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domingo, febrero 28, 2021

Feminismo sin feministas


por Paloma Sierra Ruiz

 

De repente tal vez te ayude en tu lucha el escuchar
y conocer otras luchas.
Aunque estemos de acuerdo o no estemos de acuerdo
con otras luchas y sus modos y geografías,
pues a todas nos sirve escuchar y aprender.

Palabras de las mujeres zapatistas en la inauguración
del Segundo Encuentro Internacional de Mujeres que luchan.

 

Quisiera comenzar este texto situando las palabras que en seguida leerán; es decir, les presentaré la posición desde la cual escribo. Aclaro que hago esto no por una suerte de fidelidad a la verdad, ni para congratularme con la moral enjuiciadora que siempre nos lleva a poner en nuestras bocas en este caso nuestros dedos ímpetus de honestidad. No… hablaré de y desde mi circunstancia como un acto político, ésa es mi referencia. Soy una manifestación de lo colectivo en mi historia: mi voz, deja de ser mía, mi mirada, dejan de ser sólo mis ojos, mis preguntas y preocupaciones reflejan la historia que soy y que sigo siendo como un tejido de múltiples relaciones, presentes y pasadas, que me constituyen. Doy todo este rodeo para confesarles que la intención de contar así las cosas es que ustedes mismxs se encuentren en la narración, que también se sitúen con respecto a mí y que podamos seguir tejiendo la historia que parece nos ha relacionado a través de estas líneas.

Tengo casi 32 años y desde el inicio de mis 20 me adherí por convicción al feminismo militante: manifestaciones, colectivos, cooperativas, discusiones de madrugada, manifiestos, consignas dichas hasta quedar afónica, visitas al Ministerio Público para denunciar violaciones que eran desechadas antes de declarar, encuentros de mujeres, congresos de mujeres, feminismo en el salón, opiniones incómodas en grupos familiares de whatsapp, reuniones para llorar de furia, reuniones para llorar de ternura y sororidad, pintas, discusiones con acosadores y más… Fui acompañada por mujeres con las que compartía ideas, dudas, lecturas en la universidad, lecturas en la calle o el café, denuncias públicas, asambleas políticas y hasta casa. Pero, en este tránsito que es la crítica inacabable al patriarcado, porque sus caras son igual de infinitas, también tuve otras compañías con las que no compartía ni ideas, ni estado civil soy soltera, ni religión no practico ninguna, ni edad, ni maternidad porque no soy ni quiero ser madre, ni clase, ni escolaridad, ni feminismo… porque la mayoría de ellas no se asumían como feministas. Sin embargo, cuando todas nos encontrábamos en la indignación porque doña Mercedes llegaba con un raspón en la barbilla y lágrimas contenidas por el silencio de la rabia después del golpe, cuando doña Fátima llevaba el tejido y se ponía a explicarnos con paciencia la puntada para la servilleta que iban a hacer como recuerdo de los XV años de la hija de doña Carolina, cuando la señora Trinidad nos contaba que tenía viviendo a su comadre escondida en la casa porque se había escapado del marido “la última vez la mandó al hospital, y ni la fue a ver… mejor, para qué quiere a ese viejo”, cuando la más joven, Jenifer, zangoloteaba al chiquillo de meses porque no dejaba de llorar y, la más vieja, doña Lola, se lo quitaba de los brazos, sin regaño, sin queja, para cobijarlo con el rebozo y dormirlo en menos de lo que le salía el último sollozo, cuando cambiaban la sede del rosario a otra casa, porque le tocaba a doña Patricia, pero sabían que había tenido al niño enfermo y estaba cansada para hacer los tamales que correspondían a cada visita, cuando pasaban todas estas cosas sentía, así como intuición, que sin esa complicidad revolucionaria de transformar lo que tanto nos violenta, el feminismo no era nada.

Vivo en Guanajuato, uno de los estados con más feminicidios en el país (lo sabemos, no nos importan las cifras oficiales que dicen lo contrario), lo que quiere decir que es un estado que también tiene como principal problema el despliegue brutal de violencia contra las mujeres. Mi historia, ésa que les contaba al principio, se nutre diario de rostros de mujeres desaparecidas pegados en las calles, titulares de noticias sobre mujeres asesinadas con rastros de violencia sexual, posts en redes sociales donde se escuchan audios de amenazas de muerte ante la decisión de terminar una relación, casos encarnados del poder que el patriarcado tiene en nuestras vidas. Pero, también, mi historia va entretejida de redes de apoyo, cuidado, empatía espontánea, por parte de feministas y de otras muchas mujeres que luchan, como dicen las zapatistas, y que desde las herramientas cotidianas que les da la vida, se enfrentan —nos enfrentamos— juntas a este mundo que atenta contra todo aquello que no le regrese un reflejo de victoria patriarcal.  

La experiencia de construir espacios de confianza y complicidad con mujeres muy diferentes a mí, la de compartir con ellas inquietudes que a mis ojos eran evidentemente feministas, pero que no podían ser enunciadas así sin el riesgo de ser vista con desconfianza, hizo que me preguntara por el estatuto de la definición estricta del feminismo: ¿qué es? ¿puede alguien serlo sin saber que lo es? ¿quién soy yo para otorgar un título que incluso es rechazado abiertamente? ¿por qué me preocupa encasillar y definir un gesto, una acción, una palabra, una lucha? Son preguntas para las cuales no tengo respuestas definitivas, que a veces aparecen con una preeminencia avasalladora y, otras veces, apenas se asoman y puedo espantarlas como a moscas.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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