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sábado, noviembre 27, 2021

El arbolado urbano en el desarrollo de las ciudades

Hemos visto recientemente en algunas de las ciudades del Estado de Guanajuato, una participación importante de la sociedad civil organizada, alzando sus protestas en contra de la tala y trasplante de árboles, con motivo de la realización de obra pública. 

En todos los casos, el argumento institucional es el mismo: Que la tala de árboles tiene que dar paso a la “modernización” que genera la obra pública. Que la tala de árboles trae mayor “beneficio ambiental”, porque los vehículos circularán más rápido, evitando la “acumulación de dióxido de carbono”. Que es “necesaria” la tala y por tanto la ampliación de carriles para la circulación de vehículos.

Dentro de esos argumentos (si es que lo son, puesto que la argumentación debe desarrollarse dentro de las leyes del razonamiento y que sean comprobables), no me queda claro si el poco aprecio por el arbolado urbano viene del desconocimiento, la apatía o la ausencia de creatividad en el diseño urbano.

El Reporte Nacional de Movilidad Urbana en México 2014-2015, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat), señala que en la construcción de infraestructura para vehículos privados (construcción calles, ampliación de carriles, reducción de camellones arbolados, etc.), es a donde se dirige un alto porcentaje de los recursos públicos.

La inversión para ese rubro, incentiva el uso intensivo e irracional del automóvil, incrementa la congestión vial y los niveles de contaminación ambiental y auditiva, así como el deterioro de la calidad de vida, generado por un crecimiento acelerado de nuestras ciudades, en un contexto de vacíos y deficiencias en la planeación urbana, que ha llevado a una alta dependencia del automóvil.

El problema de la movilidad urbana que tienen su origen en la fragmentación y dispersión de la ciudad, se sigue pretendiendo solucionar construyendo más caminos, puentes, pasos a desnivel, para dar acceso a las periferias, generando con ello nuevamente más fragmentación y dispersión, ahora en periferias más lejanas. En esa respuesta deficiente de sistemas públicos, el beneficiario es “el automóvil”, que de entre los medios de transporte es el que crece mayormente, ocupa más espacio, traslada menos personas y contamina más, siendo un medio de transporte excluyente que genera costos sociales, económicos y ambientales.

Es suma, en una ciudad pensada y planeada para vehículos, el mensaje es ¡Talemos árboles! ¡Demos paso a los vehículos!

Contrario a lo anterior, la jerarquía de movilidad contenida en el artículo 9º de la Ley de Movilidad del Estado de Guanajuato y sus Municipios, señala que la prioridad en la utilización de la vía pública y la distribución de los recursos presupuestales, atenderá el siguiente orden: (i) peatones, (ii) ciclistas, (iii) transporte público de personas, (iv) transporte de cosas y bienes, (v) transporte particular y (vi) maquinaria pesada. Es decir, la movilidad en vehículo particular, es el penúltimo en la jerarquía.

Además el artículo 42 de la misma ley, dispone la obligación de las autoridades de considerar la jerarquía de la movilidad en el diseño, uso o destino de la infraestructura de la vialidad. Por lo que talar un árbol, desincentiva la movilidad peatonal (que se encuentra al principio de la jerarquía) por la sombra que produce; y, talarlo para el paso de vehículos, contraviene la jerarquía de la movilidad.

El doctor Carlos de Castro Carranza, profesor de física aplicada en la Universidad de Valladolid, describe al árbol como una “máquina” (dirigiendo ese lenguaje a aquellos que reducen el valor en relación a la utilidad) «… de una eficiencia y capacidad a años luz de lo que el mejor ingeniero podría soñar. Un árbol absorbe una pequeña parte de la energía incidente para fijar el disperso CO2 en su propia estructura, participando en el ciclo del carbono, donde éste se recicla a tasas de más del 99,5% […]. Además, usa la mayor parte de la energía incidente para participar en el ciclo del agua […], sube los nutrientes que necesita desde el suelo (al que contribuye a formarse y enriquecerse) hasta las ramas y las hojas. Esta “máquina” es capaz de autorrepararse y resistir tormentas que pocas estructuras humanas resisten, es capaz de sobrevivir, si así se le requiere, durante miles de años, y es capaz de generar un bosque y de alimentar a humanos y animales. Debajo de él hay un microclima cuya sombra es más eficiente para enfriar el suelo de nuestras ciudades que nuestros mejores “aires acondicionados”.»

Los árboles proporcionan importantes servicios a una ciudad. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat), señalan que los árboles urbanos pueden bajar la temperatura del aire entre 2 °C y 8 °C; son excelentes filtros para los contaminantes urbanos; regulan el flujo del agua y mejoran su calidad; absorben hasta 150 kg de CO2 al año, secuestran carbono y mitigan el cambio climático; colocados de manera adecuada, reducen la necesidad de aire acondicionado; proporcionan hábitat y alimentos y protección a plantas y animales, aumentando la biodiversidad urbana; el paisajismo que genera, aumenta el valor de un inmueble; señalando además, que pasar tiempo cerca de los árboles mejora la salud física y mental, aumenta los niveles de energía y la velocidad de recuperación y descienden la presión arterial y el stress.

En el caso de las protestas sociales recientes, una sociedad protesta cuando no se le hace partícipe de la toma de decisiones. Protesta cuando las decisiones tomadas por la autoridad, no corresponden con un nivel mínimo de congruencia social, o las decisiones evidencian una ignorancia tal que contraviene inclusive bases científicas de desarrollo.

Y no son casualidad los gobiernos municipales que inhiben la participación social en la toma de decisiones. Ni son una casualidad las protestas ciudadanas. Tampoco son producto de la casualidad los problemas de movilidad. No siendo tampoco casualidad la tala indiscriminada de árboles en nuestras ciudades. Es el resultado de la falta de capacidad para desarrollar sustentablemente una ciudad, de gobiernos locales sin profesionalización y carentes de innovación.

Señala el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), en su documento El municipio: una institución diseñada para el fracaso, que “Los efectos del mal funcionamiento de las ciudades están a la vista: las manchas urbanas se expanden de forma caótica a través de enclaves de vivienda remotos y desvinculados del resto de la ciudad, las calles se saturan de vehículos que generan congestión y contaminan el aire […] Para elevar la competitividad de las ciudades del país es necesario contar con gobiernos locales profesionalizados, eficaces y estables, capaces de entregar resultados y de trabajar de manera conjunta con otras autoridades. […] nuestras ciudades carecen de instituciones de gobierno eficaces y profesionales.

Ante ese escenario, seguirán siendo reconocidas todas las voces de expresión social de ciudadanos exigentes que pugnan por una mejor ciudad, cobrando aplicación las palabras del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni, Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos −al respecto de su Conferencia en el Seminario Internacional de Derechos Humanos y Sistema Penal, recién celebrado en Guanajuato-, “Los derechos no se obtienen por gracia, los derechos se obtienen con lucha y, si es necesario, se arrancan…”.

Martín Barajas Torrero
Becario de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para el Programa de Estudios en Derechos Humanos y Políticas Públicas. Consultor en Ordenamiento Sustentable del Territorio. Abogado litigante en derecho administrativo. Incansable observador urbano, construyendo ciudades proveedoras de bienestar. martinbarajastorrero@gmail.com

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