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domingo, junio 16, 2024

Ser niño

*Por Jonathan Palafox

“….Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira…”
<Queda la música>, Luis Eduardo Aute

De alguna manera, tenemos más vidas que los gatos. Siempre he sido malo con la memoria, es lo único que recuerdo. A mis treinta y cinco, sin embargo, parece que he vivido varias vidas distintas, nutridas y sostenidas por escenas que llegan a mi cabeza súbita, espontáneamente, a veces en momentos poco prudentes. Los puentes que unen las escenas son apenas brumas de los que no puedo contar mayor detalle. Si alguien me pidiera “cuéntame algo de tus veintiséis”, tardaría en contestar lo que entonces tardaba en llegar un producto comprado por internet.

Muchas de esas vidas ocurren en la infancia. Tengo la fortuna de haber vivido en varias partes de la república durante mi niñez, lo que me trajo dos importantes cosas: memorias entrañables de una vida distinta y aventurera y, por otro lado, una dificultad natural para estrechar lazos. Este no es, sin embargo, un escrito de pesar o de reclamo. Uno crece y debe hacerse responsable de sí mismo, porque la vida así lo demanda. Y punto. No, este es un escrito de celebración de todos esos momentos en los que fui otro y que colecciono en mi cabeza, aunque no siempre los tenga a mi disposición.

Ser niño es una aventura constante; es descubrir, nombrar, interpretar. A la luz del criterio (y de los prejuicios y traumas) uno normalmente comienza a leer entre líneas, a juzgar intenciones, a completar frases o silencios. Todo esto, de adulto. De niño uno toma las cosas como vienen, y generalmente transita el camino más corto, no por fácil sino por obvio; no por ahorrar energía sino para usarla en más cosas. Recuerdo días en que podía pasar de ser un detective para encontrar objetos perdidos en la propia casa (y algunas veces, encontraba), a ser un reputado perfumista que lograba fragancias indecibles mezclando cuanto ingrediente pudiera encontrarme en el camino: sin tener la nariz de Grenouille*, todavía hoy recuerdo y me siento orgulloso de uno de tonos cítricos y frescos.

También recuerdo los innumerables deportes en los que ganaba torneos, loas y fama (me saca una sonrisa, mientras esto escribo, que el dinero no estuviera presente en la ecuación entonces). Con mi hermano mayor, sosteníamos interminables partidos de tenis usando nuestros pies como raquetas, alguna tabla montada sobre botes como red, y una pelota de futbol como…bueno, como pelota. Sampras y Agassi no tuvieron nunca encuentros tan intensos, no escucharon aullar a la tribuna como la que nosotros escuchamos en nuestra cochera.

Y recuerdo también las galerías de arte montadas en la sala y el comedor, el catálogo que cargaba de un lado para otro y del que me sentía sumamente orgulloso, no solo cuando alguno de los adultos tenía una palabra de admiración o reconocimiento, sino simplemente cuando me daba cuenta que aquello que había comenzado con un trazo informe se había vuelto una imagen única, que expresaba algo que no podía poner en palabras.

Me faltarían cuartillas para describir la emoción que sentía, en aquellos ayeres, al asistir a la casa de mis abuelos. Ríos de niños más o menos coetáneos convergiendo en un delta que a veces fue grande y nos contuvo sin roces, y otras nos apretaba llevándonos a la ignición por cercanía. Nunca, de niño, dejó de ser la casa de mis abuelos el paraíso; sin embargo, la magia es propia de los chiquillos: hoy me cuesta trabajo quitar del panorama todos los problemas que se fueron acumulando en los rincones (tal vez siempre estuvieron y yo no los veía) y que hoy impiden abrir las puertas por completo, reduciendo el flujo o francamente impidiendo el paso.

Todo cuanto hacía era el entrenamiento para cuando fuera grande. El futuro era brillante, el futuro era mío y quería que llegara ya, probablemente como todos los niños.

Y sin contar lo anterior, ¿por qué no recuerdo cosas negativas de la infancia? Las recuerdo, pero las recuerdo poco, y recuerdo pocas. La mayoría, además, terminaron por curarse con una visita a algún restaurante colorido, la compra de un nuevo juguete, o una tarde de juegos de mesa: no hubo, para mí, pena tan grande que un Hot Wheels o un helado no solucionaran.

Recuerdo la noche, también, la última noche que fui niño. La noche en que todo lo que estaba construyendo cayó hecho mil pedazos, cuando la primera niña de la que caí enamorado rechazó la primera rosa que regalé. Y desde entonces estoy recogiendo mis pedazos, agregando piezas con los años a un rompecabezas que no deja de crecer y hacerse más complejo. Todo fue casi poético, en un viaje escolar, fuera del entorno común, lugar donde está el valor para hacer cosas distintas. Sin importar como partí, volví a casa con una nueva concepción de la vida, con una herida indeleble y unas gafas que me mostraron planos que los niños no veían. He encontrado muchas cosas agradables, entrañables, siendo adulto. Y espero seguir encontrándolas cuando me vuelva viejo. Algo que no recuerdo, sin embargo, es por qué quería dejar de ser niño.

 

* Ingeniero en Sistemas Computacionales, fundador de Tres Factorial Ingeniería de Software. Miembro de Canieti Guanajuato desde 2018 y Coordinador de la Comisión de Innovación en Concamin.

jonathan.palafox.lopez@gmail.com

twitter @jpalafoxlopez

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