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jueves, junio 13, 2024

De princesas llamadas Elizabeth y otras voces a las que (no) debemos prestar atención

*Por Jonathan Palafox

“¿Con qué ley condenarte

Si somos juez y parte

Todos de tus andanzas?” 

Princesa, Joaquín Sabina

 

Recientemente he visto la noticia de la condena que ha recibido Elizabeth Holmes, la otrora llamada “nueva Steve Jobs”, por el fraude que Theranos, la empresa que fundó, llevó a cabo. La noticia me tomó con la sorpresa que lo toma a uno cualquier cosa que ha desaparecido por años. Tal vez Theranos no sea un nombre que alguien reconozca en México, menos aún si no se encuentra inmerso en el ecosistema emprendedor. Esto no quiere decir, sin embargo, que no tenga una historia emocionante y descorazonadora a un mismo tiempo.

Theranos fue una empresa de tecnología fundada en 2003 por Elizabeth Holmes, quien abandonó la escuela para trabajar en su idea de lograr un procedimiento de análisis de sangre menos invasivo, más barato y más práctico. Durante la siguiente década, Elizabeth mantuvo a Theranos en marcha gracias a las inversiones de capital de riesgo que su convincente, seductora personalidad, le facilitaba.

Ya desde 2012 una gran inversión comenzó a poner a Theranos en los medios de comunicación especializados, pero fue en 2013, con la colaboración que logró con Walgreens, una gran cadena de farmacias de los Estados Unidos (algo así como una Super “Super Farmacia Guadalajara”), que su salto a la fama ya no tuvo vuelta atrás. Es imposible saber si de haber mantenido un bajo perfil su historia se hubiera alargado o, al menos, hubiera tenido un desenlace distinto. Pero las historias de unicornios no son historias humildes y sobrias, y tampoco pretenden serlo. En el ojo de la atención pública, más temprano que tarde comenzó a llamar la atención de otra clase de personas, también obsesivas y probablemente también con defectos profundos pero con diferentes manías: reporteros e investigadores. Si antes Elizabeth había seducido a los inversionistas con su sueño y ambiciones, ahora sería el deseo por desvelar “la verdadera historia” la que llevaría a este nuevo grupo a obsesionarse con ella.

A partir de ahora, sin embargo, no hemos de dedicarnos a machacar aún más a Holmes; si bien entiendo que, bajo las reglas de esta sociedad, el engaño no es algo que pueda traer bienestar colectivo, reconozco que solo una persona con cualidades extraordinarias pueda lograr el discurso y embaucamiento a la cantidad de personas que Elizabeth logró convencer. Y detengámonos un poco en esto: que participantes de la talla de jefes de estado (como Bill Clinton), grandes empresarios (como Rupert Murdoch), e incluso medios especializados (como Forbes, Fortune y The New York Times), compraran la historia de esta mujer, no puede ser explicado solo con una de las dos partes de la ecuación, ella: hace falta la otra parte, en donde todos ellos no solo creen, quieren hacerlo.

El ecosistema emprendedor en sí mismo (el de Estados Unidos muy adelantado respecto del que impera en Latinoamérica, y por ello también su modelo a seguir) pareciera en ocasiones una escapatoria romántica, valiente, loable pero, sobre todo, “rápida”, al modelo tradicional de empresa (hago énfasis en “rápida”, deliberadamente, porque noto cada vez más que la prisa con la que vivimos no parece tener un justificante y, sin embargo, es componente de prácticamente todo a nuestro alrededor. Aun así, dejo de lado el tema de la presteza, y me concentraré en el de la ambición); el terreno emprendedor también parece ser uno en el que cuálquier cosa se vale con tal de lograr las unidades económicas prometidas, sin importar lo que haya detrás, y por ello me pregunto: ¿cuán grande debe ser el tamaño de la rebanada del pastel que queremos en nuestro plato antes de decir “es suficiente”?

No tengo manera de saber lo que Elizabeth piensa, mucho menos en un momento en el que cada una de sus palabras son monitoreadas y pueden ser usadas en su contra. Sin embargo, si tuviera que apostar, pondría mis fichas en la tesis de que, al mismo tiempo que ella seducía a los inversionistas y personas de su entorno, ella estaba siendo seducida por la idea misma de su persona superpoderosa; es decir, cada vez que alguien depositaba en ella confianza y dinero (por sus propias y dudosas motivaciones), ella también cedía al control que tenía de sí misma, renunciaba a los pies sobre la tierra, y comenzaba a vivir una realidad solo perceptible para sus ojos. Ese efecto, sin embargo, también tenía el costo de la responsabilidad de volverse una profecía autocumplida: no tenía manera de frenar, de recular, de arrepentirse. Elizabeth no podía equivocarse, porque eso querría decir que todos estaban equivocados, que todos estamos equivocados.

En días como estos, donde empresas como Uber (uno de los primeros unicornios) siguen perdiendo dinero para lograr una posición dominante en el mercado, en una lógica que no tiene ningún sentido fuera del contexto de grandes fortunas/fondos que no saben qué hacer con el dinero; en días como estos en los que siguen apareciendo “soñadores” como Sam Bankman-Fried, que terminan por robarles el sueño a muchos; en días como estos donde alguien levanta la voz un poco más que el resto y promete cosas que todos quisiéramos que fuera reales aunque la entraña nos diga que nos está mintiendo; es en estos días que deberíamos sentarnos a pensar que a todos ellos los construimos también nosotros, en este juego en el que no podría haber un templete si no hubiera un auditorio.

* Ingeniero en Sistemas Computacionales, fundador de Tres Factorial Ingeniería de Software. Miembro de Canieti Guanajuato desde 2018 y Coordinador de la Comisión de Innovación en Concamin.

jonathan.palafox.lopez@gmail.com

twitter @jpalafoxlopez

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