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viernes, junio 18, 2021

Sucesos paranormales en la San Miguel Chapultepec (partes I, II, III, IV y V)

Lo platiqué con mi cliente y podemos ofrecer lo siguiente: contratar un seguro de responsabilidad civil que cubra los daños que se puedan causar a terceros por la construcción de la obra, mas no podemos constituir ninguna fianza—, dijo el abogado Iker Medina a sus homólogos de la contraparte, quienes tras varios segundos de susurros, el más grande de ellos contestó:

Tenemos un acuerdo— y extendió su mano al joven y petulante presidente de Construimos Casas, S.A. de C.V., Carl Koller, quien la estrechó con entusiasmo por saber que su empresa, que atravesaba por un momento difícil, ingresaría 500 millones de pesos por la construcción de un edificio y a la vez con confusión por no recordar la platica a la que su abogado refería. En el elevador, cuando ambos estaban a solas le advirtió: —Lo del seguro jamás lo platicaste conmigo. Lo voy a descontar de tus honorarios—.

Todo lo contrario, yo debería cobrarte más por recordarte que contratar un seguro de responsabilidad civil es una obligación que deviene de la ley; misma que tu padre ha cumplido religiosamente desde hacía treinta años cuando constituyera la empresa que tú pretendes dirigir—. Las puertas del elevador se abrieron e Iker descendió de él, mientras una sonrisa irónica se dibujaba en su rostro.

Haber concluido de forma exitosa dicha negociación, entre otras de similar cuantía, fueron las razones por la cuales Iker fuera ascendido al puesto de asociado en el prestigiado despacho Sanz & Sáez, S.C. Además del considerable incremento salarial, le significó un aumento de responsabilidades en la forma de tres constructoras internacionales, cada una más demandante que la otra, así como una nueva meta de horas mensuales facturables.

Iker era alto y delgado; tez morena y cabello lacio obscuro que peinaba de forma impoluta hacia atrás. Sus ojos eran negros y muy sensibles a la luz; motivo por el cual llevaba anteojos antireflejantes. Tenía veintiocho y pese a codearse con la crema y nata de la abogacía capitalina, vestía trajes sencillos de la marca jbe y calzaba diversos modelos de Flexi. No obstante la diferencia de precios entre sus prendas y las de sus colegas, jamás lucía desaliñado o fuera de lugar. Y a diferencia de ellos, él sí estaba a dispuesto a dar un esfuerzo adicional en beneficio de sus empleadores. Por ello que fuera tan apreciado entre los socios del despacho, quienes lo describían como un abogado inmobiliario de alto rendimiento cada vez que lo encontraban a deshoras golpeando armoniosamente el teclado de su máquina y la tenue imagen de la pantalla se reflejaba en los cristales de sus gafas.

Su padre había muerto a causa de un cáncer de colón que había tardado tres años en quitarle la vida y a su madre las ganas de vivir la suya; razón por la cual Iker viviera con ella en un pequeño departamento de la colonia Toriello Guerra. Pese a la cercanía y cuidados de su único primogénito, ella se encontraría con su esposo ocho meses después de que él partiera. Cardiopatía fue la causa que se asentó en el acta de defunción, pero Iker estaba convencido de que su madre había muerto por amor. Habían pasado dos años desde entonces.

Iker tuvo suerte en poder vender el departamento al mismo tiempo en que se adjudicara a título de herencia la propiedad del mismo. Lo hizo a un vecino que quería ampliar el suyo. Y a fin de restar a las largas jornadas laborales, el tiempo de trayecto entre el departamento y el despacho que se ubicaba en la avenida Presidente Masaryk, se dispuso a hacer lo que todo soltero empoderado y con ganas de olvidar haría: mudarse. E inocentemente pensó que el precio de la venta del departamento aunado a sus ahorros serían suficientes para comprar un pequeño departamento en la colonia Polanco o las Lomas, pero lo cierto es que su millón y medio de pesos no bastaban ni para el enganche de un flat, como los agentes inmobiliarios llaman a los espacios de cuarenta metros cuadrados en los que la cama se ubica entre la estufa y el escusado. Ignoró las recomendaciones de colegas, familiares y amigos de buscar un crédito hipotecario, pues creía que destinar mensualmente cualquier cantidad al pago de intereses, sería un desperdicio de sus recursos. Y no se diga de rentar, que era capaz de escupirle a quien se atreviera a sugerirlo.

La búsqueda fue larga y tortuosa, y para sorpresa de nadie, sin éxito. Antes de la media noche de un particularmente tedioso martes, mientras su Nissan Versa se encontraba detenido en el tráfico de los carriles laterales del boulevard Manuel Ávila Camacho —cortesía de las obras nocturnas en los carriles centrales— una notificación en su celular proveniente de un sitio de bienes raíces llamó su atención:

Departamento en la San Miguel Chapultepec en venta

220 m2 – 3 habitaciones – 2 estacionamientos

$1,500,000 MXN

 Accedió a la publicación y encontró una extensa galería de fotos que mostraban un viejo departamento de techos altos y pasillos anchos; piso de loseta blanca que combinaba con elegantes muebles de tipo colonial hechos de madera obscura mismos que según el clasificado, venían incluidos con la compra del inmueble. Ningún espacio de éste fue dejado sin fotografiar, incluso las imperfecciones propias de su uso y el paso del tiempo eran explícitamente mostradas: una pared levemente agrietada, algunas losetas rotas y una cocina con estufa y refrigerador antiquísimos. También había una carpeta adjunta en la que se encontraba la copia del certificado de libertad de gravámenes, boletas de predial y agua, y demás documentos oficiales que legitimaban la increíble oferta. Sin embargo, Iker, que no se confiaba de nada ni de nadie, pensó que se trataba de un edificio con daños estructurales a causa del terremoto de 2017 o de una estafa. En fin, cualesquiera que fueran los motivos para una oferta tan buena, él no iba a dejarse llevar, así que la ignoró.

La segunda vez que el clasificado se apareció en su teléfono, lo hizo acompañando de su despertador que como todos los días sonaba a las 05:45 horas recordándole que si no salía del departamento dentro de veinticinco minutos, el trayecto a Polanco sería una hora más largo y que por lo tanto no llegaría a su clase de spinning. Igual que la primera vez, lo ignoró y continuó haciéndolo cada vez que éste se aparecía curiosa y sorpresivamente en los momentos más estresantes de su día, que últimamente eran los más. Desactivó las notificaciones provenientes del sitio, pero éstas inexplicablemente se le seguían apareciendo. Un día, agobiado por la curiosidad de saber que había detrás de ese clasificado, tomó su teléfono y se dispuso a marcar el número. Esperaba escuchar al otro lado de la línea, una voz rasposa y varonil de quien debiera ser el autor intelectual de la estafa, sin embargo, una voz femenina educada y señorial respondió:

¿Bueno?—.

Buenas tardes señora. Mi nombre es Iker. Hablo para pedir informes sobre el departamento en venta—, respondió él con un tono menos agresivo en comparación al que había ensayado en sus pensamientos.

Hola joven Iker. Con gusto, aunque considerando lo detallado del clasificado, creo que lo que usted desea saber es la razón del precio. ¿O me equivoco?—, dijo ella con seguridad. Fue entonces que Iker notó en la voz de la señora un acento de tonos graves que le anunciaba que ella era extranjera, aunque no estaba seguro de dónde.

Tiene razón señora. Una disculpa. Lo que pasa es…—, balbuceó antes de ser interrumpido por la mujer.

No perdamos tiempo con disculpas joven. El valor comercial del inmueble, según avalúo, es de cinco millones de pesos. Y cómo usted se imaginará yo no voy andar regalando tres millones y medio a extraños—.

Por supuesto que no—, estuvo Iker de acuerdo.

Entonces lo que a mi me gustaría saber es porque debería considerarlo a usted y no a cualquiera de los cientos de interesados que me han marcado—. Ahora Iker se sentía confundido y por primera vez en muchos años experimentó la extraña sensación de no saber qué decir. Para su fortuna ella sí lo sabía: —Entonces lo veré el próximo lunes a las diecisiete horas en el departamento—, dijo ella no como una propuesta, sino como una orden y le dictó la dirección seguido de su nombre.

Ahí la veré señora Ingrid—, concluyó Iker y con ello el clasificado dejó de aparecerse en su teléfono, mas la enigmática voz de la mujer se repetía de forma constante en su mente. Llegado el día y diez minutos antes de las horas, él se encontró en la calle General Juan Cano en la que predominan casas y edificios vecinales antiguos, todos de colores y alturas dispares; no obstante, la unión de éstos con los cientos de árboles que brotan a lo largo y ancho de las banquetas, hacen que la calle sea simplemente divina. Un joven de elegante apariencia y mirada extraviada lo recibió en la puerta del edificio marcado con el número setenta y dos; Iker pensó que se trataba de algún residente, pero cuando aquel tomó asiento frente al escrito sobre el que había un libro de registros abierto de par en par y le pidiera su nombre y luego su identificación, cayó en cuenta que era el conserje del edificio. Subió por el elevador hasta el tercer piso y ahí encontró un pasillo perpendicular, cuyos extremos conducían a dos departamentos: el 301 y el 302. Éste era el de su interés, sin embargo, fue de aquel que salió una señora de edad avanzada y cabellos grises.

Su tez era blanca como el marfil y arrugada como el pergamino. Llevaba la cabeza leventemente por delante y sobre su lomo se observaba una pequeña protuberancia que cubría con una pashmina aflorada que caía sobre lo espigado y delgado de su cuerpo. Arrastraba sus pies con ayuda de un bastón y unos zapatos cuyas suelas eran notoriamente dispares. Sus ojos eran grandes y grisáceos. Vestía una falda de color vino que la cubría desde la cintura hasta por debajo de las espinillas y un suéter gris de lana con botones. La temblorina de sus manos y la decena de cerrojos en la puerta hicieron que la introducción entre ambos se demorara más de lo que Iker hubiera deseado.

Buenas tardes. Estoy buscando a la señora Ingrid—, la interrumpió haciéndose valer de un alto volumen de voz por miedo de que la audición de la mujer estuviera igual de deteriorada que el resto de su cuerpo.

Estaré vieja, pero no sorda—, dijo ella molesta. A Iker le resultaba conocida la voz rasposa y el acento foráneo, así que no tuvo más elección que decir:

Hola señora Ingrid—.

Lo imaginaba más joven, contestó ella —…y blanco—, agregó en un susurro imperceptible. A diferencia del departamento contiguo, sólo una cerradura impedía el acceso al 302 y cuando ella la abrió, se reveló ante sus ojos un pasillo de tres metros de largo que conducía a la cocina, y luego a la sala-comedor. Un segundo pasillo daba acceso a un baño de visitas; a dos habitaciones secundarias, y a la principal en la que había un vestidor y otro baño completo; todo tal cual se apreciaba en las fotos del clasificado. Lo que éstas no revelaban era una colección de grabados que colgaban del pasillo y que representaban diversos pasajes bíblicos del libro del Apocalipsis: La prostituta de Babilonia, Los cuatro jinetes del Apocalipsis y El dragón de siete cabezas; todos obra de Albrecht Dürer

Eran del antiguo inquilino, un religioso alemán que estaba obsesionado con el arte del Renacimiento—, se justificó la mujer, —pero no te preocupes, que si te quedas con el departamento te los cambio—. Además de las imágenes, un peculiar olor se percibía en el ambiente, uno muy similar al que se encuentra en casas de ancianos y el que sólo puede atribuirse a la oxidación en la piel humana.

Ahora que pudiste ver el departamento. ¿Sigues interesado?—, preguntó ella.

Muy interesado, contestó él.

Entonces sentémonos a charlar que quiero saber si yo lo estoy en ti— y la mujer señaló hacia el comedor en forma rectangular de caoba. Él tomó asiento en una silla, mientras ella se quedó inmóvil frente a otra. —Una disculpa—, dijo él antes de pararse raudo y recorrer la de la cabecera para que la señora pudiera sentarse.

¿Antes de que te sientes podrías servirme agua?—, pidió ella de forma amable. —En la cocina encontrarás una jarra y un par de vasos—. Iker llenó ambos recipientes y luego tomó asiento a un costado de ella. Sin más preámbulo y por razones desconocidas, tuvo un incontrolable e inexplicable deseo de hablar, mismo que no contuvo, así que abrió la boca y no la cerró durante una hora. Destacó aquellas cualidades que lo harían el mejor postor para lo que sea que la misteriosa mujer quisiera, pero también habló de su vida personal; no se explayó con relatos de su infancia, ni de relaciones amorosas, pero sí lo hizo con la muerte de sus progenitores, sobre todo con la de su padre.

Cuando los médicos le detectaron cáncer dijeron que no viviría más de dos meses, pero él era tan terco y necio que tuvieron que pasar dos años—, explicó Iker, mientras la mujer lo miraba y escuchaba con atención. Quizá piense que soy un monstruo por lo que voy a decir, pero lo mejor hubiera sido que el diagnóstico médico se cumpliera. No me malinterprete, amaba mi padre en la salud y en la enfermedad; lo que me llenaba de tristeza y confusión era el ver como su cuerpo se aferraba a una vida que él ya no toleraba, ni deseaba. Apenas comía y si lo hacía minutos después vomitaba. Perdió el habla y luego la capacidad de oír. Y aunque todavía veía, la luz de sus ojos se difuminaba día con día. Ni las quimioterapias, ni la medicina alternativa funcionaron, entonces recurrimos a los analgésicos para hacer de su lecho de muerte algo más llevadero y fue entonces que cayó en depresión por su incapacidad de morir. En más de una ocasión intentó quitarse la vida y en otras tantas yo dudé en impedírselo—, suspiró Iker antes de disculparse por abrumarla con sus pesares.

No tienes porque disculparte. Eres todavía muy joven para llevar tanto dolor en tu corazón—, explicó Ingrid antes de tomar su mano.

Le agradezco haberme escuchado. Debo admitir que es la primera vez que hablo de esto. Jamás pensé en hacerlo con…—, se detuvo unos segundos.

Una extraña—, concluyó ella y él asintió en señal de confirmación. —Ahora que te he conocido, me doy cuenta que eres una buena persona y que por ello no deberías aceptar la oferta que de todas formas te haré—.

Parte IV

Como habrás notado a mi no me falta mucho para tocar las puertas del reino de la muerte, y no por un devastador cáncer como el que sufrió tu padre, sino por algo más natural: el Ättestupa—, pronunció Ingrid con la fluidez de su lengua nata. Iker frunció el ceño en señal de confusión, así que ella se explicó: —Todo por servir se acaba y eso aplica a la vida misma. El Ättestupa es el nombre que los pueblos nórdicos dieron a los precipicios de donde los ancianos brincaban de forma voluntaria cuando dejaban de servir algún propósito—. Luego agregó —Durante setenta y un años yo he servido diferentes roles: hija y esposa; alumna y maestra; empleada y empleadora, y hasta amante y amada, pero eso se acabará el día de mi septuagésimo segundo cumpleaños. Entretanto, he decidido que no voy a malvivir mis últimos días de vida; es ahí donde entras tú muchacho: a cambio del departamento, tú deberás cuidar de mí de la misma forma que lo hiciste con tus padres, lo que te resultará mucho más sencillo, pues todavía puedo valerme por mí misma para la mayoría de cosas, como lo es mi higiene y la de mi departamento, pero para muchas otras no, tales como ir al supermercado, hacer reparaciones, ir a pagar servicios de cable y de luz, y demás de similar envergadura que un joven como tú no debería de tener inconveniente en realizar. Además, considerando tus profesión, quisiera que me transmitieras todos tus conocimientos para redactar mi testamento, explicó la mujer antes de concluir: —Para mí eso vale tres millones y medio de pesos—. Iker ahogó un grito de emoción y se limitó a decir de forma mesurada y pausada: —Acepto—. Sin preguntarse cuál sería su rol en la muerte anunciada de la mujer.

Excelente. Confío en qué harás todos los arreglos para documentar nuestro acuerdo por escrito—, concluyó ella. Se despidieron de forma afectuosa y antes de salir del inmueble, él se detuvo en el pasillo para observar una vez más los siniestros grabados de ese tal Albrecht Dürer.

Una pregunta adicional: ¿tienes alguna pasión distinta a la abogacía?—, preguntó ella súbitamente cuando él abordaba el viejo elevador.

Me gustan las plantas y los animales—, y de inmediato se cerraron las puertas del elevador. “Muy bien. Plantas y animales serán”, pensó ella.

Esa misma noche, una extraña sensación de angustia pesó sobre los hombros de Iker mientras redactaba el contrato de promesa por el que se obligarían a celebrar la compraventa a más tardar el día del cumpleaños número setenta y dos de Ingrid; por supuesto que condicionado a que él cumpliera con la prestación de servicios domésticos que se enlistaban de forma limitativa en el anexo del mismo. Para el caso en que llegado el día, ella incumpliere con la obligación de celebrar dicho contrato, entonces él ejercería un poder irrevocable que lo facultaría única y exclusivamente a la venta y compra de dicho departamento. Y si ella muriera antes del término, también escribió una disposición testamentaria por el que ella lo nombraba como único legatario del inmueble. Una vez que tuvo los documentos en sus manos, su pecho se hinchó de orgullo, confiaba en su estrategia jurídica y en que la señora no tendría inconveniente alguno en firmarlos. Sin embargo, era a su propia intuición a la que tenía que convencer de hacerlo.

Parte V

Tomó el teléfono para marcarle a Ingrid y explicarle el contenido de los documentos que había preparado, así como para preguntarle por unos papeles que le permitirían a ella exentar el Impuesto Sobre la Renta por la venta del departamento y a él evitar el pago del mismo, pero por adquirir a un valor considerablemente inferior al señalado en el avalúo.

Los temas legales o fiscales no me interesan. Tú eres mi abogado y sé que te encargarás de ellos—, sentenció la mujer antes de colgar el teléfono. Firmaron los documentos dos días después ante notario público e Iker realizó el pago del millón y medio de pesos contraentrega de dos juegos de llaves del departamento marcado con el número 302.

Así que Iker colmó el Versa de tantas cajas como le fue posible para mudarse a lo que sería su nuevo hogar. Cuando llegó al edificio hizo sonar el claxon frente a la cochera y un hombre de cabellos rubios y ojos verdes abrió las puertas, para luego señalarle los dos cajones de estacionamiento asignados a su unidad privativa.

Gracias vecino—, dijo Iker.

¿Ayudo con cajas?—, preguntó el hombre de aspecto teutón valiéndose de un atropellado español y de torpes movimientos corporales que denotaban alguna discapacidad motriz o mental. O en su caso ambas.

No quiero importunarte. Seguro tienes otras cosas que hacer—, respondió Iker de forma educada.

Para eso estamos—, le contestó previo a reportar por un intercomunicador que estaría ausente de su puesto de trabajo. Tras varias idas y vueltas terminaron de apilar cajas en la sala del departamento y en agradecimiento, Iker le ofreció agua o alguna bebida energética, pero el hombre ni se inmutó. Su atención, de por si dispersa, estaba en los muebles y acabados del departamento, los que acariciaba como si alguna vez le hubieran pertenecido y luego arrebatados. “El personal de servicio de este edificio es bastante peculiar”, pensó Iker mientras lo acompañaba a la puerta. Fue entonces que Iker estuvo por primera vez sólo en su hogar. Respecto a la última ocasión que estuvo ahí todo seguía igual, salvo por los grabados religiosos que habían sido remplazados por los de un conejo, un ramillete de violetas, y un rinoceronte, todos de una secuencia titulada Los estudios de animales y plantas, también obra de Albrecht Dürer.

El cansancio acumulado entre la mudanza y el trabajo hicieron que la noche de domingo, su primera en el departamento, fuera más larga de lo que su despertador recomendara, durmió diez horas, cuatro más de las que acostumbraba y aun así se sentía irremediablemente cansado. Llegó tarde a la oficina y uno de los socios se lo echó en cara, no sin antes felicitarlo por su nuevo hogar y luego encomendarle una importante consigna. Resulta que un grupo hotelero de los Emiratos Árabes invertiría millones de dólares en la construcción de un extravagante hotel en una playa de la Riviera Maya. El meollo era que en el terreno elegido, una mujer había descubierto los vestigios de un templo prehispánico y buscaba a toda costa la protección de organismos nacionales e internacionales para prevenir lo que ella llamaba un sacrilegio al patrimonio de la humanidad. El grupo hotelero, temeroso de perder su inversión, licitaría entre tres firmas de abogados la prestación de los servicios legales para asegurar la viabilidad del proyecto en las condiciones ya proyectadas. Para ello, cada firma presentaría ante el consejo de administración un plan de acción legal, de forma que la firma con la mejor propuesta, además de hacerse acreedor a una contraprestación de seis dígitos y en dólares estadounidenses, se encargaría de cualesquier gestión legal adicional del grupo hotelero en el país. A fin de lograr tal cometido, Iker fue elegido para elaborar el plan de acción de la firma Sanz & Sáez, S.C., mismo que los socios, los licenciados Sanz y Saez, presentarían en dos semanas.

 

Continuará…

Said Farid Nasser Guerra
Abogado leonés especialista en derecho corporativo. Activista desde muy joven en la protección de animales. Actualmente se desempeña en el área jurídica de la empresa ABInBev. “Panza Verde”, apasionado por la lectura, el futbol, la bicicleta de montaña y la Fórmula 1.

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