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lunes, enero 18, 2021

El pánico del papel higiénico: coronavirus y reflexiones desde el encierro

Abril Saldaña y Ariadna Acevedo

 

En el video se ve a dos señoras peleando a golpes por un paquete de papel higiénico, el gerente se acerca, las intenta calmar. Una de ellas lleva un carrito lleno de rollos, la otra le grita ‘¡quiero uno, sólo dame uno!’ a lo que le responden de igual manera, gritando ‘¡no, ni uno sólo, son míos!’. Esta es una crisis global de incertidumbre y de miedo a la mortalidad. Sabernos, entendernos mortales, es aceptar o confrontarnos con nuestra animalidad, nuestra finitud y hay pocas cosas que nos recuerden nuestra naturaleza animal tanto como los desechos corporales.

El único fluido corporal que no compartimos con los animales son las lágrimas, por eso es poco común que alguien sienta repulsión por a las lágrimas de otros. En cambio, es mucho más común el asco a la saliva, al sudor, al excremento. La repugnancia a esos fluidos se ha explicado desde dos acercamientos, el primero es evolutivo, es decir, sentimos repugnancia a todo aquello que tiene el potencial de enfermarnos y esto nos protege, por instinto, de comer cosas contaminadas o venenosas. El segundo acercamiento al asco y a la repugnancia lo ofrecen las ciencias sociales y las humanidades y explica que el sentir asco no es tanto un instinto de supervivencia. La higiene nos hace humanos, nos aleja de nuestra naturaleza animal, nos distingue. Sentimos repugnancia justamente para reconocernos humanos y por lo tanto, para alimentar una fantasía de inmortalidad que nos separa de los animales. Es por esto que aquellos encargados de limpiar la suciedad de otros, como los esclavos y hoy en día las trabajadoras del hogar, suelen ser aquellos a quienes generalmente no se les concede un carácter totalmente humano en virtud de su raza. Como explica Nussbaum (2006), históricamente, hemos necesitado de grupos humanos a quienes definir como Otros, como aquellos que ejemplifiquen la línea que divide lo realmente humano y lo animal. El racismo hacia ciertos grupos se alimenta de esta idea, y las mujeres, definidas por la filosofía occidental tradicional como ‘casi humanas’, no se escapan de la misma dinámica. Las mujeres han sido consideradas por siglos un clásico sujeto de repulsión. El parto es una manifestación clara de nuestra naturaleza animal y por lo tanto, de la finitud del cuerpo. El aumento exagerado en el número de cesáreas en el mundo (invasivas y arriesgadas) es un ejemplo más de los muchos intentos por higienizar el parto, hacerlo más limpio y menos animal. Los jabones ‘íntimos’ para las mujeres por un supuesto mal olor, es otro buen ejemplo de la obsesiva compulsión por higienizar el cuerpo de las mujeres.  La suciedad, ya sea imaginada o impuesta, deshumaniza, es por eso un clásico elemento de tortura el prohibir a los prisioneros usar el baño, limpiarse. Con esto se despoja de toda humanidad a la persona para castigarla o arrebatar una confesión a partir de la debilidad que provoca su deshumanización.

La gente compra papel del baño porque está asustada de su animalidad, lo que en el fondo implica asumir, que efectivamente, nos vamos a morir. La experiencia de una pandemia como esta no tiene precedentes recientes, aterra sentirse animal y por lo tanto mortal. Mary Douglas, en su obra  ‘Pureza y Peligro’ define la suciedad como ‘materia fuera de lugar’, como algo que reta todas nuestras clasificaciones, el orden que le damos a las cosas y por lo tanto la estabilidad de la que tanto dependemos.  Lo que vivimos es justo eso, un evento en donde todo parece estar fuera de lugar y eso provoca o alimenta la ansiedad social por clasificar, por ordenar, por evitar la suciedad, el  ‘contagio’ y por lo tanto la incertidumbre. Limpiamos entonces lo que tenemos al alcance, aquello que amenaza con despojarnos de nuestra humanidad. Las personas comprando papel higiénico son simplemente personas asustadas.

Los seres humanos no siempre le hemos tenido tanto asco a los fluidos corporales y miedo a la mortalidad. En el pasado, vivimos mucho más cercanos a la muerte no sólo de animales, también de personas cercanas. Nos escondíamos para defecar y si bien los chinos utilizaron papel tan pronto como el siglo XIV, el resto se limpiaba el trasero con hojas de plantas, piedras, olotes y otros medios naturales. Al parecer, en el Imperio Romano, los de mayor estatus usaban lana perfumada con agua de rosas. La historia por la cual desarrollamos repugnancia por nuestros fluidos corporales, y generamos todo tipo de rituales, leyes y reglamentos, así como una industria económica alrededor de deshacernos de ellos decorosamente, estuvo marcada no sólo por el racismo y el sexismo, que como ya vimos señala a los otros como no suficientemente humanos, sino también por el clasismo. Se trata de  una historia que ya ha sido contada como la de un “proceso civilizatorio” que involucró dejar atrás las muestras públicas de violencia y agresión, pero también escondernos para orinar y defecar, crear y embellecer sanitarios, preocuparnos por el aseo personal, así como desarrollar refinados modales. Quizá el impacto de ver a las mujeres peleando así por un papel higiénico se explica por la contradicción que encarnan: quieren el papel para mantener su civilidad, pero en su pánico pierden las formas y olvidan el espíritu cívico.

La historia por el afán de civilizarnos se aceleró con el descubrimiento de los microbios y la preocupación decimonónica con la higiene. La asociación entre limpieza y moralidad, ya antigua, obtuvo un nuevo brillo al tener la higiene una justificación científica y la misión de ayudar a preservar la vida. Los Estados generaron políticas de sanidad e higiene, creando una fuerte asociación entre limpieza, espíritu cívico y moralidad.

Como sugiere Laporte en su libro Histoire de la merde (Historia de la mierda) el decreto que prohibía a las personas defecar en la vía pública en la Francia del siglo XVI, reflejaba un proceso de individualización que acabaría por transformar la noción de vida íntima que conocemos hoy en día y de fortalecer la imaginaria separación entre las esferas pública y privada. Refranes casi universales como aquel que dice ‘la ropa sucia se lava en casa’, muestran cómo la política del desecho sirve para demarcar fronteras: entre el hogar y el estado, entre una vida individual y una comunitaria. Esta crisis requiere de una acción colectiva, comunitaria –distancia social- que a su vez depende de la intimidad que representa el hogar. Jamás la contradicción de la separación de la vida pública/privada había sido tan expuesta; la vida/acción privada siempre ha sido también pública y viceversa. El estado siempre se ha metido al ámbito de lo doméstico de una forma u otra y esta crisis es un ejemplo claro de esa dinámica.

Por supuesto, la creación del papel higiénico moderno es un eslabón clave en esta historia. Normalmente se cita la comercialización de “papel medicado” (impregnado en aceites medicinales) de Joseph Gayetty en 1857 en Nueva York como el comienzo de la historia del papel higiénico desechable. En 1879, en Filadelfia, se puso por primera vez tal papel en un rollo y antes de que concluyera el siglo se le añadieron perforaciones, creándose así el producto que conocemos hoy. El siglo XX añadiría meros detalles: más capas, mayor suavidad y absorbencia, dibujos, colores, todas ventajas que aumentarían el precio, al mismo tiempo que seguirían produciéndose rollos baratos para quienes no pudieran permitirse tales lujos. Todavía en nuestros días, millones de personas no tienen acceso al papel higiénico o a sistemas de drenaje. Por otra parte, en su entusiasmo por las ventajas médicas del papel desechable, las postrimerías del siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, fueron ajenas a nuestras actuales preocupaciones ecológicas. De acuerdo con un cálculo, en el mundo, cada día tiramos en papel higiénico el equivalente a 27,000 árboles. Quizá es momento de preguntarnos por alternativas higiénicas pero más respetuosas del medio ambiente.

El miedo a la suciedad que delata el actual afán de acaparar papel higiénico, y el miedo al coronavirus, tiene distinciones de clase que funcionan en diferentes sentidos. Mientras que el miedo a la muerte y la incertidumbre afecta a todos, no lo hace por igual. Las pandemias refuerzan las jerarquías: quien pueda pagarlo, tenga los contactos correctos, o viva en el país correcto, quizá obtenga el test de coronavirus que tanto desea para tranquilizarse, incluso si sus síntomas son leves. Al mismo tiempo, una pandemia también tiene algo de democrática: aún con mayor conocimiento y recursos para protegerse de ella, las clases medias y altas temen al virus. No sólo porque cualquiera puede enfermar y morir, también porque la pandemia, en algunos sentidos, nos iguala a todos. De nada sirve tener dinero si ya no hay papel higiénico en los supermercados, si se enferman los trabajadores mal pagados pero dedicados a la vital producción y distribución de alimentos, o si el médico, muy bien pagado, se ha quedado sin estrategias para prevenir la muerte. El coronavirus nos recuerda que nos necesitamos todos, que a lo mejor fue suicida creer, con Margaret Thatcher, que “no existe la sociedad, sólo los individuos”, que fortalecer la sanidad pública es ahora una cuestión, literalmente, de vida o muerte.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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