En su nueva película, Shyamalan confronta la fascinación de dos emblemas norteamericanos: las súper estrellas pop… y los asesinos seriales. El resultado es un deleite de horror y comedia inteligente, meditativa y hasta emocional.
Es sábado por la noche y regresando a la casa me encuentro en redes sociales con las más recientes noticias referentes a los proyectos de Disney que han estado anunciando durante estos días en su convención exclusiva… normalmente dedicada a apaciguar las ansias de ejecutivos y de accionistas pero ahora volteando a ver al público entendiéndolos como gente que suele estar anclada a sus propiedades intelectuales. Y rayos… qué completa depresión anuncia el panorama norteamericano dentro del blockbuster ponderante en estos años: uno en donde gente que a pesar de haber ganado premios de hombres desnudos dorados entre otros o figuras del pasado que eran sinónimo de parteaguas culturales pop ahora quedan relegados a ofrecer sus servicios y la poca credibilidad que les queda en propiedades intelectuales sin alma con la mera intención de sacar dinero del bolsillo con maremoto orgiástico de efectos por computadores descuidados, porque eso sí, el dinero va a una figura actoral que no actúa, porque está detrás de un traje, de un león o lo que sea que el departamento de relaciones públicas de Disney pensó en contrarrestar los efectos de un enano que termina ahora siendo más ofensivo que la denuncia original, todo de parte de un sujeto que trabaja más de 6 días a la semana tiene que pulir con lo que le queda de alma.
Es en estos momentos cuando pienso en M. Night Shyamalan.
Uno puede decir lo que sea sobre Shyamalan, sobre si es un pretencioso o que comete actos de nepotismo, pero Shyamalan es completamente afortunado a comparación de directores actuales y probablemente también sea uno de mayor fortuna dentro de los de su generación por el simple hecho de que Shyamalan no le rinde cuentas a productores inmiscuidos con sus ideas, de si representan taches sobre universos compartidos o canonizadas en propiedades intelectuales intachables, de si estas cuestan un ojo de la cara que obligatoriamente debe conseguir la fortuna prestada en tres días. Esto lo hace porque Shyamalan produce sus propias películas, pone sus lineamientos y simplemente busca opciones de distribución.
Es en este ejercicio en donde Shyamalan se vuelve de los últimos autores dentro de la industria americana en donde además nunca se contiene en una vieja gloria o un esquema caracterizado en el cliché como la gente suele tratarlo con desprecio y en donde curiosamente aplica un método extinto de filmar económico digno de las condiciones ejercidas por maestros como Roger Corman, William Castle o John Casavetes en donde además, se le ve siempre contento y con una mirada aguda… y en terrenos en donde las aves se encuentran capturadas en jaulas de oro preciosas y adornadas, las bestias aladas sin poder usarlas siempre van a mirar con envidia a aquel que anda recogiendo ramas por todo el mundo.
Lo mejor de todo, es que Shyamalan cada que estrena algo, el conversatorio rara vez predica sobre un lado de la balanza: siempre se encuentra con detractores y defensores por igual y eso termina haciéndolo mucho más interesante y emocionante de esperar bajo la sala de cine. Con La trampa, el mismo fenómeno persiste.
La trampa como buena obra dentro del horror parece tener una génesis planteada en el escapismo de su creador frente a la cotidianidad de lo mundano. Así como Tobe Hooper en un momento de 1972 piensa que usar unas sierras eléctricas para escapar de una gran barata dentro del centro comercial le dan semilla a lo que conocemos como La masacre de Texas (1974), Shyamalan parece haber tenido puntos de desfogue frente a la titánica misión sectaria de ir a ver a Taylor Swift, y en donde una oleada interminable de personas termina dándole inspiración a un giro escabroso… porque al final de cuentas no sólo irían swifties a semejante evento, algo habría fuera de la normativa. Es a partir de esta excusa que La trampa resulta bastante sencilla en su argumento y en donde Shyamalan goza de romper su establecida regla para detractores, porque no hay un giro que nos revele la identidad del asesino serial… la pone en los primeros minutos.
Esto lo que termina logrando es que se presenten estos dos mundos de fascinación por parte de la sociedad y en donde Shyamalan encuentra puntos bastante graciosos, de cómo tanto un monstruo serial y una figura de lo popular gozan de popularidad y seguimiento a lo que sea que intenten hacer, de cómo al chocar se terminan revelando egos enormes entre los dos y de que al final de cuentas son lo mismo: figuras que terminan intentando ser personas en la sociedad que ocultan una profunda diferencia sobre lo que realidad son.
No es tampoco fortuito que postule al asesino similar con la estrella pop y hasta en ciertos momentos Shyamalan parece revelar a La trampa en un sentido vacío, de un deteste hacia lo mundano que resulta encontrar fanatismo, particularmente más apuntando dentro del terreno morboso de entender a los asesinos seriales como figuras de idolatría justificando un morbo inexplicable… tan inexplicable como el tratar de entender como órgano externo el por qué chiquillas gritarán como locas al ver a la ídola de su vida entendiendo que les arregló la vida.
Este esquema de percepción se enfatiza porque dentro de su construcción del horror, la visión moralista del blockbuster no suele dejar interpretar al villano como un protagonista principal al que seguimos en todo momento porque nos acostumbran a los buenos contra los malos de forma insípida… pero El carnicero es encantador, nos acaba de revelar su secreto sin un tapujo de pudor en una especie de gozo del control que aplica, y en donde su cara amable y hermosa nos deja conflictuados frente a su construcción falsa de un buen padre que quizás sea más real de lo que nos podemos dar el lujo de ceder.
Estamos encerrados al igual que él y depende de su astucia tratar de encontrar una salida a su problema que nunca deja de acrecentarse, pero que Shyamalan al lado de Sayombhu Mukdeeprom construyen un juego de gato y el ratón bastante emulativo al de un videojuego: una misión elaborada de desechar o usar información o alternativas de escape, y en donde la astucia de El carcinero lo dota de una credibilidad y suerte que le permite incluso dañar personas o conseguir elementos para su campaña sin problema alguno… y es un goce ver esa malicia ejerciendo un poder porque por sobre muchas cosas, Shyamalan y Mukdeeprom emulan estilos visuales y narrativos de maestros del suspenso.
Es al final de cuentas entender al cine establecido bajo los engranajes de debajo de la mesa, y en donde Mukdeeprom muestra la información o amenazas del entorno cual filme de De Palma volviendo la imagen una especie de sexto sentido del protagonista y en donde el habitual juego de plano y contra plano de las películas de Shyamalan parece reforzar la falta de entendimiento del ciudadano común con las defensas bajas y los ataques de ansiedad que trata de esconder Josh Harnett con tics que tratan de salir a flote entre que disfruta el concierto, pasar tiempo con su hija o de que niega comportarse como un hombre de Michael Mann para dejarlo todo a la suerte por su pellejo.
Y eso también es gran parte a una proeza por parte de Harnett. Nunca había estado tan liberado de un atavío como un tipo guapo que lo encasilló en los dos mil, pero Harnett aplica un control corporal también entregado a la comedia en meros detalles simplones que pueden pasar desapercibidos… del cómo su trastorno compulsivo lo vuelve la mayor parte del tiempo su enemigo, o de cómo transforma su voz y llega a abrazar a su hija entre que la ama y también para encorvarse y hacerse pasar por otra estatura para no llamar la atención.
Esa genuina construcción bastante hábil también sirve para revelar una lectura mucho más personal de parte de Shyamalan, entendiéndose como padre de familia creador de monstruos que a menudo le intentan separar de sus hijos… sería extraño pensar en esta película como una expiación del pasado porque por lo que parece Shyamalan siempre ha tenido un amor hacia su familia genuino, sea por la atención a protagonistas infantiles, o de que el simple hecho de que la mayoría de sus historias son extensiones de lo que le contaba a sus hijos y que este ha querido darles tributos en forma de adaptar su caricatura favorita. La trampa se presta a este mismo juego poniendo en frente a Saleka Shyamalan, su hija como objeto de estudio del mundo entero, de devoción absoluta, y de un conmovedor paragón para enfrentar la malicia de lo que él concreta, de cómo a través de su arte intenta plasmar algo de lo que se siente orgulloso y que cómo a través termina entregada a ser una final girl que se vuelve en lo que Taylor Swift se percibe como persona.
La trampa es un absoluto deleite, un juego emocionante que si se le ve de forma incorrecta resultará en una película comidilla de agujeros de guion y en donde los diálogos extraños de Shyamalan le resta una visión “natural” de algo que no intenta ser un documental. Vista a través de los lentes de la comedia negra entrega con pasión sus temas que nos hacen reír al lado del diablo por un buen camino y… en donde la ruptura de contrato de Shyamalan también ejerce una trampa al público, porque su giro es aplicado ahora en el tono que va constituyendo, y en donde ahora el razonamiento sobre el asesino pesa en un tono agravante y tenebroso… sin dejar de perder esa sonrisa que el desgraciado ha puesto en nosotros tan similar a la de su resbaloso villano.
Entendernos como parte de ese morbo y del que fuimos parte en donde esbozamos muecas similares y terminamos vitoreando por cómo se logra salir con la suya, me remite a esos antiguos monstruos del pasado que ya no existen: en esos encantadores Jason, Freddy, Chucky y demás tan ausentes de un ícono del horror que se preste a ese cinismo que le podemos ceder. Bien podría decirse que El carnicero, el “Trampas”, está cercano a ese cede de moralidad.