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viernes, septiembre 17, 2021

El pasmo ante el odio criminal

En el transcurso de la vida de las últimas dos o tres generaciones de mexicanos, nuestro país no había atravesado por una crisis de violencia criminal como la que hoy nos afecta de manera tan cruenta.

Una violencia que afecta a todas y a todos, pero que sin duda se ceba sobre los conjuntos sociales más expuestos o desprotegidos, como las mujeres, los niños, los ancianos y los pobres.

Hay que recordar que nuestro pasado medianamente lejano, ese que ya no tenemos presente los hoy vivos, fue también sanguinario en grado extremo: por ejemplo, durante el cardenismo el índice de homicidios por cada cien mil habitantes —que se comenzó a medir desde 1931— promedió los 60/100mh, y llegó a 67 en 1940 cuando la campaña electoral de Ávila Camacho contra Almazán.

Matarse era el deporte de los mexicanos empistolados de la posrevolución (créditos: Ing. Manuel Aguirre Botello, http://bit.do/fvsAN).

Sin embargo, ese indicador fue descendiendo sistemáticamente a lo largo de los periodos del “desarrollo estabilizador” y del “neoliberalismo”, hasta llegar al año más tranquilo, 2007, con apenas con 8.24/100mh, mismo nivel que los tranquilos países del norte europeo.

Pero todo cambió a partir de el combate frontal al crimen organizado en 2006, que produjo una ola de asesinatos que llevaron al índice al 23.88/100mh. Pero hubo una novedad: los ejecutados lo eran con cada vez más extrema crueldad, como nunca se había visto en tiempos recientes. Menudearon los descabezados, los descuartizados, los “pozoleados”, los “desaparecidos”, los torturados… y a las mujeres se les viola y veja.

El odio irracional irrumpió en esta nueva era de descomposición, echando abajo los valores tradicionales de la convivencia civilizada.

México se nos descompone entre las manos. El Estado en sus tres órdenes de gobierno se pasma —“como los burros” diría mi madre— y obnubila ante una conflictividad para la que nunca se preparó. La tranquilidad aletargada y serena de pueblos y ciudades quedó atrás, y hoy campea el miedo; el pavor al otro, al vecino, al compañero de viaje, al semejante…la desconfianza ha sustituido a la cordialidad, y hoy tememos ser secuestrados, levantados, violados, estafados, asesinados…

Los feminicidios y los infanticidios son la cúspide de la crueldad; el epítome de la fuerza abusiva que se ejerce como expresión máxima del poder del macho opresor, o del adulto desnaturalizado.

Los que nos preciamos de ser humanos auténticos lloramos las desgracias propias y ajenas que llueven todos los días; hoy lloramos a Fátima como lo hicimos con “calcetitas rojas” en 2018. Siempre hay casos culmen que convocan la indignación nacional.

Nos aterra conocer las cifras, como la que dio a conocer Milenio León el año pasado: “Del 1 de enero del 2012 al 29 de marzo del 2019, un total de 349 menores de edad han sido asesinados en Guanajuato.” (http://bit.do/fvs8p) Casi un niño por semana.

Por otro lado, según ZonaFranca.mx en 2019 se registraron 288 asesinatos de mujeres en Guanajuato, cifra que lo ubicó en el segundo lugar nacional; 15 de ellos fueron clasificados como feminicidios, de 890 a nivel nacional, ocupando el lugar 19 (http://bit.do/fvtkA).

Sin duda hay reticencias a aceptar esta figura penal, pero el odio de género es más frecuente de lo que quisiéramos reconocer en nuestro entorno machista.

No podemos esperar las soluciones de largo plazo, como las que propone el ejecutivo federal. Se debe actuar en función de la emergencia nacional con los recursos al alcance del estado de derecho: la ley simple y llana, apoyada en cuerpos de seguridad profesionales, jueces honestos y políticos con visión y compromiso. Las ideologías utopistas no sirven frente al dolor de las víctimas.

Luis Miguel Riondahttp://www.luis.rionda.net
Antropólogo social. Consejero electoral del Instituto Electoral del Estado de Guanajuato (IEEG). Profesor ad honorem de la Universidad de Guanajuato. luis@rionda.net – www.luis.rionda.net - rionda.blogspot.com – Twitter: @riondal

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