La violencia nos ha sumergido hacia nuestra antigüedad haciéndola presente.
Nos miramos unos a otros y reflejamos lo que somos y dejamos de ser.
Somos observadores de nuestra realidad al tiempo que nos observan por todos lados.
Las desgarraduras que encontramos en las fosas son nuestro propio sacrificio.
A las profundidades infernales hemos descendido sin guía ni espíritu compasivo. Hemos acabado con el balam que pudiera cruzarnos entre la tierra y el averno.
Los antiguos gobernantes se desentienden de los actuales: A cada uno su noche.
Y en la negrura, la reflectante condición de pueblo abandonado a las garras de criaturas inmisericordes.
Los actuales mexicanos somos un pueblo solitario que no se reconoce en la humanidad.
La ira destaca sus garras; el encono nubla la mente; el odio enerva al cuerpo: Todos contra el de al lado, contra el de arriba y contra el de más abajo.
La magnificencia de estos reinos ancestrales se ha quedado en el folclor.
El turbulento tiempo señorea el pecado original verdadero: desamor al prójimo.
Los dioses son mera escenografía de ocasión y sus sacerdotes cebados en la contumacia.
¿Quién puede dirigirnos hacia la claridad? Los ciegos de ambición, no; los enriquecidos por explotación, menos; los profetas del abismo, abundan en su esterilidad.
Tomemos el humeante reflejo y aprendamos y emprendamos otro derrotero. De todos modos, aquí seguiremos.