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jueves, marzo 4, 2021

A Xavier Monfort Anglès

Gerard Moreno Ferrer

 

Escribo estas líneas a pocas horas de saber que una de las personas más importantes de mi vida ha muerto. Se llama, porque aún puedo nombrarlo, Xavi Monfort y apenas tenía 55 años, de los cuales 5 los pasó luchando contra un cáncer constantemente renovado. Al final, ante su última remisión, decidió prescindir de  la quimioterapia. El jueves será enterrado al otro lado del Atlántico, a las diez de la mañana, hora local. Yo ignoraba su decisión. La distancia y mi mala gestión de las comunicaciones telemáticas habían abierto una brecha entre nosotros. Pero el amor estaba presente cada vez que lográbamos reunirnos.

Por ello, debo decirles que hoy no quiero exponerles ninguna reflexión supuestamente interesante. Tampoco buscaré hacer gala de algunos datos que sólo la erudición y el tiempo perdido me han permitido adquirir. Quisiera intentar evitar la pedantería que, tan a menudo y sin yo quererlo, envuelve mi escritura. La intención de este texto es hablarles desde mi humanidad o, por lo menos, desde la poca humanidad que en mi ha dejado el excesivo pensamiento. El objetivo: dar cuenta, en la medida de lo posible, de esta gran persona rebosante, ella sí, de humanidad (sea lo que sea lo que esta palabra en cada caso quiera decir).

Recuerdo, ahora, la primera vez que entró en mi vida. Apenas tenía seis años. Justo iniciaba la educación primaria. Él era mi profesor de música. Aunque, efectivamente, fue un gran profesor, no son sus clases lo que en estos momentos viene a mi memoria. Era un domingo de otoño, si no recuerdo mal, y las marchitas hojas de los plataneros reposaban sobre el arenoso suelo del paseo de mi ciudad natal. Los domingos eran el día del mercado y toda la explanada se llenaba de tiendas ambulantes. Tal como marcaban las costumbres de aquella pequeña ciudad mediterránea, habíamos salido a caminar entre las blancas lonas bañadas por el olor del salitre. En aquel tiempo, era de rigor bajar cada domingo a pasear por el mercado aunque no hubiera necesidad de adquirir nada de lo que en él se ofertaba. Ahí se reunía prácticamente todo el pueblo y los comercios sólo eran la excusa para deambular entre la gente, saludar a las amistades y ponerse al corriente de los sucesos destacados del pueblo. Por lo menos, así creo recordarlo.

Aquel día, entonces, estábamos con mi padre paseando por el mercado cuando lo vi venir directo hacia nosotros. Era un hombre alto y lucía una larga melena que le llegaba hasta la cintura. Yo poco sabía de la amistad que tenía con mi padre, así que cuando vi al profesor de música dirigirse directamente hacia nosotros, me temí lo peor. Pero contrariamente a lo que esperaba, empezaron a platicar de sus cosas. Resulta que Xavi justo acababa de grabar un disco con su banda, los “Quercus Suber”. Tocaba el bajo eléctrico. A partir de ese momento siempre me interesé por aquel instrumento y cuando me decidí a aprender a tocarlo, varios años después, no dudé en tomar clases con él.

Fueron muchísimos los momentos compartiendo cervezas, música y experiencias en su garaje, junto a Rita (un perro salchicha que siempre lo acompañaba), o en su casa, junto a Gemma (su mujer) y sus dos hijos (Martí y Pol). Aprendí infinidad de cosas de él y con él, pero el infinito no se puede contar y, a veces, los hechos más aparentemente intrascendentes son los que más marcan una vida. Escucharlo tocar el bajo era como escuchar hablar a un corazón; no sólo porque tuviera un pulso de acero que hacía que cada nota estuviera siempre en el lugar preciso, sino porque era capaz de transmitirle al instrumento una emotividad de la que muy pocos músicos son capaces (incluso con instrumentos habitualmente más expresivos). Mantendré conmigo su rostro con la media sonrisa que siempre lo acompañaba y aquella mirada melancólica que muestra siempre todo aquel que ha abrazado la vida con la máxima intensidad que ha logrado alcanzar.

Desde que crucé el océano para venir a vivir a México, he tenido el temor de que algún día algo similar le pasara a algún ser querido. La distancia, el largo tiempo sin verlos, la imposibilidad de despedirse o de acompañar al resto de personas con las que compartió su vida en estos duros momentos de despedida incrementan aún más la sensación de impotencia ante esta injusticia inapelable e irrevocable que es siempre la muerte (tanto propia como ajena). Así, desde la lejanía, con este texto, intento dirigirle aquel adiós que no pude pronunciar en persona, aunque sea torpemente y de un modo tristemente narcisista. Ya no podré seguir aprendiendo de tu maestrazgo, ni podré tomar más cervezas contigo tratando de asimilar tu basta experiencia, amigo, maestro y, como a menudo decías medio en broma y medio en serio, padre.

Dije que no haría, esta vez, ninguna reflexión. Sin embargo, aunque tal vez sea un lugar común y banal, no puedo evitar plantear el siguiente esbozo: Cada vez con más insistencia, desde la escuela (con la clásica pregunta: ¿qué quieres ser de mayor?) hasta la televisión y los libros de coaching, se nos enseña y casi se nos conmina a luchar por lo que queremos. Siguiendo este impulso, crucé el Atlántico alejándome de mi familia. Yo, por lo menos, pude elegir (podía haber querido otra cosa). Pero, tristemente, la gran mayoría,  no: lo único que quieren es vivir y deben partir, abandonando a sus familias, para luchar por ello. Esta movilidad es a menudo aplaudida por los discursos neo-liberales: Es mejor que el trabajador vaya donde hay producción que no que la producción vaya a donde hay trabajadores; al separarse de sus allegados pierden su respaldo y ello los hace más vulnerables y más dispuestos a aceptar cualquier tipo de condición laboral. Tal vez deberíamos aprender, por el contrario, a estar y convivir el máximo tiempo posible con los que queremos. ¿Cuántos aprendizajes y cuantas experiencias se pierden en esta absurda lucha individual que, sin embargo, se nos impone?

Os comparto a continuación un enlace en el que podréis escuchar a Xavi Monfort tocando “El cant dels ocells”, la canción popular catalana que el violinista Pau Casals propuso como himno de la ONU: https://www.youtube.com/watch?v=jkvipIh3XpY

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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