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lunes, febrero 26, 2024

Gratitud y deuda

Por Gerard Moreno Ferrer

 

Hay horas para todo en la vida. Las hay para el miedo, la angustia o la tristeza, y para la alegría, el júbilo o el agradecimiento. Pero también hay horas que, por muy ocupadas que estén, son insulsas, vacías y anodinas; en ellas el tiempo simplemente pasa como pasa el sol por la ventana, sin que se altere ni la luz ni el cristal. Si éstas se extienden mucho probablemente las consideraremos horas de aburrimiento. Pero para que así suceda debe haber transcurrido un cierto lapso indefinido en esta situación: Uno se aburre estando ya en esa circunstancia anodina y no al revés.

Encontrándome pues en uno de estos períodos insulsos y vacíos, me asaltó la necesidad de repasar todas aquellas personas y situaciones a las que debía agradecer algún aprendizaje, y con las que, por lo tanto, de un modo u otro me sentía en deuda. Enfrascado, entonces, en esta extraña necesidad, vi que de entre todas ellas, tanto gozosas como dolorosas, no aparecía ningún banco. “Cosa curiosa”, me dije, “sólo de éstos sé con exactitud y certeza cuanto les debo, pero no siento ningún agradecimiento hacia ellos. No me siento en deuda con ningún banco. Es más, este agradecimiento alegre, complacido, que siento por el pasado se desvanece de sólo pensar en la hipoteca, el crédito y la cuota de fin de mes”.

Darme cuenta de esta extraña diferencia entre un modo y otro de contraer una deuda me hizo recordar aquella curiosa forma de distribución que Pierre Clastres describía en su estudio sobre los Guayaquis o Achés – una sociedad nómada del Paraguay. Según relata el antropólogo francés, en ella un cazador nunca puede comer lo que captura; por el contrario, debe repartirlo entre los otros miembros de la comunidad. Sin embargo, no lo hace de forma equitativa: Cada cazador debe distribuir su captura según el papel que jugaron los demás miembros durante el embarazo de su madre y en su nacimiento. Así, por ejemplo, aquel que lo recogió del agua al nacer (las achés acostumbran a alumbrar en embalses) recibirá una porción diferente de aquel que ayudó a su madre a parir o de aquel que le puso el nombre y este último, una diferente de la que obtenga aquel que satisfizo un antojo de su madre durante la gestación. Sea como fuere, de un modo o de otro, y a pesar de las diferencias, todos los miembros del colectivo están relacionados con el nacimiento de cada uno de los demás. Podría pensarse que mediante este mecanismo consiguen asegurar que cada quien tenga algo de comer a pesar de que ese día, tal vez, uno no haya logrado una buena caza. Ahora bien, esta seguridad no les priva del deber de ir a cazar, pues el repartimiento mencionado lo sienten como una deuda con cada uno de los que tomó parte en su nacimiento. Una deuda no calculable, por supuesto, pero al fin y al cabo una deuda o, tal vez, un agradecimiento. Desde mi inevitable romantización occidental, siempre me ha parecido, el de los Aché Gatu, un modo muy interesante de reconocer el vínculo social que une a todos los partícipes de una comunidad mediante el agradecimiento.

Sin embargo, no siempre ha habido deuda o, en cualquier caso, ésta no siempre ha sido el modo principal de la relación social, tal como sí parece suceder en el caso precedente. Así, por ejemplo, el filósofo francés Georges Bataille, siguiendo los estudios del antropólogo Marcel Mauss, nos hablará de una forma de distribución basada en el hecho de dar, sin necesidad de intercambio o venta. Este es el modelo que Mauss observó entre los habitantes de la costa norte del Pacífico, en la frontera entre USA y Canada. Aunque, a primera vista guardaba muchas similitudes con nuestro modo de entender la deuda económica, sin embargo tenía también grandes diferencias.

Bajo este régimen, aquel que donaba recibía un reconocimiento social por el hecho de ser capaz de desprenderse de aquello que entregaba. Sin embargo, el que lo recibía debía atender al don como una ofensa. De este modo, para recuperar su honor, se veía en la obligación de devolver lo que le dieron incrementando su valor para, además, vengarse de la ofensa que le dirigieron. De hecho, si no podía incrementar el don, no devolvía nada. Ante esta necesidad de contrarrestar los efectos del don con otra donación superior podríamos sospechar que esta dinámica de ofensa y contra-ofensa en realidad disimulaba una forma de crédito o préstamo. Sin embargo, al hacerlo olvidaríamos que lo importante en esta relación era el reconocimiento que recibía aquel que efectuaba la donación; obviando también que, al ser ofendido de nuevo con la devolución de lo dado, esté se veía en la obligación de repetir la ofrenda incrementando el contenido. Con ello, se generaba una cadena de donaciones en la que la cantidad retornada siempre era mayor que la recibida y cuyo objetivo era llegar a un punto en el que el otro no fuera capaz de efectuar la devolución. Curiosa forma de préstamo ésta que, al parecer, busca que no se pueda devolver lo “avanzado”. De cualquier modo, aquí, como en el caso de los Achés, el movimiento entre la deuda y la donación servía para dar cuenta del reconocimiento del vínculo social y el lugar que ocupaba cada quien en el establecimiento del mismo.

Pensando en estas cosas y, como os decía, impelido a recordar aquellas personas con las que me siento agradecido y en deuda, me sorprendí conjeturando que, por más fuertes que fueran, en nuestras sociedades esta deuda y este agradecimiento quedaban encerrados en el mundo privado de cada quien, sin llegar a influir notablemente en la distribución de la riqueza y el reconocimiento social. En cambio, la de los bancos, aquella deuda con la cual no tenía ningún vínculo de agradecimiento, no sólo influía sino que, a menudo, determinaba dicha distribución. “Extraña sociedad”, me dije, “ésta que no relaciona los vínculos sociales con la distribución de la riqueza”. Luego me di cuenta que era una tontería y me dormí.

En cualquier caso, quería agradeceros la lectura, estimados amigos, y compartiros estas reflexiones un poco apresuradas, un poco infundadas, que me asaltaron tratando de pensar cómo mostrar el agradecimiento debido a las personas que valoro. Gracias y buenas noches.

Sporadikus
Sporadikus
Esporádico designa algo ocasional sin enlaces ni antecedentes. Viene del latín sporadicos y éste del griego sporadikus que quiere decir disperso. Sporás también significa semilla en griego, pero en ciencia espora designa una célula sin forma ni estructura que no necesitan unirse a otro elemento para formar cigoto y puede separarse de la planta o dividirse reiteradamente hasta crear algo nuevo. Sporadikus está conformado por un grupo de estudiantes y profesores del departamento de filosofía de la UG que busca compartir una voz común alejada del aula y en contacto con aquello efervescente de la realidad íntima o común. Queremos conjuntar letras para formar una pequeña comunidad esporádica, dispersa en temas, enfoques o motivaciones pero que reacciona y resiste ante los hechos del mundo: en esta diversidad cada autor emerge por sí solo y es responsable de lo que aquí se expresa.

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