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jueves, enero 28, 2021

«Sushi atómico» genera pánico en Japón


El Gobierno japonés anunció ayer que la radiación en el mar cerca de la accidentada central nuclear de Fukushima 1 supera ya cinco millones de veces los límites permitidos. Tras detectar yodo tóxico y cesio en peces de la prefectura de Ibaraki, a medio camino entre la planta atómica y Tokio, el Ejecutivo fijó para el pescado los mismos límites de radiactividad que aplica a la verdura. La situación puede mejorar durante los próximos días ya que anoche, Tepco, la compañía que gestiona la central, anunció que había conseguido sellar la fuga que lleva miles de litros de agua radiactiva desde el reactor 2 al mar.

En el archipiélago nipón cunde el miedo a que la radiactividad pase a la cadena alimentaria. Sería una auténtica catástrofe para su potente industria pesquera y un drama nacional en un país donde el «sushi» y el «sashimi» abanderan su gastronomía.

«La gente está preocupada y cada día tenemos menos clientes», se queja Ryusuke Sato, uno de los camareros del coqueto restaurante marinero Uo Maru. Especializado en atún a la parrilla, pulpo en salsa, calamares fritos y gambas rebozadas, forma parte de los cientos de establecimientos del barrio comercial de Ginza que sirven pescado y marisco frescos procedentes de la lonja de Tsukiji.

Cada madrugada, este laberíntico mercado de Tokio bulle con la subasta del atún y el ritmo frenético de sus pescaderos, que preparan minuciosamente el género en sus puestos, envasan cajitas de plástico con gambas o almejas y pesan ostras en las viejas balanzas de agujas.

Procedentes de los puertos, los camiones frigoríficos descargan la mercancía. Atrapando los atunes congelados con un garfio, un operario los lanza sobre la pala de una carretilla excavadora. Blancos y rígidos como una roca helada, pescados de más de 200 kilos se estrellan con fuerza contra la chapa, cuyo estruendo rompe el silencio de la noche. Luego suena el pitido electrónico de la carretilla, que deposita la montaña de atunes sobre el impoluto suelo del almacén. En la nave contigua, los peces ya descongelados son examinados por los compradores. Mientras los eligen, los empleados sierran con destreza quirúrgica sus aletas y colas, que colocan entre las branquias, vacías de vísceras.

«El impacto del tsunami no es tan grande como el de las fugas radiactivas al mar», se lamenta el maestro cortador Yasukuki Watanabe, quien regenta a sus 35 años uno de los puestos de Tsukiji. Según cuenta, «las ventas al extranjero han bajado a la mitad por el miedo nuclear y uno de los restaurantes a los que proveo, que antes servía a 300 clientes diarios, ahora sólo tiene 12».

A los contratiempos que generan los apagones rotatorios por falta de electricidad se suma la subida de precios por la disminución de las capturas, ya que la flota del noreste de Japón quedó arrasada por el tsunami. «Será difícil encontrar atún», vaticina Watanabe, quien ya está buscando nuevos suministradores tras haber perdido a sus proveedores habituales en Kesennuma y Shiogama, dos de los puertos barridos por la ola gigante. «Y en Chosi, en la prefectura de Chiba, el pescado está empezando a coger mala fama por la radiactividad», avisa, aludiendo al miedo al «sushi atómico» que ya cunde por Japón.

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