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sábado, junio 22, 2024

Amor, donación y otras vanidades

Gerard Moreno Ferrer

No hace tanto tiempo, una persona a la que aún podía querer abiertamente, me preguntó qué podía decir la filosofía sobre el amor. Abrumado por una pregunta de este tipo efectuada por alguien a quien amaba, enmudecí. Siguiendo la costumbre, para salir del incómodo silencio, acudí a los tópicos: Como quien habla de un día lluvioso, le expliqué que filo-sofía quería decir “amor a la sabiduría” y que, por lo tanto, el “amor” debía ser la base de todo pensamiento sinceramente filosófico. Le conté, entonces, el clásico mito platónico en el que el amor es hijo de la indigencia y la abundancia, lo cual hace que pueda pasar de la plenitud a la vacuidad en un mismo día o que persiga siempre la belleza y que, incluso cuando la alcanza, sienta su carencia. Esa finitud del amor, le dije, es la que caracteriza por definición a la filosofía. Es por eso que persigue el saber pero, incluso cuando lo alcanza (si es que puede ser alcanzado), duda de él y se percata de la cercanía de su fin, de la carencia futura.

Por supuesto, estas explicaciones no podían responder a la pregunta que realmente me dirigían. No es nada sencillo responderla. Probablemente podría afirmarse que, junto a la cuestión por el suicidio, se trate de la pregunta filosófica por antonomasia. Es más, me atrevería a decir que una es la respuesta de la otra y viceversa.

Sea como sea, al verme sorprendido por esta inquisición, me percaté de que, a pesar de ser parte del mito fundacional de la filosofía, es una pregunta prácticamente olvidada por una gran parte del pensamiento filosófico moderno y contemporáneo. Obsesionada por la “sofía”, por el saber y su posibilidad, parece que nuestra tradición haya olvidado su punto de partida, su “filo”, su “amor” o filiación. Si volvemos la vista hacia la modernidad, podremos ver que, salvo el caso particular de Kierkegaard (y, tal vez, algún texto de Schelling), poco se ha dicho del amor que no fueran caricaturizaciones o abstracciones totalmente alejadas de su vivencia directa. Parecería que sólo fuera tratado como un elemento anecdótico; importante para la vida, por supuesto, pero no tanto para el pensar. Sin embargo, como decíamos, se encuentra en su mito fundacional e, incluso, en su nombre. Es como si un extraño rubor se apoderara del pensamiento filosófico a partir del momento en el que se ve obligado a atender el motor principal de todo su movimiento y, como en mi caso, se viera obligado a acudir a tópicos y caricaturizaciones para disimular que no sabe qué responder.

Cabe decir que no es mi intención en este escrito proseguir la huida hacia delante de la erudición y los tópicos: Uno puede constatar fácilmente que este era un tema más que recurrente en el pensamiento clásico y medieval (tanto árabe como cristiano). Por supuesto, tampoco pretendo dar respuesta a una pregunta que, como ésta, seguramente sea la más importante que pueda hacerse un ser humano en tanto que humano. Sí quisiera, sin embargo, pronunciar algo cercano, algo propio, aunque sólo sea un pequeño balbuceo casi inarticulado – impreciso, por supuesto – sobre la cuestión que así me dirigieron; aunque sepa que, probablemente, el destinatario de mi respuesta nunca la llegará a leer.

“Conocerse es el relámpago”, dice Pedro Salinas en su espléndido poemario La voz a ti debida. Seguramente a este texto deba mi pasión por las letras. Aún recuerdo aquella tarde en la que aquel joven estudiante de biología que un día fui, llegó a casa con ese libro bajo el brazo y, con su primera lectura, en cuestión de un instante, supo que no quería estudiar biología. Ese fue su gran regalo (o, por lo menos, uno de ellos). Por supuesto, no pude aceptarlo de inmediato. Lo dejé sobre la mesita de noche y lo medité durante varios meses. Su revelación me perturbaba. Pero ya no fui capaz de renunciar al presente que Pedro Salinas, sin que él lo supiera o ni siquiera llegara a sospecharlo (murió 34 años antes de mi nacimiento), me acababa de ofrecer. En lo personal, dudo poder encontrar una expresión más grande de amor que aquella que, sin saberlo, me dirigió mediante ese gran canto al enamoramiento apasionado e instantáneo que es su magna obra La voz a ti debida: No me dio nada que no estuviera ya en mí, de hecho no llegó a saber nunca qué es lo que me había dado; pero, sin su intervención, seguramente, yo nunca habría logrado tener lo que me dio. Al año y medio comenzaba la carrera de filosofía.

Ahora bien, algo cojea en este ejemplo: en él sólo he recibido, o ignoro, por lo menos, qué es lo que yo haya podido dar. Sin embargo, aquí estoy, escribiendo, usando mi vida para dejar constancia de estas palabras a pesar de que sepa que no obtendré retribución alguna por ellas. Cabe decir que esto último no es del todo cierto. Es verdad que, quien quisiera que las leyera, no las leerá, y también es cierto que no obtendré ningún beneficio monetario con su publicación. Sin embargo, sí obtendré cierto placer cuando llegue el lunes y vea este texto al alcance de cualquiera. A pesar de mi timidez, no puedo negar que soy algo exhibicionista. Seguramente, Pedro Salinas, también lo era. ¿Qué otro motivo lo habría llevado a publicar su libro?

Podría decirse, entonces, que en su don de amor había algo de egoísmo; pero que su motivación egoísta era algo distinto a aquello que nos daba con su libro. La una no podía saber de la otra. Él nunca sabrá qué me dio (y, tal vez, nos dio); aunque sí sepa qué satisfacción le dio publicarlo. Yo nunca sabré qué doy con este texto (si es que doy algo); aunque sí sepa qué me satisface de su publicación, qué me ha llevado a usar un tiempo de mi vida en su redacción. Y lo primero que me satisface es, sin duda, el pensar que alguien lo podrá leer y que, cuando lo lea, tal vez le pueda dar a esa persona lo que a mí me dieron, aunque yo nunca llegue a saberlo. Probablemente, pensar esa posibilidad, pueda ser síntoma de megalomanía; sin embargo, aquí estoy, haciendo uso de mi vida para trazar estas palabras que, tal vez, nunca lleguen a afectar a nadie.

Con esto último doy con otro punto importante para entender el amor: la vida, su uso. Dudo que fuera capaz de amar si no supiera que voy a morir. Si no supiera que mi tiempo es finito, y que un buen día se acabará, no tendría necesidad de decidir en que usar mi vida: si una cosa no funciona, podría pasar a otra sin problema; si escribiendo este texto no lograra dar lo que quisiera, escribiría otro infinitas veces, hasta alcanzar mi objetivo. Sin embargo, sé que tal vez nunca pueda llegar a escribir el siguiente texto; que tal vez esto sea lo último que pueda vivir y, a pesar de ello, quiero escribirlo, quiero ofrecerlo, aunque nunca pueda llegar a saber si alguien, realmente, lo recibirá. Precisamente por esto, y por paradójico que parezca, nuestro agradecimiento a quien nos dio es siempre infinito: jamás llegará a colmar el tiempo pasado.

En resumen, nunca podemos saber qué es lo que realmente damos a una persona; de hecho, muy probablemente, no le demos nada que no esté ya en ella. Sin embargo, sí podemos saber qué nos da, aunque, como Pedro Salinas, no nos dé nada que no seamos nosotros mismos. También podemos saber que, a pesar de su muerte, quiere permanecer cerca nuestro, recibiendo lo que le damos (si es que lo hacemos) y dándonos aquello que no sabe que nos da. Tratar de averiguar qué es lo que damos a la otra persona, probablemente sea querer asegurar que no perdemos el tiempo a su lado, confundir nuestro dar con nuestra satisfacción, lo cual es como matar el amor. Es por ello que, del amor, sólo podemos hablar en balbuceos imprecisos e inconsistentes. Tal vez sea por ello que un pensamiento centrado en la claridad y la distinción como el de la modernidad tuvo que dejarlo en un segundo plano y, probablemente, por ello, la certeza de mi conclusión no sea mucho más que un inmenso error.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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