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sábado, febrero 27, 2021

La curiosa historia de los mellizos jarochos

Claude y Joan, mellizos de apellido desconocido, eran dos albañiles empleados por la S. Pearson & Son para la remodelación de uno de los cuatro muelles del puerto de Veracruz. Las obras habían iniciado en 1882 y a pesar del entusiasmo inicial, el avance fue problemático, pero sobre todo lento. Esto porque la mayoría de los trabajadores temían quedar desempleados tan pronto concluyeran con las obras. Circunstancia que medianamente cambió cuando Weetman D. Pearson, dueño de la firma, anunciara que los empleados más eficientes serían recontratados con paga al doble para la obra más importante de todas: el malecón.

Claude era de piel morena; estatura baja y cuerpo correoso; sus ojos, en el mirar, unas veces tristes y otras confundidos; tenía la espalda erguida, pero los hombros caídos y cabeza adelantada por lo demandante de su oficio. Características que compartía a cabalidad con su hermano mellizo, salvo el prognatismo que afectaba el rostro de Joan. Desde que tenían memoria y hasta que fueran contratados para la remodelación del puerto, habían vivido de la misericordia de los marineros extranjeros que atracaban en el puerto y quienes a cambio de ser asistidos con la carga y descarga de mercancías, pagaban a los mellizos no tan generosamente con monedas o comida. Hacía varios años, cuando el transatlántico alemán de la Hamburg Amerika Line atracó por primera vez en Veracruz, un marinero francés que lo tripulaba, además de pagarles con una moneda de bronce, los bautizó con los nombres de sus hermanos: Claude y Joan. A partir de entonces, ambos morenazos llevaban nombres de los que el propio Napoleón Bonaparte estaría orgulloso. Resuelto el tema de sus nombre todavía quedaban varios aspectos de su vida que eran inciertos incluso para ellos, por ejemplo, su edad. Pues si bien es cierto que fueron inscritos en los registro patronales de la S. Pearson & Son como mayores de edad, también lo era que ninguno de ellos recordaba haber vivido veintiún años. Vicisitud que pudo haber sido fácilmente resuelta con los datos de sus actas de nacimiento, pero como en los libros del registro civil no había constancia de su existencia, los mellizos celebraban su cumpleaños cada veintiuno de marzo en honor al ex presidente de México, Benito Juárez.

El gran malecón que uniría al muelle Fiscal con los tres ferroviarios haría del puerto de Veracruz uno de los más avanzados de la época. Además de los diez metros de profundidad de dragado en los costados y en la entrada del malecón, se instalarían vías con rieles de acero de forma perpendicular a los muelles, se alzarían almacenes e instalarían grúas impulsadas por electricidad o fuerza hidráulica. Y como parte integral de la obra, el gobierno mexicano construiría un conjunto de edificios: la aduana marítima, la de correos y telégrafos, la terminal ferroviaria, entre otros de gran envergadura.

Los mellizos fueron puestos bajo las órdenes de Gerard, un ingeniero catalán a quien se le encomendó un edificio de mampostería al sur del puerto que haría las veces de estación sanitaria y aduana para los equipajes. Por su impresionante capacidad de cargar piedras sobre sus espaldas y su gran disposición al trabajo duro y mal pagado, Gerard los apodó como los mellizos bastaixos, pero como la pronunciación del catalán les resultaba muy complicada, después de algunos días terminó por tropicalizarse al apodo por el que Claude y Joan serían mundialmente reconocidos: los mellizos jarochos.  No obstante, considerando que no hay fecha que no llegue, ni plazo que no se cumpla; concluidas las obras de remodelación, los mellizos jarochos quedaron nuevamente desempleados.

El puerto de Veracruz se reinauguró con bombos y platillos en 1902. Para celebrar la magnitud de las obras, altos funcionarios del gobierno de México se dieron cita en el muelle Fiscal en compañía de delegados de la Royal Mail Steam Packet Company, West India Pacific Steamship, Alexander Line y demás compañías con intereses comerciales en el país. Entretanto, los mellizos se sentaron sobre una banca del puerto a comer los bolillos que un policía de nombre Aurelio, les había regalado hacía un par de horas.

 —¿Por qué no nos vamos para la capital?—, preguntó Claude a su hermano. —Gerard me dijo que un italiano está construyendo palacios y que requiere de mano de obra.—, agregó refiriéndose al arquitecto Silvio Contri encargado de la edificación del Palacio de Comunicaciones en el Centro Histórico capitalino. Las migajas del bolillo caían sobre su pantalón de mezclilla, cuyo color azul había cedido al de la mugre y suciedad.

¿Mano de obra buena y barata no?—, aclaró Joan mientras una mueca sarcástica se dibujaba en su rostro y lanzaba un suspiro en señal de frustración.

Una hora después, un buque de colores grisáceos atrancó en el puerto. Los tubos de quince metros de largo que sobresalían de la cubierta convencieron a los mellizos de que no se trataba de otro barco mercante. Cuatro espigados oficiales de la armada de los Estados Unidos, portando su uniforme de gala, descendieron del buque a paso marcial. Tan pronto sus suelas tocaron el muelle, una borrasca de viento los recibió tumbando la gorra de uno de ellos —el único con bigote— quien inútilmente la persiguió hasta que ésta cayera al mar para perderse por siempre. El oficial, abochornado, no tuvo más elección que seguir su caminata con los cabellos alborotados descubiertos. Los mellizos, desde la distancia y comodidad de la banca, disfrutaron la escena a carcajadas.

¿Nos quedó bonito el muelle no?—, dijo Joan orgulloso.

No entiendo tu obsesión con esta ciudad que no nos ha dado más que pobreza. Tan pronto consigamos una forma de largarnos, lo haremos—contestó Claude. No solía haber espacio para discusión después de tal determinación.

Cuando el bolillo se acabó, un objeto que había sido arrastrado por las olas hasta la costa, llamó la atención de Joan. Se paró y lo alcanzó. Sacudió la arena incrustada en él y se llevó la gorra del ejército estadounidense a la cabeza. Hecho que acompañó con una torpe y caricaturesca marcha militar que Claude presenció divertido, sin embargo, él no era el único espectador: Frank Friday Fletcher, oficial de la armada estadounidense y dueño de la gorra, también estaba ahí, pero a él no le divertía tanto como a los imberbes escuincles. Lo que los hermanos pensaron sería una reprimenda por parte del estadounidense, se convirtió en una oferta laboral que les fue recitada en un español bastante bueno y la que ellos valiéndose de un yes bastante malo aceptaron sin siquiera haber escuchado la descripción del trabajo.

 

Continuará…

Said Farid Nasser Guerra
Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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