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lunes, enero 18, 2021

Mexicano desalado

Parte I

Una pieza grande de aluminio en forma semirectangular reposaba sobre el suelo. Del centro de ella, prendía un bulto redondeado y humeante, en el que hasta hace un par de minutos se albergara un mecanismo de aspas montadas en forma concéntrica a un eje. Dicha pieza había sido abruptamente desprendida de otra del mismo material, pero ésta más gruesa, en forma cilíndrica y con varias aberturas de diferentes tamaños; las más pequeñas propias del diseño y las más grandes cortesía del aparatoso accidente que tuvo lugar en el paraje los Cacahuates, cerca del aeropuerto de Acapulco. Entre el ala, fuselaje y un centenar más de componentes mecánicos, se encontraban los siete cuerpos desmembrados y achicharrados de quienes viajaron por última vez en la aeronave tipo Lockheed Modelo 18 marcada con la matrícula xtra bravo néctar eco mike. Entre los escombros, resaltaba otro avión, pero éste intacto, de madera y mucho más pequeño: un juguete.

Un caluroso invierno pesaba sobre Mazatlán, ciudad predilecta de la familia Gaxiola para vacacionar en fechas decembrinas, lejos de las bajas temperaturas características de su lugar de residencia en Texas. Mientras los demás niños nadaban en el mar que mojaba la playa Cerritos, el joven Radamés Gaxiola permanecía sentado en la arena con la mirada en alto hacia el cielo. Con ayuda de sus manos llevaba de arriba abajo y de lado a lado un avión de juguete, una fiel reproducción a escala del aeroplano que inventaran los hermanos Wright a inicios del siglo veinte. Aunque sus pies estaban plantados en la arena, sus sueños se encontraban arriba en el cielo. Razón por la que, apenas cumpliera la mayoría de edad, dejara el país de las barras y las estrellas para unirse a la Escuela Nacional de Aviación en su natal México. De tal suerte que, en 1939 cuando se graduó como subteniente piloto aviador, sus pies habían dado un gran paso para el encuentro con sus sueños arriba en el cielo.

Radamés era de gran porte: alto y delgado; cabello corto y obscuro; frente amplia que se detenía en unas pobladas y alargadas cejas también negras. Su nariz era recta y sus delgados labios se escondían tras un bigote perfectamente delineado. El subteniente Gaxiola era una sensación adonde sea que fuera, si no era por su galanura, era por el elegante uniforme militar que portaba con tanto orgullo. Sus conocimientos teóricos y prácticos, pese a sus veintitrés años de edad, eran vastos. Eso y su fluidez en el inglés fueron las razones por las que fuera enviado como piloto de pruebas de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Aunque la mirada de sus enormes ojos negros era la de un guerrero águila, Radamés era un hombre moderado y comedido, no rehusaba el conflicto, mas nunca lo buscaba, pero el conflicto sí lo encontró a él. En la isla de Oahu en Hawái, una mañana de siete diciembre de 1941 el Sol Naciente se alzó sobre la base naval estadounidense en la forma de trescientos cincuenta y tres aviones de guerra, los que pulverizaron la base dando muerte a más de dos mil cuatrocientos marineros. Al día siguiente, los Estados Unidos se declararon en estado de guerra contra Japón, y tres días después contra Alemania. Sucesos que poco o nada tenían que ver con un subteniente del ejército de México, hasta que el veintiocho de mayo de 1942, el congreso de éste país aprobara la propuesta del presidente Manuel Ávila Camacho y se declarara en estado de guerra en contra de las potencias del eje (Alemania, Italia y Japón). Esto tras el hundimiento de dos barcos petroleros mexicanos que abastecían a los Estados Unidos.

Parte II

Tuvieron que pasar casi dos años para que México anunciara la participación activa de sus tropas en la Segunda Guerra Mundial, a través de la recién formada Fuerza Aérea Mexicana (fam). Anuncio que produjo un inconmensurable entusiasmo entre los jóvenes aviadores mexicanos, quienes ansiaban ir a la guerra en nombre de su país. A finales de junio de 1944, el general de la fam, Gustavo Salinas, viajó a Europa para observar los avances de las fuerzas aliadas y determinar si el frente europeo era donde México debiera participar. Radamés —quien además de saber el idioma, conocía los modos y formas del ejército estadounidense— lo acompañó hasta las playas de Normandía en Francia; lugar donde los aliados desembarcaran el ancho de sus fuerzas. Una mañana, cuando ambos mexicanos se dispusieron a abordar un Dakota —como se conocía a los aviones de transporte militar tipo Douglas C47— para realizar un vuelo de reconocimiento, el copiloto asignado a la aeronave cayó enfermo. Antes de que pudieran buscar uno nuevo, Gustavo propuso a Radamés como sustituto; propuesta bien recibida por el piloto estadounidense de la 101ª División Aerotransportada de nombre Richard y los pasajeros. Durante el vuelo, Richard y Radamés intercambiaron varias palabras:

—Ahí fue donde Wright y Moore aterrizaron. Y ahí está la iglesia de Angoville-au-Plain—, dijo Richard a Radamés, mientras señalaba con su dedo algún punto diminuto en la tierra. El capitán mexicano arrugó la frente en señal de confusión. Eso y su rotundo silencio dieron la pauta a Richard para cuestionar a su interlocutor. —¿Robert Wright? ¿Kenneth Moore? ¿Ninguno de ellos te suena?—.

—El único que me suena es Wright, pero por el apellido de los hermanos Willbur y Orville, quienes realizaran el primer vuelo en avión de la historia—, dijo Radamés orgulloso, mientras sacaba un objeto del bolsillo izquierdo de su chaqueta. En uno muy parecido a este, por cierto—, agregó. Entonces Radamés le enseñó el modelo a escala del avión de los hermanos Wright que llevaba siempre consigo en todo vuelo.

—¿Qué no fue un brasileño quien logro esa hazaña?—, preguntó Richard refiriéndose a Santos Dumont, pero que antes de enfrascarse en una discusión que duraría el resto del vuelo, retomó el tema inicial —:Wright y Moore son dos paracaidistas médicos de la 101ª que durante el Día D aterrizaron en Angoville-au-Plain. Ahí convirtieron la iglesia en un hospital para atender a los heridos, mientras que la infantería aliada avanzaba. Sin embargo, el avance fue rápidamente repelido por los veteranos alemanes y los aliados no tuvieron más remedio que retirarse. Todos lo hicieron, salvo Robert y Kenneth, quienes permanecieron en la iglesia de un pueblo ocupado totalmente por enemigos. Y cuando una unidad de infantería alemana intentó entrar a ella, los doctores les dijeron que sólo podrían hacerlo si dejaban sus armas afuera. Instrucción que obedecieron de buena gana al ver que en aquella iglesia se trataban a heridos aliados y alemanes por igual—.

—Sin duda son dos personajes muy interesantes—, dijo Radamés ya no con el ceño fruncido, sino con la mirada pensativa. Inmerso en sus pensamientos, olvidó que el cielo francés no era seguro; hecho que se lo recordaron un par de proyectiles antiaéreos alemanes que detonaron a los costados de la aeronave causando estruendo seguido de turbulencia.

Aterrizaron la aeronave en un paraje que había sido habilitado como pista de aterrizaje y donde recientemente se había librado una batalla entre ambos bandos que lucharon a muerte por aquel pedazo de tierra pelona. Desde el cielo, aquel lugar no era más que una mancha verde sobre la que diminutos seres se desplazaban cual hormigas. También se vislumbraba el Canal de la Mancha que separa a Francia de Inglaterra; las costas normandas bañadas por las aguas del Atlántico, y el vasto territorio francés que se desdobló más allá de donde los ojos del mexicano alcanzaban a ver. Pero en la tierra, inexplicablemente ese paraje no era verde ni hermoso, sino negro y hasta horrible. Lejos del cielo y cerca del suelo, los estragos de la guerra se revelaban nítidamente a sus sentidos: veía casas reducidas a añicos; escuchaba gritos y aullidos de hombres y perros a quienes se les escapaba la vida; olía a piel quemada; un sabor sofocante entre dulce y salado se estacionó en la punta de su lengua, y una sensación escalofriante le revolvió el estómago hasta que vomitó lo poco que había en él. La guerra era una realidad que Radamés hasta entonces había ignorado, pero a fin de cuentas…, realidad. Luego recordó a los médicos Wright y Moore, que pese a las circunstancias adversas que los rodeaban, permanecieron fieles al juramento hipocrático que hicieron al graduarse de la escuela de medicina. Igual que ellos, Radamés tenía una pasión irremediable que iba más allá de todo sentir y deber patriótico: volar. La guerra era sólo el precio que tuvo que pagar para comprar sus alas.

Los motores de veinticinco bombarderos tipo Republic P-47 Thunderbolt resonaban en la isla de Luzón en Filipinas a la par de los proyectiles antiaéreos que detonaban cada vez más cerca de ellos. Además de una tonelada de explosivos, cada una de las aeronaves llevaba en el fuselaje la imagen del personaje animado Panchito Pistolas, un bravo gallo jalisciense que protagonizaba la película de The Three Caballeros junto con el Pato Donald y el papagayo José Carioca. Caricatura desconocida para los japoneses, pero que les anunciaba un inminente bombardeo sobre la espesa jungla donde inútilmente se escondían entre arboles, arbustos y cuevas. Liderando a las veinticuatro aeronaves, se encontraba la que piloteaba el comandante de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana mejor conocida como el Escuadrón 201 Radamés Gaxiola, quien con el alma partida y una lágrima recorriéndole la mejilla de arriba abajo, fue el primero en descargar su mortal carga sobre los nipones. Antes de hacerlo, apretó con fuerza el bulto que llevaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

En 1945, tras la firma de las Capitulaciones de Reims en mayo y la Declaración de Potsdam en septiembre, se configuró la rendición de Alemania y Japón respectivamente, dando con ello fin a la Segunda Guerra Mundial. Derivado de la rendición de las potencias del Eje, a Radamés se le condecoró con diversos reconocimientos. Con la deuda de guerra finalmente saldada, Radamés regresó a México, donde después de ejercer algunos puestos de escritorio, se contrató como piloto de aviones privados. La mayoría de sus destinos eran las hermosas playas mexicanas.

Aproximación Acapulco del xtra bravo néctar eco mike—, dijo Radamés con una sonrisa de oreja a oreja.

Xtra bravo néctar eco mike. Prosiga—, contestó el controlador aéreo del aeropuerto de Acapulco.

Lockheed modelo 18 procedente de la Ciudad de México hacia su estación. Nos encontramos a cuarenta millas en su radial cero diez a doce mil quinientos pies. Solicitando datos de aproximación y aterrizaje—, dijo antes de que un ave se impactara en el alerón de la cola del avión trabando su dirección en empicada. Esas fueron las últimas palabras del condecorado comandante del Escuadrón 201, quien antes de morir apretó con fuerza el bulto que llevaba en el bolsillo izquierdo de su chaqueta.

Tenía cincuenta años cuando sus pies finalmente se encontraron con sus sueños arriba en el cielo.

Fin

Said Farid Nasser Guerra
Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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