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sábado, noviembre 27, 2021

Memorias de una soldado roja (parte IV)

Tres meses desde la invasión y dos desde que dejáramos los depósitos de grano; la decimoséptima y nonagesimosegunda división de infantería del ejército ruso habían desvanecido junto con lo que alguna vez fue Stalingrado. Viktoria y yo, las únicas sobrevivientes, fuimos en busca de Natalia Peshkova, quien según las últimas notas del periódico Pravda, lideraba la defensa de la colina Mamáyev Kurgán al norte de la ciudad. Queríamos pelear, y si habríamos de morir que mejor forma de hacerlo que a su lado. El camino sería largo —ocho kilómetros— a través de territorio en su mayoría ocupado por los invasores alemanes. Avanzamos entre ruinas, escombros y cadáveres; sólo de noche, pues en las tinieblas estaríamos a salvo de los francotiradores que habían hecho de las calles su campo de tiro. Luego estaba el fuego: interminable y sofocante. Las llamas se habían vuelto habituales en el paisaje de una ciudad cubierta en humo, cenizas y muerte. Sobre todo, muerte.

A causa de una herida infectada en el muslo de Viktoria, nuestro avance fue exiguo: dos kilómetros en tres días; lo hicimos hasta donde ella pudo. Encontramos refugio en lo que alguna vez fue una panadería a lado de la estación de trenes y esperamos. Sin antibióticos, Viktoria habría de morir; ella lo sabía, sólo no quería hacerlo sola, así que esperamos juntas, abrazadas mientras su cuerpo se enfriaba. Recordé la droga que los alemanes usaban como analgésico para sus moribundos, decían que una inyección de ella bastaba para caer en un profundo sueño del que no se despertaba jamás. Su nombre no lo recuerdo, pero tenía que ver con el dios griego de los sueños, Morfeo. Cual fuere su nombre deseé tener un poco de ella y calmar el sufrimiento de mi amiga.

Entre tanto, desde la ventana, presencié la batalla por un edificio en la intersección de las calles Mikhaila Balonina y Komsomol’skaya. Por su ubicación frente al río Volga y a la plaza central, ocuparlo era trascendental para los objetivos tacticomilitares de ambos bandos. La batalla fue larga, después de ocho horas de lucha piso por piso, se acabaron las balas y así fue que se desató el infierno. Los rusos echaron mano de los cócteles Molotov, como llamábamos a las bombas incendiarias, mientras que los alemanes hicieron lo propio con lanzallamas. Los frágiles cimientos del edificio no aguantaron el intenso calor y este colapsó sobre los combatientes. El fenómeno de la gravedad nunca toma partido en las guerras de los hombres y esta no fue la excepción. Toneladas de piedras cayeron por igual encima de rusos y alemanes.

En el marco de la siniestra escena, en la plaza central se alzaba una escultura de seis niños bailando alegremente en corro alrededor de un cocodrilo. Esta rememoraba un cuento infantil de Chukovsky, que contaba la historia de Barmalej, un cocodrilo que andaba por las calles de Petrogrado, como antes se llamaba Leningrado[1], fumando y atemorizando a la gente. Cuando Barmalej se llevó el sol entre sus fauces y la obscuridad reinó sobre la tierra, seis niños lo persuaden de devolverlo a su lugar original y con ello regresan la luz al mundo. ¿Será que aquellos niños nos salvarían de los cocodrilescos alemanes?, me pregunté. Entrada la media noche Viktoria murió en mis brazos.

Era tarde, así que olvidé el cuento de niños y continué mi camino. Sobre los restos de un tanque alemán estaban los cuerpos de los que alguna vez lo tripularon; muertos, pero con los ojos abiertos. Algo común entre los alemanes por la falta de párpados. No por otro motivo que el ya anunciado por Natalia. El frío. Los congelaba, y estos junto con orejas, corneas y demás partes, se desprendían del cuerpo. A diferencia de la gravedad, el frío sí había escogido bando en esta guerra… El ruso.

Entre los cuerpos muertos encontré un diario.

Continuará…

[1] Hoy San Petersburgo.

Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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