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martes, marzo 2, 2021

COVID-19, gordura y los cuerpos chatarra 

Por: Abril Saldaña 

 

Después de que las muertes en México por COVID-19 rebasaron los cinco dígitos, el discurso médico tomó direcciones inesperadas. La reconfiguración de la obesidad como comorbilidad COVID-19 renovó la obsesión pública y mediática sobre la dietas y el comer. Ganarle la batalla del etiquetado claro a la industria de alimentos procesados no fue suficiente. El pasado 5 de noviembre, el gobierno anunció una nueva campaña para ‘‘combatir’’ la obesidad a través de una historieta que relata una conversación de una niña delgada y un niño gordo durante el recreo. La niña delgada lleva una bolsita llena de fruta y comida sana, el niño en cambio presume su lonche de pastelillos y bebidas azucaradas. Después de una exposición sobre el peligro de los alimentos procesados, la niña le advierte al niño: ‘‘tienes un cuerpo chatarra’’. La  historieta que pronto será distribuida en 30 millones de hogares en México, es un cúmulo de imágenes estigmatizantes que definen a ciertos cuerpos como cargas para el Estado y como los responsables del devastador impacto de la pandemia en México.

México tiene una larga historia de obsesión por las dietas y el comer. Misioneros españoles, como San Bernardino de Sahagún, les aconsejaban a los indios a comer “lo que comía la gente de razón” para volverse “fuertes, puros y sabios”. Después de la Revolución, el proyecto nacional definía las dietas indígenas como ‘’primitivas’’ y responsables por el “subdesarrollo” de la población. Se favorecía desde entonces una dieta con proteína animal y alimentos procesados ​​e industrializados como símbolos de un país moderno y sobre todo, mestizos. Más adelante, la eugenesia marcaría la dieta, junto con la higiene y los valores morales, como la gran triada del siglo XX y el intervencionismo asistencialista que hasta hoy en día conocemos. Ese que, bajo un principio de corresponsabilidad, les ofrece dinero a las madres a cambio de ‘’educarse’’ en el ‘‘buen comer’’ de sus familias. 

Uno de los elementos más estigmatizantes de las imágenes que circulan sobre la gordura es aquel que reproduce la falsa idea de que el sobrepeso es el resultado de la irracionalidad. En la filosofía tradicional y desde las más arraigadas interpretaciones del cartesianimso, la centralidad del dominio de las pasiones en virtud de la racionalidad se manifiesta en las más diversas formas acusatorias sobre el cuerpo y sus deseos, una de ellas, la gordofobia. Vivimos en un tiempo de contradicciones neoliberales que nos exigen consumir vorazmente y a su vez portar un cuerpo al que no se le note cierto consumo, un cuerpo delgado y disciplinado, un cuerpo bajo el dominio de la razón, capaz de tomar ‘’buenas elecciones’’.  

Pienso en las historias detrás de una escena en donde dos niños muestran la comida que les enviaron de casa, pienso en las madres de esos dos niños, sí, las madres, porque la preparación de alimentos en México es el trabajo de cuidados peor distribuido entre mujeres y hombres según cifras oficiales. Pienso en su muy posible doble jornada, me pregunto la hora en la que despiertan y si comen ellas mismas. En entrevistas a mujeres madres de niños diagnosticados con obesidad en una clínica de la Ciudad de México, recuerdo que la hora promedio en la que las madres de los niños se despertaba todos los días eran las 5.30 de la mañana. Su día laboral, precarizado, remunerado y no remunerado, terminaba, en promedio, a media noche. Mujeres que en el contexto de esta pandemia y el incremento de la violencia doméstica que la acompaña, siguen cargando a cuestas las labores domésticas y de cuidados de hogares que, en millones de casos, no son lugares seguros para sostener su propia vida. Este es el lugar desde donde conforman las bolistas del recreo, el lugar desde donde las vidas permiten o limitan nuestra capacidad real de tomar ‘‘elecciones’’. Definir un cuerpo como ‘‘chatarra’’ no sólo es un acto cruel, inmoral, es un acto de profunda ignorancia sobre aquello que hace que un cuerpo sea habitable, la materialidad desde donde se sostiene o no la vida misma. Podríamos pensar, en todo caso, en un Estado chatarra que se presenta incapaz o sin la voluntad de entender cómo es que la injusticia social y de género, la normalización de la violencia y  la precariedad masiva  moldea aquello que llevamos a la boca y condiciona nuestras posibilidades de sobrevivir la pandemia mucho más que las decisiones individuales de consumo. Existe suficiente evidencia de que mueren significativamente más personas por COVID-19 en hospitales públicos que privados o que la letalidad del virus tiene un vínculo estrecho con bajos niveles de escolaridad y desempleo. Sin embargo, el discurso médico y mediático sigue obsesionado con lo que Foucault llamaría, las “verdades” conferidas al cuerpo, en este caso, que la salud poblacional depende directamente de la fuerza moral de sus ciudadanos, de su capacidad de tomar (y mostrar que toman) ‘‘buenas elecciones’’.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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