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martes, mayo 18, 2021

La Guerra de México y del Mundo (parte IV y última)

17 de enero de 1917

Oficina del Almirantazgo y Asuntos Marinos, cuarto número cuarenta

Londres, Inglaterra

Dilly Knox reconoció los pasos cortos y apresurados que siguieron al azote de la puerta, “¿qué hace el inútil a estas horas?”, pensó sin darse cuenta qué ya había amanecido. Salió torpe y apresuradamente del closet, de la misma forma que lo hace un monstruo en un cuento para niños; al recién llegado Nigel de Grey, la extraña escena no lo impresionó, ya se había acostumbrado a las excentricidades de Dilly, continuó preparando su té negro. Dilly, por su parte, luciendo como monstruo, puso apresuradamente el telegrama sobre la charola del té de su compañero.

¿Otra noche en tu casillero?– le dijo Nigel impasible, no sé mostraba dispuesto a atender la urgencia que mostraba su compañero – ¿Acaso encontraste a otro amante de la poesía?– agregó, refiriéndose al código de banderas que Dilly había descifrado tiempo atrás, cuando descubrió el ritmo y rima en los mensajes de un operador de telegramas fanático del poeta Friedrich Schiller.

–Encontré algo mucho mejor. Tengo el presentimiento que esto va a cambiar el curso de la guerra y te voy a dejar ayudarme– En su interior Dilly estaba odiando pedirle ayuda, pero era consciente de su limitación con el idioma alemán, de inmediato puso una hoja con anotaciones a un costado del telegrama. En ella había unos números y una palabra:

“seis siete ocho nueve tres: México”

“¿Estás seguro?”,preguntó Nigel desconcertado mientras se alejaba de la taza de té. Dilly no respondió a la pregunta, en realidad no tenía que hacerlo; podía ser nefasto, pero nunca se equivocaba. En la comodidad de su silla y escritorio que siempre parecían demasiado grandes para su corta estatura, Nigel se sumergió en el mundo de esos números de la misma manera en que lo había hecho su colega durante la noche, salvo un minúsculo detalle… Nigel sí hablaba alemán. Con base en las fórmulas matemáticas que Dilly utilizó para descifrar la palabra México, Nigel descubrió letras, palabras, números, etcétera; con cada carácter descubierto, el siguiente se hacía más sencillo. En su frenesí intelectual celebraba cada nueva palabra descubierta, sus festejos resonaban por todo el edificio sin causar sorpresa en los ahí presentes, pues sabían de las excentricidades de los del cuarto cuarenta. Habían pasado horas desde que Nigel empezó a trabajar y ahora la hoja ya lucía veinte palabras; aisladas, pero suficientes para reportar el mensaje a su superior. A las diecinueve horas Dilly y Nigel salieron del cuarto cuarenta corriendo con la torpeza propia de los que nunca sobresalieron en clases de educación física. Pasaron de largo la oficina de su jefe, Sir James Alfred Ewing y siguieron en dirección a la del Director de la Oficina Naval, William Reginald Hall.

– ¿Quiere que América entre a la guerra… señor? – dijo impulsivamente Nigel al irrumpir en la oficina sin siquiera tocar la puerta.

– Sí, ¿por qué? – contestó el Director que desde hacía años se había resignado a la falta de decoro militar de su equipo de decodificadores.

– Tenemos un telegrama que puede lograrlo –. Dilly arrojó el documento y la lista de palabras sobre el escritorio del Director.

William apenas tuvo tiempo de observar ambos papeles, cuando Dilly le dijo que el remitente era el ministro de asuntos exteriores del Imperio Alemán, Arthur Zimmermann y que a pesar de estar dirigido a Johann Heinrich von Bernstorff, embajador de dicho Imperio en Estados Unidos, el destinatario final era el embajador en México, Heinrich von Eckardt. “¿Qué querrán los alemanes con México?”, susurró William antes de leer los documentos. Dilly respondió a la pregunta, pero William no lo escuchó. Su atención estaba enfocada en las palabras y números que sus ojos veían.

“…reconquistar los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona perdidos en el pasado”

Sus párpados empezaron a temblar. Trató de controlarlos, pero fue inútil, con cada renglón que leía las contracciones aumentaban, y eran cada vez más fuertes.

“…ofrecemos a México una alianza… guerra conjunta”

Era tal su impresión que no pudo continuar con la lectura. Cerró los ojos por unos instantes y su mente viajó en el tiempo. Lo hizo a la fecha en la que Estados Unidos había declarado la guerra en contra de México sin un motivo aparente, guerra qué al ser ganada por los yanquis, obligaba a los mexicanos a firmar un tratado donde cedían la mitad de su territorio. Recordó también que algunos aseguraban que la pérdida del territorio podría haber sido mucho peor, de no ser por la intervención de un tal Nicholas, “¿era Trist su apellido?”, se preguntó. Después recordó a los cadetes mexicanos de dieciocho años que murieron en la invasión a Veracruz hacía apenas algunos años. Pensó en el famoso artillero del ejército mexicano, José Azueta, quien después de dar muerte a más de cincuenta invasores americanos, prefirió morir, a ser atendido por un cirujano yanqui. “Como me hubiera gustado tenerlo en mis filas”, pensó mientras se dibujaba una sonrisa en sus labios. Por unos segundos deseó que la propuesta de Zimmermann se hiciera realidad, que los alemanes comenzaran esa guerra submarina sin restricciones y que ayudaran a México a recuperar lo que, a su parecer, era de ellos. Recapacitó y las contracciones faciales terminaron. Abrió de nuevo los ojos y ahí estaban Nigel y Dilly, encorvados y curiosos. “A este par de vírgenes les deberían hacer una estatua”, se dijo en sus adentros, luego los reprendió por correr en el pasillo.

Revelar el contenido del telegrama a Estados Unidos no sería tarea fácil, pues no podían simplemente presentarse con ellos y decirles, “oigan amiguitos yanquis, mientras revisábamos su correspondencia encontramos algo que definitivamente tienen que leer”. William ideó un plan: no harían nada, dejarían que el telegrama de Zimmermann llegara a su destino y cuando el embajador alemán en Estados Unidos lo enviara a su homólogo en México, entonces lo interceptarían. Los ingleses averiguaron que Johann Heinrich von Bernstorff acostumbraba a usar los servicios de mensajería de Western Union, para enviar el correo diplomático a México, por lo que sobornaron a un despachador de esta empresa, para que les entregará cada uno de los mensajes intercambiados entre los embajadores alemanes.

Era el veinte de febrero de 1917 cuando William Hall y Nigel de Grey se reunieron en la embajada estadounidense en Reino Unido con Walter Hines Page, el embajador y con Edward Bell, su secretario particular. Nigel no podía apartar su curiosa mirada de la colosal nariz del embajador americano, mientras tanto Walter Hines Page entregaba el mensaje a Edward Bell, este último estaba muy consciente del interés que tenían los británicos por lograr la intervención de Estados Unidos en la gran guerra, ese conocimiento lo hizo leer con cautela el mensaje. “Nos gustaría que nos muestren cómo lo decodificaron”, dijo Edward a los británicos con un tono de voz que intentaba ser cordial. Los ingleses intercambiaron miradas entre sí, no esperaban esa petición, ellos solo habían descifrado el primer código, el que había sido utilizado por Arthur Zimmermann cuando envío el telegrama a Washington, pero desconocían como descifrar el código que Von Bernstorff había utilizado para hacerle llegar el comunicado al embajador alemán en México

Sorprendido por la solicitud, William reaccionó rápidamente y ofreció a Nigel para dicha tarea. Nigel, todavía más sorprendido, no tuvo más remedio que solicitar papel y lápiz, anotó las fórmulas matemáticas más complicadas que se le ocurrieron, esperaba que con ellas pudiera despistar al perspicaz Edward. Aparentó descifrar una serie de operaciones y empezó a redactar el mensaje, que para entonces ya se sabía de memoria, nunca pudo entender cómo pudo lograr engañar a los americanos, seguramente la gravedad del mensaje no les permitió percibir el significativo temblor de las manos de Nigel.

El cinco de abril de 1917 Estados Unidos de América declaraba la guerra en contra de las potencias centrales.

13 de octubre de 1918

Ypres, Bélgica

En una trinchera que se extendía varios kilómetros a lo largo de las ciudades de Ypres y Gent, los soldados del dieciseisavo regimiento de infantería bávara escuchaban atentos el mensaje de su teniente, Hugo Gutmann. El avance aliado los había obligado a retroceder más de diez kilómetros a través de lo que quedaba de los pueblos de Houthult, Becelare, Zandvoorde y Hollebeke. Al último pueblo lo recordaban con nostalgia; en ese lugar algunos años atrás, tres mil doscientos soldados del regimiento observaron con entusiasmo, la potencia y precisión del nuevo obús Mörser de ocho punto tres pulgadas de diámetro que acababa de destruir un castillo desde una distancia de más de nueve kilómetros. En ese entonces estaban seguros qué esa arma ganaría la guerra para el Imperio Alemán, desafortunadamente tuvieron que cambiar de opinión, cuando se enfrentaron con los tanques ligeros del ejército estadounidense M-1917 alimentados por un motor Renault.

Ahora, cada vez más cerca de su país, los cuarenta y seis soldados sobrevivientes escuchaban el mensaje de su teniente con atención: “Pronto nos iremos a casa. Nuestros lideres están llegando a un acuerdo con los aliados”, Hugo Gutmann trató de contener su entusiasmo al dar la noticia a sus hombres. Los soldados suspiraron aliviados a través de las máscaras anti gas que cubrían sus rostros. Todos celebraron moderadamente salvo uno, que observaba con rabia el entusiasmo de sus compañeros. “Se le pasará pronto”, pensó el teniente. El nombre del soldado era Adolf. Adolf Hitler.

Said Farid Nasser Guerra
Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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