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miércoles, mayo 22, 2024

Creer en la magia

*Por Jonathan Palafox 

El año empezó con trabajo. Quiero decir, no con dificultad sino con labores que realizar. El lunes 2 de enero, en una oficina que se sentía aun como de vacaciones, ya estaba yo ocupando mi puesto. Es cierto que las actividades cotidianas no lo eran tanto porque el mundo, desde este rincón, se sentía lento, como espabilándose en un bostezo largo y placentero. Los proyectos que no concluyeron en 2022, sin embargo, tendían su cordón umbilical al nuevo año para seguirse alimentando antes de separarse totalmente de nuestra gestación. Y eso me mantuvo ocupado toda la semana.

Lunes, martes y miércoles, no hubo mayor novedad. El jueves, sin embargo, sin quererlo, un vistazo al cielo me transportó a mi infancia al identificarle a la tez perfecta de la noche esos tres granitos luminosos que otrora no dejaba de ver a guisa de cuenta regresiva: los reyes magos.

Recordé esas maravillosas noches en las que el corazón no dejaba de saltarme de emoción, pensando en la asistencia de esos tres generosos desconocidos (¿qué tanto, en realidad, sabe un niño de ellos?) que llenaban de alegría mi hogar y los hogares de todos mis amigos. Pensé en los regalos que obtuve y los lugares en los que me encontraba en cada una de esas ocasiones. Pensé en las horas que compartí con mi hermano y mis padres disfrutando de los obsequios.

Quizá la memoria me traicione, pero recuerdo haber disfrutado de unos walkmans de casete para escuchar música todo el tiempo que le pudiéramos exprimir a las baterías incluidas y a las que conseguíamos de otros aparatos. Ejercitar los músculos andando en calles tranquilas con una nueva bicicleta. Fortalecer la imaginación de la mano de esos curiosos Play Mobil antes de que llegará el cuadrado (e igualmente maravilloso) imperio de Lego.

Recuerdo también haberme convertido en médico, con un maletín que llevaba a todos lados, dando consulta a enfermos y sanos, inmisericorde, inagotable, infalible. Haber dedicado horas a todos y cada uno de los juegos de mesa que encontramos debajo del árbol. Habernos convertido en Jordan o Maldini con los balones que recogimos también de su base (ah, y también jugamos futbol americano, sin conocer a ninguno de sus grandes representantes).

Esa magia era linda, por supuesto. La inocencia de creer lo que te digan, sin necesidad de inquirir en los motivos o implicaciones, viabilidad o lógica, origen o propósito. Cuando la felicidad está presente no hace falta preguntarse nada.

Tomé aire al bajar la vista (recuerden que estaba mirando al cielo), y comencé a recordar, sin embargo, otras cosas.

Recordé la primera asistencia a comprar juguetes para mis hermanos, despojado ya de esa inocencia infantil pero orgulloso sobremanera de ese hombre de 10 o 12 años que ya era. Tomando la estafeta junto a las manos de mis padres y mi hermano mayor, colaboré en mantener la fantasía para los que venían detrás, no sólo comprando los presentes sino preparando también el escenario para hacer aquel evento verosímil: huellas, un cierto desorden en los platos y vasos, colocación de los zapatos encima de las cajas. Y de inmediato también recordé, con un corazón inundado de nostalgia y amor, las preparaciones previas en las que yo aun atribuía las cosas a la magia, orquestadas para mantener viva nuestra fantasía. Desde aquí, agradezco infinitamente esos gestos a quienes se preocuparon por conservarlas.

El tiempo, inexorablemente, pasa. Luego, en casa desapareció el 6 de enero; ya no era diferente al 5 o al 7, porque ya no había nadie que creyera en él. La fantasía se nos oxidaba sin remedio, naturalmente, como debe ser. El Guadalupe-Reyes devino Guadalupe-Primero, y sabíamos todos, sin decírnoslo, que algo hermoso habíamos dejado en el camino. Que tal vez, como el primer amor, no volveríamos a experimentar. Pero estaba equivocado, como tantas veces.

Mis hermanos (pensando en esto, presumo) quisieron resolver la situación y tomaron cartas en el asunto. Aunque lentos hasta ahora, le han regalado a la familia dos pequeños que han revivido esa alegría que se refleja no sólo el 6 de enero, aunque es sin dudarlo el día en que brilla con más intensidad. Desde la distancia que da la contaminación de la madurez, donde no he dejado de ser un niño a mis 34, disfruto como mis sobrinos la sorpresa intensa que se funda en la creencia de la magia. Con el año que se nos presenta por delante, lleno de incertidumbre (como todos los años), no sobra saber que la felicidad sigue ahí afuera, aunque a veces se nos esconda demasiado bien. Cuando las cosas se pongan duras (y, probablemente, lo hagan) bastará ver los ojos de un niño para desconectarnos un momento y entender que hay momentos en que debemos simplemente esperar a que suceda la magia.

Que 2023 te sorprenda, lector, de la forma intensa con la que un niño se sorprende todos los días.

 

* Ingeniero en Sistemas Computacionales, fundador de Tres Factorial Ingeniería de Software. Miembro de Canieti Guanajuato desde 2018 y Coordinador de la Comisión de Innovación en Concamin.

jonathan.palafox.lopez@gmail.com

twitter @jpalafoxlopez

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