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lunes, marzo 8, 2021

31 Días de Halloween: Antropófagos (1980)

En 1950, Federico Fellini entregaba una de sus obras maestras –y predilecta personal de toda su filmografía- que hablaba del descontento social de la Roma de ese entonces que contagia a personas como Marcello (Marcello Mastroianni) de una insatisfacción y negación a la madurez, siempre en busca de una forma fácil de subsistir. Hay particularmente una escena en donde Fellini ataca a las pretensiones religiosas italianas con Marcello acompañado de las dos personas más importantes de su vida –su novia y su fotógrafo de chismes favorito- a tratar de conseguir una nota sobre un grupo de niños que aseguran haber visto a la madre de Cristo y que tienen a la gente embobada, esperando un milagro o una nueva aparición. Esta escena es poderosa porque Fellini decide que el espacio en donde se encuentren los niños –que es la nada total- tenga un set de grabación profesional que busca dramatizar aún más el acto circense de los niños. El tiempo pasa, la noche cae, y los niños siguen sin hacer nada con la gente embelesada, y con unos focos candentes que de tanto estar prendidos, comienzan a sacar humo y a presentar un peligro potencial con la inesperada lluvia que llega al lugar.

Este espacio y esta iluminación, corrió a cargo de un chico sin credenciales profesionales en el área fílmica, pero que siempre estaba dispuesto a aprender. Su trabajo y profesionalismo en La Dolce Vita se hizo lucir y de pronto este chico comenzó a trabajar con ídolos del cine de contrapunto del siglo pasado al lado de figuras como Jean Luc Godard y Michelle Lupo… ese muchacho poco tiempo después pasaría a ser un nombre infame de la industria igual de importante que los mencionados y de una filmografía que resulta la envidia de cualquiera que se jacte de llamarse director de cine: su nombre era Aristide Massaccesi o conocido de manera profesional, como Joe D’Amato.

D’Amato tiene un reconocimiento como director de cerca de 200 películas en las que podemos ver un desarrollo que apuntaba siempre a las tendencias del momento. Si el western vendía en ese momento, D’Amato tendría una película nivel Z en su haber y así con cualquier género que te puedas imaginar. Su punto de profesionalismo cómodo y por el que llegaría ser conocido fue cuando reinterpretó las películas eróticas de Emmanuelle con sus secuelas de Emmanuelle Negra una reportera intrépida y que siempre termina perdiendo la ropa con sus amantes y en medio de la aventura interpretada por Laura Gemser, quien terminaría siendo una actriz fetiche para D’Amato.

Era un director rápido y por consecuente, sabía vender sus obras como cosas banales y que buscaban un shock para ser reconocidos, por lo que D’Amato era un visitante frecuente dentro de los comités de censura; el más infame se daría con su película más popular dentro del género del horror al que tampoco le tenía miedo, una que pasaría sin desapercibir como una oda al mal gusto a la milésima potencia.

Antropófagos –la cual se llama así por alguna razón que hasta el momento desconozco, no hay plural de estos seres pero así tienden a ser los títulos mexicanos- nunca se ha jactado de ser una película de gustos refinados o de una sapiencia más allá del factor barato y rápido de su director, pero por alguna razón este quiso inyectarle tensión a su audiencia: todos estamos presentes porque hemos escuchado de la historia de cómo en la película un hombre devora a un feto y sus propias tripas, y esperar esta carnicería es algo natural… sin embargo llega hasta los últimos minutos del filme.

Antes a esto Antropófagos se hunde en unas pretensiones del horror de la que no sale airada. La atmósfera y el espacio desierto de una isla griega sin duda alguna es algo nuevo para una película proveniente de las fauces del horror caníbal, y la idea de que una persona que incurre en un acto totalmente inmoral y que por lo tanto termina contaminando el aura de placer y belleza de semejante destino paradisiaco está presente, al igual que una protagonista cuyos poderes de adivinación le vaticinan a ella y a su grupo un viaje con la muerte del que no pueden escapar, pero la palabra clave es esa: están.

A pesar de tener el espacio y el potencial, D’Amato termina con unos personajes apáticos e indiferentes a las situaciones y emociones que la película intenta determinar sobre ellos porque simplemente se reducen a personajes sin gracia y caminantes en un espacio vacío el cual por default, también termina afectado por la falta de un horror prometido.

Yo sé que voy a sonar como un verdadero imbécil pero vamos, me han prometido un baño de sangre y por lo menos si no va a presentarse esperaría una mejor relación de la audiencia con los protagonistas o por lo menos volverlos bolsas de carnes con etiquetas lo suficientemente notables como para asumir una diferencia entre personajes.

Y a pesar de esto… hay un cierto encanto imposible de expresar de manera entendible. Quizás sea por el manejo de una cámara tan defectuosa que sobreexpone el filme o un score musical de Marcello Giombini que cuando termina apareciendo el villano del filme consagra un tema fúnebre clásico en modalidad sintetizadora… o los efectos especiales para cuando ya saben qué. Estos detalles dentro de un filme torpe te hacen guardar vela y para cuando por fin Klaus Wortmann George Eastman en su papel más popular- bueno… pues no mienten. No es precisamente entendible el cómo un caníbal arrasa con toda la población menos una persona del lugar y de cuánto tiempo estuvo escondido ni de qué tan rápido se puede trasladar cuando siempre lo vemos lento y matando gente al otro lado de la isla, pero los efectos de Antropófagos no defraudan siendo brutales y exagerados, y probablemente muy poco saludables consideranto tanta tripa que se meten a la boca.

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