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jueves, abril 22, 2021

La curiosa historia de los mellizos jarochos (partes I, II y III)

Claude y Joan, mellizos de apellido desconocido, eran dos albañiles empleados por la S. Pearson & Son para la remodelación de uno de los cuatro muelles del puerto de Veracruz. Las obras habían iniciado en 1882 y a pesar del entusiasmo inicial, el avance fue problemático, pero sobre todo lento. Esto porque la mayoría de los trabajadores temían quedar desempleados tan pronto concluyeran con las obras. Circunstancia que medianamente cambió cuando Weetman D. Pearson, dueño de la firma, anunciara que los empleados más eficientes serían recontratados con paga al doble para la obra más importante de todas: el malecón.

Claude era de piel morena; estatura baja y cuerpo correoso; sus ojos, en el mirar, unas veces tristes y otras confundidos; tenía la espalda erguida, pero los hombros caídos y cabeza adelantada por lo demandante de su oficio. Características que compartía a cabalidad con su hermano mellizo, salvo el prognatismo que afectaba el rostro de Joan. Desde que tenían memoria y hasta que fueran contratados para la remodelación del puerto, habían vivido de la misericordia de los marineros extranjeros que atracaban en el puerto y quienes a cambio de ser asistidos con la carga y descarga de mercancías, pagaban a los mellizos no tan generosamente con monedas o comida. Hacía varios años, cuando el transatlántico alemán de la Hamburg Amerika Line atracó por primera vez en Veracruz, un marinero francés que lo tripulaba, además de pagarles con una moneda de bronce, los bautizó con los nombres de sus hermanos: Claude y Joan. A partir de entonces, ambos morenazos llevaban nombres de los que el propio Napoleón Bonaparte estaría orgulloso. Resuelto el tema de sus nombre todavía quedaban varios aspectos de su vida que eran inciertos incluso para ellos, por ejemplo, su edad. Pues si bien es cierto que fueron inscritos en los registro patronales de la S. Pearson & Son como mayores de edad, también lo era que ninguno de ellos recordaba haber vivido veintiún años. Vicisitud que pudo haber sido fácilmente resuelta con los datos de sus actas de nacimiento, pero como en los libros del registro civil no había constancia de su existencia, los mellizos celebraban su cumpleaños cada veintiuno de marzo en honor al ex presidente de México, Benito Juárez.

El gran malecón que uniría al muelle Fiscal con los tres ferroviarios haría del puerto de Veracruz uno de los más avanzados de la época. Además de los diez metros de profundidad de dragado en los costados y en la entrada del malecón, se instalarían vías con rieles de acero de forma perpendicular a los muelles, se alzarían almacenes e instalarían grúas impulsadas por electricidad o fuerza hidráulica. Y como parte integral de la obra, el gobierno mexicano construiría un conjunto de edificios: la aduana marítima, la de correos y telégrafos, la terminal ferroviaria, entre otros de gran envergadura.

Los mellizos fueron puestos bajo las órdenes de Gerard, un ingeniero catalán a quien se le encomendó un edificio de mampostería al sur del puerto que haría las veces de estación sanitaria y aduana para los equipajes. Por su impresionante capacidad de cargar piedras sobre sus espaldas y su gran disposición al trabajo duro y mal pagado, Gerard los apodó como los mellizos bastaixos, pero como la pronunciación del catalán les resultaba muy complicada, después de algunos días terminó por tropicalizarse al apodo por el que Claude y Joan serían mundialmente reconocidos: los mellizos jarochos.  No obstante, considerando que no hay fecha que no llegue, ni plazo que no se cumpla; concluidas las obras de remodelación, los mellizos jarochos quedaron nuevamente desempleados.

El puerto de Veracruz se reinauguró con bombos y platillos en 1902. Para celebrar la magnitud de las obras, altos funcionarios del gobierno de México se dieron cita en el muelle Fiscal en compañía de delegados de la Royal Mail Steam Packet Company, West India Pacific Steamship, Alexander Line y demás compañías con intereses comerciales en el país. Entretanto, los mellizos se sentaron sobre una banca del puerto a comer los bolillos que un policía de nombre Aurelio, les había regalado hacía un par de horas.

 —¿Por qué no nos vamos para la capital?—, preguntó Claude a su hermano. —Gerard me dijo que un italiano está construyendo palacios y que requiere de mano de obra.—, agregó refiriéndose al arquitecto Silvio Contri encargado de la edificación del Palacio de Comunicaciones en el Centro Histórico capitalino. Las migajas del bolillo caían sobre su pantalón de mezclilla, cuyo color azul había cedido al de la mugre y suciedad.

¿Mano de obra buena y barata no?—, aclaró Joan mientras una mueca sarcástica se dibujaba en su rostro y lanzaba un suspiro en señal de frustración.

Una hora después, un buque de colores grisáceos atrancó en el puerto. Los tubos de quince metros de largo que sobresalían de la cubierta convencieron a los mellizos de que no se trataba de otro barco mercante. Cuatro espigados oficiales de la armada de los Estados Unidos, portando su uniforme de gala, descendieron del buque a paso marcial. Tan pronto sus suelas tocaron el muelle, una borrasca de viento los recibió tumbando la gorra de uno de ellos —el único con bigote— quien inútilmente la persiguió hasta que ésta cayera al mar para perderse por siempre. El oficial, abochornado, no tuvo más elección que seguir su caminata con los cabellos alborotados descubiertos. Los mellizos, desde la distancia y comodidad de la banca, disfrutaron la escena a carcajadas.

¿Nos quedó bonito el muelle no?—, dijo Joan orgulloso.

No entiendo tu obsesión con esta ciudad que no nos ha dado más que pobreza. Tan pronto consigamos una forma de largarnos, lo haremos—contestó Claude. No solía haber espacio para discusión después de tal determinación.

Cuando el bolillo se acabó, un objeto que había sido arrastrado por las olas hasta la costa, llamó la atención de Joan. Se paró y lo alcanzó. Sacudió la arena incrustada en él y se llevó la gorra del ejército estadounidense a la cabeza. Hecho que acompañó con una torpe y caricaturesca marcha militar que Claude presenció divertido, sin embargo, él no era el único espectador: Frank Friday Fletcher, oficial de la armada estadounidense y dueño de la gorra, también estaba ahí, pero a él no le divertía tanto como a los imberbes escuincles. Lo que los hermanos pensaron sería una reprimenda por parte del estadounidense, se convirtió en una oferta laboral que les fue recitada en un español bastante bueno y la que ellos valiéndose de un yes bastante malo aceptaron sin siquiera haber escuchado la descripción del trabajo.

Parte II

Aunque sus nombres no estaban registrados en el manifiesto del destructor estadounidense, los mellizos se integraron a su tripulación sin mayor dificultad. Llevaban vestimentas muy similares a las del resto de los marineros; sólo les faltaban los emblemas e insignias propias de un uniforme militar. Al alba, con el sonido de la corneta, los mellizos se unían al resto de los soldados en las labores de limpieza del barco, mismas que desempeñaban con mayor destreza que los entrenados para la guerra. Por las tardes fueron puestos bajo la tuición del marinero Brian González para aprender a escribir y a hablar el inglés; habilidades que también aprendieron con relativa facilidad. Eso y la simpatía que generaron entre los oficiales estadounidenses fueron las razones por las cuales, después de algunos años de aprestamiento en la base naval de Washington, fueran naturalizados estadounidenses en términos de la leyes de Naturalización de 1870; claro que en la solicitud de trámite tuvieron que decir que eran originarios de Camerún, porque los latinos no eran elegibles para adquirir dicha nacionalidad. De forma que quedaron registrados bajo los nombres de Claude y Joan, ambos de apellido Bassogog. Después de seis años viviendo y comiendo la misma dieta que los marineros, los mellizos aumentaron el mismo número de kilos de peso y centímetros de altura.

No pasó mucho tiempo antes de que los mellizos regresaran a la mar. A bordo de distintos buques de la armada estadounidense conocieron el río Yangtsé que fluye a través de ocho ciudades de China; la Bahía de Manila ubicada en las islas filipinas de Luzón y hasta participaron en misiones encubiertas para ayudar a los rusos en la batalla de Tsushima, en la que los japoneses terminaron por propinar una de las derrotas más humillantes a Rusia: más de diez mil hombres muertos o capturados y una veintena de buques insignia hundidos.

La labor de los mellizos en la armada estadounidense no fue del todo militar; limpiaban la cubierta y demás partes del barco, así como asistían a los ingenieros navales en labores de mantenimiento. Eso les daba de comer y un lugar donde descansar sus jóvenes y maltratados huesos. Mucho más de lo que tuvieron en las costas veracruzanas. Y pese a haber estado presentes en por lo menos una decena de conflictos armados, ninguno de los mellizos experimentó la constante sensación de que su vida peligrara, salvo en tres ocasiones: la primera fue en China, cuando un grupo de oficiales estadounidenses participaba en una cacería cerca de la aldea de Nankín y ellos los asistieran como cargadores de armas. Uno de los oficiales, el teniente Charles, accidentalmente disparó a lo que creyó era un enorme faisán, pero que en realidad era una mujer hiriéndola en la pierna. Hecho que desató la rabia de los aldeanos, quienes tomaron a todos los participes, incluyendo a los cargadores, como rehenes. Tuvo que ser el propio almirante de la flota y padre de Charles, quien se apersonara en la aldea y negociara la permuta de todo el equipamiento que llevaban los cazadores por la liberación de los rehenes.

La segunda ocasión ocurrió cinco años después de la primera. Resulta que durante la guerra ruso japonesa, un barco mercante tripulado por las fuerzas navales estadounidenses rescató a una decena de marineros rusos que habían quedado varados en una isla coreana. Entre los náufragos no había más que agradecimiento para los norteamericanos, salvo en uno, un criptógrafo de telégrafos de nombre Vladimir, quien consideraba un ultraje a su orgullo el ser auxiliado por una nación distinta a la suya. Lo que todos pensaron se quedaría en un berrinche resultó en un rompimiento de las relaciones diplomáticas entre los países del sol naciente y el de las barras y las estrellas. Esto porque Vladimir se infiltró en el cuarto de comunicaciones y envió un telégrafo advirtiendo a Japón que un barco mercante con bandera de los Estados Unidos traficaba armas para el ejército ruso. Lo que por cierto no era del todo falso. Una semana después, la tripulación de un barco japonés encontró a nueve marineros rusos varados en una isla del Pacífico.

Ese es el precio de la traición y el sabotaje—, dijo el comandante Fletcher antes de dar la orden de abrir fuego en contra del décimo marinero, Vladimir, quien antes de morir profesó unas maldiciones en ruso que los mellizos ni nadie abordo entendieron. Esa tarde aprenderían lo difícil qué es limpiar la sangre de la madera.

Parte III

Una tarde de 1921, mientras los mellizos trabajaban en el cuarto de máquinas del USSS Prairie, escucharon a unos mecánicos decir que el barco se dirigía al puerto de Veracruz en lo que debiera ser un viaje de índole diplomático, lo que les provocó emoción y a la vez orgullo. Alcanzaron las costas mexicanas a inicios abril, pero en lugar de atracar en ellas, Frank Friday Fletcher —ahora capitán de la nave y comandante de las fuerzas navales del Atlántico— ordenó que el barco y la decena que le seguían se posicionasen a un par de kilómetros del puerto y en forma perpendicular a éste. Por lo que respecta a la ciudad jarocha, los mellizos pudieron comprobar que poco había cambiado; en realidad nada, salvo que en las calles no había nadie y que en los techos ondeaban más banderas nacionales de las que recordaban. Un oficial les instruyó preparar las barcazas de transporte, instrucción que obedecieron de buena gana, pues ingenuamente pensaron que ellos las abordarían para pasar el día en el puerto. Fue una ingenuidad que se vieron obligados a superar tan pronto vieron que los soldados de infantería, armados hasta los dientes, eran los que se disponían a abordarlas. Entonces entendieron que el motivo del viaje no era diplomático, sino bélico: incautar un cargamento de armas adquirido por el gobierno mexicano, presuntamente de Alemania.

En uno de los muelles ferroviarios, los mellizos alcanzaron a ver la figura de un hombre dirigirse a los soldados que desembarcaban y que se dirigían cual gacelas en dirección a la ciudad. La distancia les impidió ver que aquel hombre era el mismo policía que los alimentara con bolillos durante su adolescencia, pero ésta no era tan larga como para impedirles escuchar el estruendoso disparo de un rifle Springfield M1903. El oficial de policía Aurelio Monfort fue la primera víctima de la batalla de Veracruz en la que participaron sus habitantes en contra del ejército estadounidense. Y como aquellos no eran más que una milicia conformada por pescadores, albañiles y prisioneros, la batalla por la plaza de la ciudad no duró mucho. Todo lo contrario a lo acontecido en el puerto, pues la resistencia que ofrecieron los jóvenes cadetes de la Escuela Naval terminó por colmar la paciencia de Fletcher, quien ordenó que las piezas de artillería del barco rotaran noventa grados sobre su mismo eje en dirección a esta. Los mellizos miraron la escena aterrorizados.

Van a destruir el puerto—, susurró Joan.

No podemos permitirlo—, confirmó su hermano.

Tengo un plan. Sígueme— y caminaron hasta la bodega de insumos que se ubicaba a un costado del cuarto de máquinas.

Pásame los trapeadores y las escobas—, le instruyó Joan.

¿Esa es tu gran idea: barrer y trapear?—, preguntó Claude sin dejar de cumplir con la instrucción.

Cállate y obedece. Hay otros más allá en el fondo—.

¿Dónde?—, preguntó Claude mientras alzaba la mirada y caminaba hacia allá. De pronto el sonido de una puerta azotándose lo espantó y al que siguió el de una cerradura que se cerraba sólo desde afuera.

Prométeme que te comerás un bolillo en mi honor—, exclamó Joan mientras se alejaba con los trapeadores y escobas prendidos de su mano. Claude le reclamó con fuerza, pero su voz se perdía entre las paredes metálicas y el sonido de las máquinas. No obstante, cuando terminó de hacerlo sintió una extraña e incontenible sensación de decir: —Lo prometo—.

Con la caída del sol en el horizonte, el acorazado USSS Prairie se puso a distancia de fuego del puerto, sin embargo, cuando Fletcher ordenó abrir fuego, los cañones no dispararon ni un sólo proyectil. Esto debido a que palos de escobas y trapeadores habían sido incrustados en los tubos de los cañones, estropeando su mecanismo de ignición. Tardaron tanto en destrabarlos que para ese entonces los gobiernos de México y los Estados Unidos ya habían llegado a un acuerdo para el cese al fuego.

Poco tiempo después comenzarían las pesquisas para encontrar al culpable del sabotaje: los mellizos eran los únicos con acceso al cuarto de insumos además de los oficiales quienes se encontraban en la sala de mando cuando ello ocurrió. Eso y el que Claude estuviera encerrado en dicho cuarto bajo llave, hicieron a todos sospechar de Joan. Para fortuna de éste, jamás lo encontraron. Algunos dicen que se arrojó al agua y que fue aplastado por el buque, pero la mayoría prefiere creer que nadó hasta la costa veracruzana. Esa sería la tercera ocasión que experimentaran que sus vidas peligraran.

Después de servir cinco años más para el ejército de las barras y las estrellas, Claude regresaría a Veracruz donde se valdría de sus ahorros para hacer un poco más que honrar la promesa que hizo a su hermano; abrió una panadería en el puerto, mismo que se conservaba intacto gracias a las proezas de Claude.

Esa es la curiosa historia de los mellizos jarochos.

Said Farid Nasser Guerra
Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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