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lunes, septiembre 27, 2021

La domadora de elefantes (parte I)

Abrigada por la noche estrellada, se paseaba por el campamento militar cartaginés situado en la región italiana de Plasencia, a un costado del río Trebia. Caminaba entre las tiendas con ayuda de un bastón, el rostro cubierto por una capucha gris y con una túnica del mismo color. La vestimenta y el cuello encorvado hacían creer a los iberos y galos que se trataba de otro anciano que buscaba algo de comer entre las sobras y que se las había ingeniado para pasar inadvertido por los centinelas que custodiaban distraídos la entrada empalizada. Desde que aumentara el frío a la par de que escasearan los alimentos y pagos, la disciplina castrense de un ejercito, conformado en su mayoría por mercenarios —provenientes de diferentes regiones del mundo con costumbres e idiomas más distintos que otros— empezaba a flaquear, sobre todo al centro del campamento, donde los galos e iberos ya planeaban amotinarse en contra de la nación que los contratara, Cartago.

Entró a la tienda donde se encontraban las demás mujeres. No era común que ellas marchasen a la guerra, sólo lo hacían las esposas y amantes de oficiales de alto rango. Razón por la cual constantemente se especularan los motivos por los que la esposa del general, la princesa íbera Imilce no estuviera con ellas. Ella estiró su cuello cuan largo, dejó caer el bastón al piso, tiró de la capucha y con ello descubrió su joven rostro, que era tan negro como la noche que dejaba atrás. Sobre su cabeza no había ningún cabello, pero en su rostro resaltaban unas pobladas cejas negras que coronaban unos ojos azules tan grandes como el mar mediterráneo que bañaba las costas de su natal Numidia. Tenía la nariz levemente ancha y los labios sutilmente abultados; su nombre era Adama, aunque todos la conocían como la domadora de elefantes.

Varios años habían pasado desde que Adama dejara las costas de África en compañía de su esposo Chenik y cinco elefantes de guerra, que habían sido entrenados por ambos cónyuges y que fueran comprados por Cartago para unirse al ejercito que marcharía hacia Roma liderado por el general cartaginés Aníbal Barca. No era la primera guerra entre ambas naciones que constantemente se disputaban el control del mar mediterráneo. Veinte años atrás, Cartago, en ese entonces liderado por el padre de Aníbal, Amílcar Barca, fue derrotado por los romanos, esto tras la batalla de las Islas Egadas, en la que la flota romana del cónsul Cayo Lutacio Cátulo hundió más de doscientos barcos cartagineses, lo que derivó no sólo en la rendición de Cartago, sino en la firma de un tratado de paz que impusiera condiciones humillantes a los vencidos. De ahí el profundo odio que se arraigaba entre los cartagineses en contra de Roma.

Las cuestiones políticas poco importaban a Adama y Chenik, quienes su única labor en la vida era amarse y criar elefantes, a los que por cierto querían como los hijos que nunca pudieron tener. Sus elefantes eran sumamente inteligentes, habían sido entrenados para hacer trucos y hasta paseos, sin embargo, a raíz de la mermada economía cartaginesa, Adama y Chenik perdieron a la mayoría de sus clientes y con ello se vieron forzados en entrenar a sus cuasi hijos para lo que juraron jamás harían, la guerra. Se presentaron en el puerto militar de Qart Hadasht[1] con cuatro magníficos ejemplares y un quinto más pequeño de nombre Sirius. Las bestias abordarían enormes barcos y sus criadores los verían zarpar hacia las costas de Roma, no obstante, en el puerto no se veía ningún barco. Estaba vacío. Resulta que las sanciones económicas derivadas del tratado de paz con Roma implicaron que Cartago no pudiera reconstruir su flota, les explicó una espigado soldado africano.

¿Y cómo demonios piensan llegar a Roma? ¿Volando?, preguntó Chenik al soldado. En su voz se percibía una preocupación casi fraternal.

Llegaremos por el norte, a través de la cordillera de los Alpes—, respondió el soldado, luego exhaló. De sólo decirlo se sentía como un lunático.

Los cinco paquidermos de Adama y Chenik eran ejemplares asiáticos provenientes de India, más pequeños que los feroces africanos, pero más obedientes en el fulgor de la batalla. La guerra era excepcionalmente cruel con estas criaturas: no sólo tenían que soportar reducidas raciones de alimento y el filo de espadas, hachas y jabalinas enemigas, sino el flagelo y constante amenaza de sus jinetes, quienes llevaban consigo un martillo y cincel para atravesárselo por la espina dorsal en caso de que arremetieran en contra de los soldados incorrectos. No conformes con eso, en esta guerra además tendrían que enfrentar los gélidos climas de los Alpes y sus angostos desfiladeros. Un profundo sentimiento de tristeza se apoderó de ambos consortes, quienes con una lágrima en los ojos y tomados fuertemente de la mano, terminaron por ofrecerse como voluntarios en el ejército de noventa mil soldados de infantería, doce mil jinetes y cincuenta y ocho elefantes. El más grande que nadie hubiera visto. Nada ni nadie los detendría. Al menos eso es lo que los augures cartagineses predijeron cuando consultaron a la diosa de la luna Tanit.

Continuará…

 

[1] Actualmente Cartagena, España.

Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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