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miércoles, julio 24, 2024

Crítica: La primera profecía (2024)

Arkasha Stephenson no sólo le otorga un valor de respeto a la película setentera, sino que también ejerce una fortaleza en la ejecución hereje de sus ideas en una película debatiblemente superior a sus antecesoras.

Uno de los recuerdos primordiales que tengo en mi relación con el cine de horror -y el cine en general- es con La Profecía (1976), aquella película sobre el Anticristo setentera de Richard Donner; de hecho forma parte de un absurdo mitológico porque mi madre quería ponerme de nombre Damien, igual que el chiquillo maldito del filme, a lo que mi padre correspondería esta opción con una negación rotunda y apostando por el nombre más devoto que se le imaginó, que es DeusdeditLa profecía era una película tradicional entre mi familia, una de frecuente revisadas en los sábados de trilogías en el Canal 5 y hasta fue una de las primeras películas que compramos en el moderno formato de DVD, y que nos acompañó en las obligadas vacaciones con un mini reproductor con pantalla que teníamos.

Repasándola hace unos días atrás, puedo entender el por qué de mi fascinación.

En La profecía, básicamente seguimos una historia de completa corrupción moral. Es pesimista a más no poder y con una ejecución malévola porque estamos viendo el proceso de victoria de parte del Anticristo, el cual lejos de ser una figura sombría, se trata de todo lo contrario. Una afronta a la dignidad humana al concebir que Damien (Harvey Spencer Stephens) no es un monstruo: es un niño común. Más bien todo lo relacionado a este es lo que tiene el aire tenebroso y claramente jodido pero la ambigüedad que trató de postular Richard Donner -al final desechada tanto por el autor original como el productor que buscaban algo más cercano a género demoniaco que tenía su boom por ese entonces- logra sostenerse y es genuinamente impactante, sobre todo porque al final de las cosas el sometimiento del mal para derrotarlo es a través de Gregory Peck, quizás la figura de autoridad positiva más relevante del cine norteamericano el cual está a punto de aplicar el sacrificio de Abraham a su hijo, y ser abatido como un maniaco.

Y Damien, victorioso sin saber exactamente del por qué, rompe la cuarta pared asintiéndonos, hemos sido testigos de la confirmación del mal y no podemos hacer absolutamente nada para evitarla.

La profecía se regocija en esta idea pero es una película que cojea en varios aspectos. Se agradece el score de Jerry Goldsmith -de hecho es lo primero que te ataca la película- o su cautelosa construcción entre la curiosa coincidencia de accidentes con la paciencia de un giallo para la poca fortuna de las víctimas y el tono puede adoptar momentos simplones y pulpy como las novelas de horror baratas de las librerías, pero la ejecución de la famila Thorne palidece mucho de un desarrollo genuino y más dentro del personaje de Katherine (Lee Remick) a quien de hecho parecería tener más validez como el personaje protagonista, siendo ella la que comienza a sufrir efectos de deteste en su hijo, a quien le ocurren más los actos de confusión en la naturaleza de Damien y la que más sufre, pero estos escenarios son edulcorantes superfluos para no opacar al personaje de Gregory Peck.

Puede que eso sea algo que haya notado Arkasha Stephenson cuando viera La profecía en su juventud y pensara que el ángulo de la perspectiva femenina estaba desatendido en esta y sus tres partes cinematográficas.

 

Y es que en realidad, la idea de que exista una precuela de una franquicia mayoritariamente olvidada entre el público moderno, también es una rareza. Los indicios del proyecto datan desde la salida del remake del año 2006 y en donde el estudio esperaba revitalizar la saga que construyeron durante décadas pasadas, pero la mala recepción de la película pausaría todo; no fue hasta el año 2016 cuando hubo un resurgimiento del proyecto a manos de Antonio Campos el cual, termina abandonando el proyecto para enfocarse a producciones de Netflix. Entre la idea de seguir el modelo de plataformas sacando películas exclusivas sumado al inicio de las pláticas de la absorción de 20th Century Fox a Disney, por azares del destino queda ofrecido a Stephenson la cual pide poder reescribir el material para sus afinidades con la promesa de un presupuesto menor.

Eso irónicamente es un milagro, porque Disney deja una película de presupuesto limitado y con libertad creativa en un constante esfuerzo de sacar proyectos monumentales, pero eso lejos de limitar a Stephenson como autora del material, lo eleva y me atrevería a decir que entrega una película superior a las antecesoras. Stephenson plantea algo bastante inusual para el horror porque tiene múltiples ángulos que quiere cristalizar y que logra unificar en el argumento de manera bastante sólida.

Es una película que ejerce un camino que puede darse espacio a la interpretación del camino de la fe y sobre todo del cómo se lleva este siendo una mujer en la iglesia. Del cómo la idea de tener una vida libertaria no significa estar peleado con la idea vocacional por un lado y también ejercer un momento de absoluta expiación con otro personaje que intenta aproximarse a ese estilo de vida, de monjas viviendo con autonomía su aparente vida sacada del musical de Rodgers y Hammerstein pero que en apariencia también terminan cediendo a un control de autoridad falocentrista. Algunos van dentro del cliché eterno del género de nunsploitation que alude y que en estos años ha tenido un resurgimiento bastante popular al que también le agrega el obligado valor de la histeria colectiva y el maltrato de las enfermedades mentales que se usan como herramientas de oportunismo para los cultos, pero a sabiendas de que es una película sobre la procreación del maligno, Arkasha termina dando atención a esta idea porque si la idea de la posición de la mujer en la estructura religiosa sirve para un fin sin posición de autoridad, la idea de que esta busque tener autonomía también de su cuerpo representa una idea de represión constante a la que las deformidades y laceraciones le dan una apariencia constantemente vaginal.

El horror de la vagina dentata aplicado en una película sobre el nacimiento del Anticristo y en donde curiosamente se perciben estos momentos viscerales mucho más penosos que otros momentos de constante sangre y violencia, un infortunio de parte de los comités de censura que se asustan por mostrar naturaleza del cuerpo, pero que no hace otra cosa más que la de afianzar el abanderado de Stephenson en su propuesta temática. Y esto también funciona, porque La primera profecía es una película inteligente en su construcción del horror.

La primera profecía claro que tiene secuencias jumpscare como el cine moderno, pero estos son materializados de forma variopinta como las aproximaciones mundanas modernas, pero más notorios son los momentos en donde la ejecución del susto es contemplativa, en donde el ritmo se detiene para ahogar en su atmósfera gótica y de ocasos, en donde la intuición de que algo está mal en el momento con la pista del horror está presente y no miente, pero es uno que no corta para desalentar la tensión.

Estos y sobre todo otras conjugaciones del horror que van desde flashazos subliminales de penes demoniacos o un ritual de fecundación aberrante, en donde tenemos más o menos la noción de lo que está ocurriendo pero que ahora Aaron Morton en la fotografía no nos da espacio de interpretación a menudo mostrando la reacción de un rosto desdibujado en un telar o pasando, a una oscuridad total en donde sólo tenemos la intuición de lo que está ocurriendo, en más segundos de lo que uno podría pensar que tendría una película de esta calaña.

Todo esto aderezado con grandes detalles: un diseño de producción que entiende el valor estético de la década que intenta emular con gran tino en escena y con su cámara, y el score de Mark Korven, un flujo de coros religiosos ritualísticos con sonidos extraños, susurros violentos y mujeres en éxtasis que culminan en el filme con la aparición del Ave Satani de Goldsmith, como si Damien diese orden dentro de este caos de fe.

La primera profecía sorprende por su escala, su crítica -una que se le podría sumar pero que me abstengo de revelar es en uno de sus giros, que resulta hilarante al proponer como la idea del némesis, un remedio para atender las preocupaciones de aquellos que jurarían odiarlo- y una reinvención de la franquicia, que ojalá y no se quedara bajo esos estándares y fuera la propia Arkasha la que le diera una continuidad en su propia saga. Los números no han sido los más potentes, pero su bajo costo ya de por sí la vuelve reedituable y no sería problema alguno.

Pero por sobre todo, la idea de una mujer postulando una obra atrevida del género y que se mantuviese al margen de la producción y la decisión creativa, es algo que nunca ha pasado en toda su historia. Felicidades Arkasha, uno no esperaría ver paradigmas rotos en la propuesta más mundana en insospechable posible.

 

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