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sábado, enero 22, 2022

Don Giovanni (2021).

Fotografías cortesía de Teatro del Bicentenario Roberto Plasencia Saldaña.

La última apuesta dentro del Teatro del Bicentenario busca modernizar un clásico de Mozart, pero al hacerlo termina dándole un aspecto y tono kitsch.

Don Giovanni es una ópera invaluable y que a menudo aparece como de entre las mejores no sólo dentro del repertorio de Wolfgang Amadeus Mozart, sino de la ópera en sí misma, y así mismo es una bastante complicada.

Musicalmente es excelsa lo cual no debería de sorprendernos viniendo de Mozart –un sujeto que hasta cuando hacía odas fecales en Canon no podía dejar de relucir su genio musical- y hay un valor pionero de parte de Mozart en incluir personajes no sólo dentro de los eslabónes de la bufa y la ópera seria creando un híbrido y recuperando a la figura de Don Juan de Tirso de Molina -esto a través del argumento de Lorenzo da Ponte – figura que obtiene un final sorpresivo dentro del tono plasmado dentro de la mayoría de la obra, uno de aspecto sobrenatural y de donde incluso Mozart utiliza sonidos como trombones para agudizar la presencia espectral del comendador.

Ahora, esto es interesante, porque la figura de Don Giovanni en ópera es presentada de manera burlona a pesar de ser en esencia un violador serial y engatusador de mujeres que visto fuera de una mirada más allá de la operística, no sería tan bien aceptado dentro de concepciones modernas; seamos honestos: si Don Giovanni se jactara de hacer lo mismo en una canción de banda o reggateon, sería objetivo del repudio de todo el mundo, pero tiene la herencia y cobijo de la ópera la cual le protege de cualquier retrospectiva posible. Si se reevalúa Don Giovanni esto podría decir algo más allá de su propia configuración clásica y es algo que prometía Paco Azorín.

Azorín -quien tiene una gran carga y experiencia en proyectos como encargado de escenarios, luz y direción- funge dentro de la dirección en esta Don Giovanni y constantemente ha declarado que esta, su versión… es una que postula bajo las condiciones críticas de la cultura de la cancelación, idealizando a la historia de Don Giovanni y Leporello como la de figuras íconoclastas de la ópera que a su vez residen como piezas de resistencia al cambio de concepciones y a los prejuicios. Es raro concebir que de pronto Don Giovanni se trazase como un campeón de los oprimidos cuando nunca ha sido esto y Azorín lanza un cuestionamiento que se vuelve la tesis de su Don Giovanni: ¿Quienes somos nosotros para juzgar a un sujeto violador, parlanchín, déspota y violento si tenemos errores?

Y a pesar de sus intenciones Azorín y su Don Giovanni de radicalismos opositores como el estandarte de un ponderado que invita a reflexionar sobre la falla e hipocresía humana, pues no termina por cuajar en su totalidad. Las reflexiones que Azorín genera en su Don Giovanni son metanarrativos, como el hecho de presentar a Don Giovanni como un sujeto polvoso que es “resucitado” de la mente de Mozart a quien vemos en escena constantemente como dando la ilusión de que está vislumbrando ciertos momentos claves dentro de su famosa ópera, o el final… en donde lanza de manera poco sutil la reflexión de que si Don Giovanni es culpable… o los otros quienes lamentan/celebran su partida.

Desgraciadamente estos momentos que parecen innovadores, pues tampoco es que rompen el molde. De manera irónica estos posicionamientos críticos no hacen otra cosa más que la de reflejar el eterno compromiso axiomático de la ópera en donde la obra original es ante todo lo que se tiene que respetar dentro de la presentación. Y es que en realidad se podría aceptar a un Don Giovanni establecido como producto de su época y entorno para las personas al mismo actuar que cuando uno ve películas de la época clásica del Hollywood o lee libros de antes del fin de la segregación racial, pero esas ínfulas de generar reflexión a partir de detalles que no alteran el producto en sí -y que a veces llegan a estorbar, (como un Mozart que no termina por agregar algo más allá de un decoro al que también llegamos a ver en una tríada surreal e imposible dadas las condiciones de su deceso).

También es, que las decisiones de vestuario y escenografía no le ayudan mucho. No hay una época distintiva o un espacio aproximado a la realidad en esta Don Giovanni, con los vestidos de Ana Garay integrando una visión rockera y estrambótica -posiblemente inspiradas en la condición de que Mozart fue el primer rockstar de la historia- pero que no comulgan una relación entre el escenario dentro de la obra de parte del propio Azorín y Carlos Martos de la Vega, que es una especie de diorama móvil que construye espacios pseudo etereos, y que la mayoría del tiempo sólo es puesto a girar de manera exhausta por parte de los actores secundarios. Esta integración de los vestidos y escenario tienen su momento crítico y fallido precisamente en el clímax del material, el cual es muy pobre dentro de su construcción. El comendador no aparece como una figura espectral aterrante o como su estatua, con una extraña decisión de un fondo blanco y nada más…. bueno eso y cientos de extras de cada lado con otro aspecto de atuendo sacado de los hombres de bombín de Rene Magritte que simulan de manera insípida una especie de infierno.

El trabajo de Pedro Chamizo en las proyecciones es funcional, pero hay un momento bastante penoso en donde la secuencia de la fiesta -ahora orgía- termina proyectando, y esto es verdad, una imagen de Tom Cruise enmascarado en Ojos bien cerrados (1999) de Stanley Kubrick, como si la referencia no fuese tan banal, la imagen que es la primera que te puedes encontrar en Google es copiada y pegada en mozaicos que de verdad, no hacen otra cosa más que la de mostrar tres ideas que no conectan: la idea de la orgía dentro de estos grupos secretos en la última obra maestra de Kubrick enlazada en un momento de revelación en donde Don Giovanni es atrapado en el acto del rapto de una doncella que no le compete, y las ideas de Azorín sobre modernidad y reto, que buscan sólo servir a un sentir de atrevimiento y sugestión sexual bastante inocua.

El cast no lo hace mal.

Don Giovanni interpretado por Armando Piña es expresivo, una especie de Pepe le Pew pero que de parte de Piña y su tono barítono posee una presencia corporal agraciada y seductora pero al que también ocasionalmente le revela un atisbo de condición patética cuando apenas y salva su pellejo y regresa a las andadas; Rodrigo Urrutia como Leporello tiene un tono de presencia vocal un tanto apagado que era consumido por la orquesta, pero resulta bastante agraciado como el personaje más empático de la obra, sobre todo en el último acto. Leonardo Sánchez como Don Ottavio es una gran revelación, un personaje al que se adecuaba en tono tenor y al que nunca es presentado como un amenaza, ofuscado por su esposa a la que le recrimina la condición de su fallecido padre.

Esteban Baltazar padece el mismo fenómeno de Don Ottavio al interpretar a Massetto -y es que uno podría deducir las intenciones de su esposa que se entremezcla con los intentos de seducción de Don Giovanni– y es que en realidad esta es una obra en donde los protagonistas femeninos poseen un impacto sobresaliente, después de todo ellas sufren las desvergonzadas mentiras del protagonista y ellas son las que manipulan a sus hombres para realzar su honor. La Donna Anna de Sarah Traubel es algo desvariada en su interpretación corporal, una mujer que acumula una variedad de sentires respecto a su seducción fallida y fatal ante su padre a la que ocasionalmente hace movimientos sobre su entrepierna tirada en el suelo, y de parte. Curiosamente la que posee una mejor interpretación vocal pero que falla en su expresar actoral es Marcela Chacón como Donna Elvira, la cual tiene una bella postura vocal de su personaje, pero en varias ocasiones -y en donde es uno de los personajes al que extrapolan en piezas complejas de escenario como una moto o unas escaleras- su expresar resulta rigido a comparación de los demás.

El debut de Carolina Torres es a destacar, como una Zerlina pseudo rebelde por las intenciones de la puesta en escena que resultan medio vagas, pero que es el personaje con el que más distinción visual se presenta tanto en su pelo como en sus atavios, y Torres es bastante funcional dentro de su interpretación vocal, incluso llegando a seguir cantando de tono juguetón en varias ocasiones en donde rueda al suelo y le estrujan el cuerpo en un acto de seducción.

Don Giovanni quiere enfrentarse frente a las concepciones de censura que claman algunos, pero la realidad es que entre sus diversos juegos de darle una identidad moderna y rebelde, termina siendo un pastiche no tan logrado, un más confuso y que grita a los cielos la atención de su audiencia, en esta revisión pop que más parece un video musical rebeldoso de principios del nuevo siglo.



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