época, muy cercano a las fechas de estreno de la película original.

Mucho más sorprendente sería ver que Toho abandonara el interés de Anno/Higuchi de continuar con Godzilla y dejar que el proyecto más atrevido en escala y aspiraciones, fuera dirigido por parte de Takashi Yamazaki, que para entendidos dentro de la industria cinematográfica de Japón, se dedica la mayor parte del tiempo a filmar películas dentro del terreno adaptativo del manga y de la animación… es decir, películas demasiado simplonas, extensiones de la marca con muy poca integridad retadora y escaladas en un conformismo a sabiendas de su rentabilidad considerando el fanatismo integrado dentro de cada franquicia.

Este mismo elemento de resguardo podría llegar a intuirse en Godzilla Minus One ya que Suzuki incluso repite algunos momentos icónicos del filme clásico pero es bastante astuto. En una visión dentro de la mitología de Godzilla apunta a los orígenes establecidos dentro de la versión clásica y también el de la era Heisei, no demeritando la idea fantasiosa de una isla de monstruos que se correlacionan con la identidad de los habitantes japoneses y en donde si Godzilla fue construida bajo los influjos pasionales de Tsuburaya quien veía al cine de fantasía americano como la meta a imitar en su país natal a través de influencias directas, Suzuki ahora propone secuencias de Godzilla vistas bajo la mirada de Spielberg sea en sus dos ramificaciones: dentro de secuencias tensas de acción y suspenso interpretando una vagueza del espacio y puntos de fuga repentinos de adrenalina irónicamente considerando el tamaño de semejante criatura, pero sirven lo suficiente como para comprar la idea y la dulzura de momentos de fraternidad y lazos familiares que se estrechan en medida del cataclismo por superar… básicamente lo que Roland Emmerich ha tratado de propagar en sus películas sin el entendimiento total de por qué funcionan estos momentos.

Porque quizás el verdadero esquema que logra componer esta construcción moderna de interpretación de Godzilla es porque Suzuki logra atender a su propia voz y a sus intereses políticos, también muy congeniados dentro de lo que Godzilla siempre dice pero nunca grita, porque la acción de derrotar constantemente al ejército en miniatura que no le hace daño a pesar de los innumerables esfuerzos de este, dice más que la predicación de la inutilidad de este.

Suzuki va un paso más adelante y se atreve a proponer esta inutilidad en directo, ahora vista bajo el revisionismo histórico de Japón en medio del conflicto en donde la gente y los soldados toman las medidas de su nación en la segunda guerra mundial como axiomas, medidas sin consideración al valor individual y que, de no respetarse en el sacrificio total del cuerpo por el bien de la nación, se incurre en un acto de cobardía. Japón como nación y otras que se mencionan en la película no salen nada airadas; con esta ofreciendo trabajos de porquería peligrosos y de chatarra a los supervivientes del conflicto y prefiriendo mantener un perfil tan bajo con la llegada de Godzilla a sus costas que prefieren no informar sobre el monstruo para no desatar una cadena de conflictos que le pudieran asociar a un perfil comunista para no caer de la gracia de Estados Unidos… los cuales crearon al monstruo por su incompetencia y poca ética nuclear en aras de la guerra fría.

Lo que Suzuki propone es que la reconstrucción del tejido social y económico no proviene de propuestas de estados ausentes en la desgracia y sí como sanguijuelas de optimismo cuando no hay esfuerzo, sino a a través del descontendo del ciudadano de a pie, el que ve de primera mano el horror de vivir y que comienza a comulgar en un optimismo, de alguna forma no contagioso en sí… pero totalmente entendible saliendo de tremendo agujero de supervivencia en donde se encuentran.

Y quizás sea algo circunstancial, pero tomando en cuenta la situación política de Japón en recientes años con el descontento de las propuestas de sus ministros, la corrupción de gobierno y religión de culto, la exaltación todavía presente y añeja de los valores patrióticos y de negacionismo de Japón como actores de horror en la guerra, y hasta la muerte de Shinzo Abe en represalia a estos malestares críticos, de alguna forma nos están expresando la desgana y poca confianza de los japoneses en los que supone están para cuidarlos.

Godzilla Minus One constantemente rememora estos actos sobre el soldado común y sobre Kōichi Shikishima (Ryunosuke Kamiki) el cual sufre de un estrés post traumático de no considerarse apto para seguir en una sociedad que avanza a pesar de la infortunia, porque este no es su lugar y espacio; más que la de poner en paralelismo a Shikishima y a Godzilla como seres resultantes del conflicto que de alguna manera y frente a todo pronóstico subsisten (uno a través de la bondad humana y el otro, encontrando esta idea agonizante e iracunda), hay momentos en la película muy delatores de Suzuki quien empatiza con Shikishima y… a quien le da características muy similares a las que padeció Honda, literal con las pesadillas del protagonista, la sensación de culpa, el trauma de tratar de formular una familia a pesar de la constante de seguir peleando y hasta en el sueño de los soldados caídos que reclaman la carne y calor de otro que debería de unírseles… todas experiencias que Honda sintió a lo largo de su vida y que curiosamente expresó en forma fílmica no sólo en Godzilla y monstruos similares como Matango (1963), sino hasta en Sueños (1990) y Rapsodia de Agosto (1991), de las últimas películas que ayudó a filmar al lado de su amigo Akira Kurosawa.

Eso, lejos de sentirse barato, pregona bajo un lado humanista y bondadoso; a través del revisionismo es que Godzilla ha encontrado su pasión y su valor como franquicia a pesar de que en sus fechas de estreno, eran películas que los japoneses no tomaban en mucha cuenta prefiriendo obras dentro del erotismo o de directores cargados de una importancia de premios, y lo mismo pasó con Ishirō Honda, quien nunca en vida fue tomado en cuenta como director serio. Es Godzilla Minus One un punto de inflexión y de entender que Honda siempre estuvo en la escala positiva del pensamiento ante el horror nuclear y que, a pesar de su constante pesimismo cínico en las relaciones humanas, había algo de verdad optimista en la reconstrucción cuando no quedara nada. Godzilla Minus One afecta de esta forma porque en su reacomodo de las piezas de un clásico, alude a su creador y lo llena de dignidad, porque por desgracia sus reflexiones tendrían que pasar casi 70 años para ser tomada como innovadoras y correctas en un mar de patriotismo y constante pelea contra las generaciones modernas en ese añejo de que no han sufrido lo suficiente.

Y es, al final de todo una gran película de Godzilla. Suzuki sabe utilizar sus secuencias dentro del horror establecido de la magnificencia de Godzilla y los momentos de destrucción, son acompañados de constante repercusiones a los humanos cuales hormigas que crujen de forma perturbadora bajo los pies del monstruo y su decisión de plantear a Godzilla como una isla de furia lenta va también razonada de momentos en donde el monstruo, parece adquirir conciencia curiosa de lo que es capaz, y son muy pocos los casos en donde Godzilla se presenta en un lado de impotencia hacia las audiencias y en donde sentimos una completa conexión con humanos los cuales, no nos parecen eslabones devora tiempo para pasar al titán cruel.

Es un milagro lo que Suzuki ha hecho con Godzilla y que salga tan victorioso en muchos aspectos, que sea tan convincente tanto en efectos -que le dan una tremenda arrastrada al Hollywood moderno con presupuestos ofensivos- y en su escala sentimental la cual estamos tan dispuestos a comprar, que el final meloso que aceptamos, también posee una lectura mucho más morbosa, de que la maldad y el cataclismo no se controla, se aprende a vivir con él, nos queda prepararnos pero no por ello significa que no podamos ser felices.

Todo esto, en una película de una lagartija que escupe fuego azul atómico: maravilloso.

 

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